Corrigiendo los Errores

“Corrigiendo Errores”

La ambulancia atravesaba la ciudad a toda velocidad, con las luces y la sirena encendidas. Los coches se pegaban a las aceras, dejando el centro de la calle libre.

—Papá, papi, perdóname. Solo quédate, no te vayas… —susurraba la chica sentada junto a la camilla.

Él no la escuchaba. Ante él aparecía otra joven. Sonreía, y de sus ojos emanaba una luz suave y cálida. Una luz que lo atraía, que lo llamaba. No quería resistir, no podía. Quería volar hacia esa luz, fundirse en ella… Lo sentía posible, porque su cuerpo era ligero, casi inexistente.

Pero algo lo retenía, tiraba de él con fuerza, alejándolo de aquella claridad. Intentó decir: “Déjame ir”, pero no pudo. De repente, algo le golpeó el pecho, lo arrojó hacia atrás. El rostro de la chica desapareció, la luz se apagó, y su cuerpo se llenó de pesadez, como si fuera piedra. ¿Acaso la piedra siente dolor?

De la oscuridad regresaron los sonidos: un llanto, una voz que lo llamaba mientras le apretaba la mano. Quiso pedir de nuevo que se alejaran, que lo dejaran volver con Vicky, pero en ese instante se hundió en un vacío donde ni siquiera había oscuridad. Nada existía. Él ya no existía…

***

Un día antes

—Papá, ¿puedo irme al sur con Inés y Luisa? Los tíos de Luisa tienen una casa allí. Solo necesito dinero para el viaje y un poco más. —La voz de la hija era suplicante, casi aduladora.

Santiago siempre supo cuando ella mentía. A veces fingía creerle, pero esta vez no. Dejó a un lado el periódico que leía y la miró fijamente. Claro que mentía: las orejas rojas, la mirada esquiva, los dedos jugueteando nerviosos con el dobladillo de la falda.

—¿Y por cuánto tiempo? —preguntó con calma.

—Dos semanas —contestó Sofía, animándose—. El aire, el mar… Estoy harta de estar en esta ciudad polvorienta.

—¿Con Inés y Luisa, dices? —repitió él.

Al captar el sarcasmo en su voz, Sofía comprendió que su mentira sobre las amigas no había funcionado.

—No sabes mentir. Ayer hablé con el padre de Luisa. Van a los Pirineos los tres.

Las orejas de Sofía no solo enrojecieron, ardían. El rubor se extendió por su rostro y cuello. Alzó la cabeza con desafío.

—Sabía que no me dejarías ir con Álvaro, por eso mentí. Su tía realmente vive en el sur.

—Y acertaste. No voy a permitirlo —respondió Santiago, imperturbable—. Entiendo que estás enamorada, pero ¿de verdad crees que eso es suficiente para ir sola con un chico a la playa?

—Lo quiero —dijo Sofía, con desesperación en la voz. Su rostro palideció.

—¿Y él a ti? Amor y deseo son cosas distintas. Yo sé lo que piensa un chico cuando invita a una chica así. No es amor lo que busca.

—¿Entonces no me dejas ir? —preguntó ella.

—No. Dentro de un mes tengo vacaciones e iremos juntos.

Sofía mordisqueó el labio, pensativa. A Santiago se le encogió el corazón. ¡Era tan parecida a su madre! Ella también solía hacerlo cuando estaba nerviosa, enfadada o insegura. Su hija ya era una mujer. ¿Cómo explicarle que había sufrido demasiadas pérdidas para arriesgarse a perder lo último que le quedaba?

—Papá, por favor. Solo estaríamos solos en el tren. Luego viviríamos con los familiares de Álvaro —insistió Sofía, con esperanza.

—No. Podemos visitarlos juntos, pero dentro de un mes —sentenció él.

—No pensé que fueras así… —estalló Sofía—. Podría haberme ido sin preguntarte, dejarte una nota. Soy mayor de edad. Pero quise hacerlo bien.

—No lo hiciste, así que mi opinión te importa. Y si es así, escúchala —dijo Santiago, tomando de nuevo el periódico, aunque sin leer.

—Con el tiempo, verás este momento de otra manera.

—Papá, déjame ir. Nos queremos —intentó de nuevo Sofía.

—Tú quizás lo quieras. ¿Y él? Si te quisiera, no te habría obligado a mentir.

—¿Lo sabes todo de él? ¿De mí? ¿Y tú? —Sofía se calló al darse cuenta del golpe bajo.

—Por eso te lo digo. Los errores de juventud se pagan toda la vida —musitó Santiago, filosófico.

—Ah, claro. Y dime también lo difícil que fue criarme solo, cómo sacrificaste tu felicidad por mí… Te lo agradezco, papá, pero puedo equivocarme si quiero. Por favor.

—No —dijo él, cerrando el tema al alzar el periódico.

Sofía bufó, giró sobre sus talones y se fue a su habitación, cerrando la puerta de golpe.

Santiago dejó el periódico. ¿Cómo iba a leer ahora?

***

¿Cuántos años habían pasado? Parecía que fue ayer cuando convenció a Vicky de ir a Barcelona un fin de semana. Nunca supo si mintió a sus padres sobre ir con amigas. La dejaron ir.

Fue un viaje maravilloso. Regresaron felices, transformados. O eso le pareció. Luego Vicky se fue a Madrid, a la universidad. Él se quedó, estudiando en la politécnica, donde conoció a Clara. Perdió la cabeza, olvidó Barcelona, a Vicky, sus promesas de amor eterno. Bueno, jamás le dijo que la amaba. Lo recordaba bien.

Después, Vicky volvió y le dijo que estaba embarazada. Se asustó. No por el bebé, sino por perder a Clara. Vicky llegó directa de la estación. Él le rogó que abortara, balbuceando sobre juventud, falta de preparación, que era seguro…

Vicky lloró. “Ya son doce semanas”.

—¡¿Y por qué esperaste tanto?! —gritó él, furioso—. ¡Aún se puede en doce semanas!

Ella se fue. Estuvo seguro de que abortó, porque no supo de ella en tres años. Si hubiera tenido al bebé, lo habría sabido. Sus padres habrían ido a reunirse con él.

Se casó con Clara, preparando su luna de miel en la costa: compró billetes, hizo maletas. Un llamado a la puerta lo canceló todo. No la reconoció al principio. O más bien, no creyó que fuera ella: pálida, delgada. Y llevaba de la mano a una niña pequeña.

—Hola —sonrió Vicky, con esfuerzo.

Santiago se paralizó.

—¿Quién es? —preguntó Clara desde dentro.

Al ver el temblor en las pestañas de Vicky, notó que su esposa estaba detrás. Se giró.

—¿Quién es? —Clara no apartaba la vista de la niña.

Santiago miró de nuevo a Vicky. El dolor en sus ojos le quemó de vergüenza. No había matado a nadie, pero se sintió un criminal.

—Fuimos compañeras de escuela —logró decir con firmeza.

—No dejes a tus invitadas en la puerta. Pasad —dijo Clara, amable.

Vicky entró, deteniéndose. Al cerrar, vio una bolsa grande en el suelo. Comprendió: eran las cosas de la niña.

—¿Van o vienen? —preguntó, odiando su tono fingidamente alegre.

—Me voy. No puedo llevármela —Vicky bajó la mirada—. No tengo con quién dejarla. Mi padre murió, y mi madre… No importa. TúAl final, Santiago comprendió que tanto el amor como el miedo podían ser caminos difíciles, pero que lo importante era no dejar de andarlos juntos.

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