Cuando, hace ya muchos años, plasmé en una hoja blanca «Renuncia María Llopis», no lo hice por debilidad.

¡Marianita, ya estoy en casa! ¡Ven a recibirme! ¿Pepe? ¿Eres tú? Pero ¿por qué tan pronto? ¡Se supone

¡No quiero otra nuera, haz lo que quieras! le dijo la madre a su hijo. Marcos estaba terminando la universidad

Ante la entrada esperaba un coche negro, reluciente como la noche que reflejaba las luces de Madrid.

Me crio mi abuela. Por supuesto, le estoy agradecido, pero su cariño no era del todo desinteresado.

Todo a medias Clara, tenemos que hablar de los gastos. De los tuyos, más bien, que eres una derrochadora.

La tierra flotaba, ondulada como la sábana de una cama recién tendida. Jacinta había plantado rosales

A Violeta la sentenciaron en el pueblo el mismo día que el embarazo empezó a notarse bajo el jersey.

El uniforme azul y el rostro que reconocí al instante. Era el sargento José Martínez, el agente de barrio

Veinte años después reconozco en ese chico a mi yo de juventud. En la víspera de su boda, Alejandro sospechaba










