La ambulancia recorría las calles de Madrid a toda velocidad, con las luces y la sirena encendidas. Los coches se apartaban hacia las aceras, abriéndole paso.
—Papá, papi, perdóname… Solo quédate, no te vayas…— susurraba Lucía, sentada junto a la camilla.
Él no la oía. Ante sus ojos aparecía otra mujer, una joven que sonreía con una luz cálida en la mirada. Esa luz lo atraía, lo envolvía. No podía resistirse, ni quería. Deseaba fundirse con ella, dejarse llevar… Sentía una liviandad inexplicable, como si su cuerpo ya no existiera.
Pero algo lo retenía, tiraba de él con fuerza, arrancándolo de aquella claridad. Intentó decir: “Déjame ir”, pero las palabras no salieron. De pronto, un golpe seco en el pecho lo arrojó hacia atrás. El rostro de la mujer se desvaneció, la luz se apagó y su cuerpo recuperó un peso insoportable. ¿Acaso una piedra puede sentir dolor?
De la oscuridad regresaron los sonidos: un llanto, alguien que lo llamaba mientras le apretaba la mano con desesperación. Quiso pedir que lo soltaran, gritar el nombre de Leticia, la mujer que se había esfumado, pero en ese instante se hundió en un vacío absoluto. No había ni siquiera oscuridad. Nada. Él ya no existía…
***
Un día antes
—Papá, ¿puedo irme al sur con Marta y Ana? Los tíos de Ana tienen una casa allí. Solo necesito dinero para el viaje y algo más—. La voz de Lucía era suplicante, casi aduladora.
Alejandro siempre sabía cuándo su hija mentía. A veces fingía creerle, pero esta vez no. Dejó el periódico sobre la mesa y la miró fijamente. Era evidente: le ardían las orejas, evitaba su mirada y retorcía nerviosa el dobladillo de su falda.
—¿Y cuánto tiempo piensan quedarse?— preguntó con calma.
—Dos semanas— contestó ella, animándose—. Necesito aire, el mar. Estoy harta de esta ciudad llena de humo.
—¿Con Marta y Ana, dices?— repitió él, cargado de escepticismo.
Lucía captó el tono burlón y entendió que su mentira no había funcionado.
—No sabes mentir. Ayer hablé con el padre de Ana. Ellos tres se van a los Picos de Europa.
Las orejas de Lucía no solo se enrojecieron, ardieron. El rubor le subió por el cuello hasta la frente. Alzó la barbilla con desafío.
—Sabía que no me dejarías ir con Sergio, por eso mentí. Él sí tiene una tía en el sur.
—Tenías razón. No te dejo ir— respondió Alejandro con serenidad—. Entiendo lo del enamoramiento y todo eso. Pero, ¿no crees que es poco para viajar sola con un chico?
—Lo quiero— dijo Lucía, con la voz quebrada por la frustración. Su rostro palideció de golpe.
—Y él, ¿te quiere a ti? Amar y desear no es lo mismo. Yo soy hombre y sé lo que pasa cuando un chico invita a una chica a viajar. No es amor lo que busca.
—¿Así que no me dejas ir?— preguntó ella, resignada.
—No. Dentro de un mes tengo vacaciones, iremos juntos.
Lucía se mordió el labio, pensativa. A Alejandro se le encogió el corazón. ¡Era igual que su madre! También se mordía los labios cuando estaba nerviosa o enfadada. Su hija ya no era una niña. ¿Cómo explicarle que había perdido tanto que no podía arriesgarse a perder lo único que le quedaba?
—Papá, por favor. Solo estaríamos solos en el tren. Allí viviríamos con la familia de Sergio— insistió Lucía, con esperanza en la mirada.
—No. Si quieres, visitaremos a su familia, pero dentro de un mes— sentenció él.
—No pensé que fueras así— estalló Lucía—. Podría haberme ido sin pedir permiso. Soy mayor de edad. Pero quise hacerlo bien.
—No te fuiste, así que mi opinión te importa. Y si es así, escúchala—. Alejandro cogió el periódico, pero no lo abrió.
—Confía en mí. Con el tiempo, entenderás este momento.
—Papá, déjame ir. Nos queremos— intentó Lucía una última vez.
—Quizá tú sí. ¿Y él? Si te quisiera de verdad, no te habría obligado a mentir.
—¿Tú lo sabes todo? ¿De él? ¿De mí?— Lucía se detuvo, consciente del golpe bajo que estaba a punto de lanzar.
—Por eso te lo digo. Yo pagué mis errores toda la vida— reflexionó Alejandro.
—Ah, claro. Dime también lo duro que fue criarme solo, cómo renunciaste a tu felicidad por mí… Te lo agradezco, papá, pero tengo derecho a equivocarme—. Sus cejas se arqueaban, sus ojos suplicaban.
—No— zanjó él levantando el periódico.
Lucía resopló, giró sobre sus talones y se encerró en su habitación, azotando la puerta.
Alejandro dejó el periódico. ¿Cómo iba a leer ahora?
***
¿Cuántos años habían pasado? Parecía ayer cuando él convencía a Leticia para escaparse un fin de semana a Barcelona. Nunca supo si mintió a sus padres o les dijo la verdad. La dejaron ir.
Fue un viaje perfecto. Volvieron transformados, felices. Al menos, así lo recordaba. Luego Leticia se marchó a Madrid, a la universidad. Él se quedó en Valencia, estudiando ingeniería, donde conoció a Raquel. Perdió la cabeza, olvidó Barcelona, a Leticia, sus promesas de amor eterno… Aunque no, jamás le dijo que la amaba. Lo recordaba bien.
Hasta que un día Leticia apareció y le dijo que estaba embarazada. Él sintió pánico. No por el bebé, sino por perder a Raquel. Leticia llegó directa de la estación. Él le suplicó que abortara. Balbuceó sobre juventud, falta de preparación, lo seguro que era…
Leticia lloraba. —Son doce semanas—.
—¿Y por qué esperaste tanto?— gritó él, fuera de sí—. ¡Aún se puede!
Ella se fue. Estuvo seguro de que acabó con el embarazo, porque durante tres años no supo de ella. De haber tenido al bebé, lo habría sabido. Sus padres habrían acudido a exigirle responsabilidades.
Se casó con Raquel. Compraron billetes para la luna de miel en Mallorca. Hasta que el timbre de la puerta lo cambió todo. No la reconoció al principio. Leticia estaba pálida, demacrada. Y llevaba de la mano a una niña pequeña.
—Hola— dijo ella, forzando una sonrisa.
Alejandro se paralizó.
—¿Quién es?— preguntó Raquel desde el salón.
Por el temblor en las pestañas de Leticia, supo que Raquel estaba detrás de él. Se giró.
—¿Quién es?— Raquel no apartaba los ojos de la niña.
Alejandro miró a Leticia. El dolor en sus ojos lo hizo sentir sucio, miserable.
—Fuimos compañeros de colegio— logró decir con falsa seguridad.
—No los dejéis ahí— dijo Raquel, amable—. Pasad.
Leticia entró y se detuvo. Al cerrar la puerta, Alejandro vio una maleta grande en el suelo. Comprendió: eran las cosas de la niña.
—¿Te vas o acabas de llegar?— preguntó, odiando el tono despreocupado de su voz.
—Me voy. No puedo llevármela— Leticia miró a su hija—. No tengo a nadie. Mi padre murLa niña miró a su madre con ojos llorosos, y cuando la puerta se cerró tras ella, Alejandro sintió que el suelo se hundía bajo sus pies mientras una pequeña mano se aferraba a la suya, iniciando así un viaje que jamás imaginó como padre.





