Entre la verdad y el sueño

Entre la verdad y el sueño

Verónica se recogía en un mullido mantón de lana, saboreando el silencio y la paz de su casa del barrio de Chamberí en Madrid. Al otro lado de la ventana, los copos de nieve caían con parsimonia, dibujando espirales caprichosas antes de posarse en el alféizar, como si la ciudad entera bailara un vals invernal mudo y solemne. Acababa de regresar de la segunda prueba de su vestido de novia, un acontecimiento que le había colmado el corazón de ilusión y un cosquilleo nervioso. Entre las manos aún sujetaba una bolsa con pequeños tesoros: un par de pendientes de oro, una diadema sencilla y otros accesorios diminutos que definirían su imagen nupcial. Le costaba apartar la mente del gran día: una danza de pensamientos la mantenía en vilo, mientras visualizaba los brillos de las joyas, el rumor de los invitados y las miradas de admiración.

El silencio se quebró de golpe por el timbre estridente de la puerta. El sobresalto fue tal que se ajustó instintivamente el mantón, crispada por el susto. Echó un vistazo al antiguo reloj de pared: las siete menos diez. ¿Quién vendría a esas horas? Por su cabeza pasaron varias opciones: ¿quizás un mensajero con un paquete pendiente, o algún vecino apurado con una urgencia?

Se acercó y miró con recelo por la mirilla. La figura de un hombre alto de espaldas, el rostro escondido por el ángulo y la luz del rellano; no terminó de reconocerle. No tenía claro si debía abrir.

¿Quién es? preguntó, esforzándose por sonar tranquila y segura.

Soy yo, Borja contestó la voz, amortiguada tras la madera, pero familiar. Necesito hablar contigo. Es urgente.

Verónica dudó. Borja no era precisamente la persona a la que preferiría ver en esos momentos Pero, ¿y si le había pasado algo grave a Inés? Se armó con el poco valor que le quedaba, giró la llave y entreabrió la puerta. Borja estaba en el umbral. El abrigo oscuro cubierto de nieve, el rostro blanquecino y unos ojos encendidos por una intensidad extraña, casi febril. Jamás le había visto así. Por un instante le cruzó por la cabeza la idea de si abrirle no había sido un error.

Pasa dijo, quitándose de delante y ocultando su inquietud. Estás hecho una sopa.

Borja entró casi sin mirar, dejando tras de sí charcos diminutos en el parqué claro. No reparó ni en los zapatos empapados, ni en el estado de su propio abrigo. Observó el salón desvinculado, como si sólo pudiera mirar a través de las paredes. Verónica le observó, un nudo de preocupación creciendo en su interior. Tenía la certeza de que la conversación no sería fácil.

Verónica… dijo finalmente, retorciendo unos guantes en las manos. No puedo más. Te quiero.

Se produjo un silencio glacial. La incredulidad la mantuvo quieta.

Borja, tú empezó ella, pero la voz se quebró y las palabras quedaron en el aire, sin fuerza.

Borja no le concedió el turno. Avanzó un paso, apretando los labios como si temiera que, si paraba, perdería la ocasión para siempre.

Lo sé, sé que te casas. Sé que es una locura, pero no puedo callarme más. Estos meses intenté olvidarte, seguir adelante, pero es imposible. Debería haberlo dicho antes. Empecé a salir con Inés sólo por ti, Verónica. Por verte más, por estar cerca. Nunca la he querido, nunca.

Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Había usado a Inés, su mejor amiga, sólo para acercarse a ella? Pobre Inés… que sentía tanto por él.

Dejó el mantón sobre el sillón, como si ese gesto pudiera traerla de regreso al mundo real. La atmósfera se densificó en la estancia, el aire se volvió irrespirable.

Borja… intentó de nuevo, buscando las palabras precisas. ¿Eres consciente de lo que dices? Yo tengo pareja, le amo. Nos casamos, estamos construyendo un futuro juntos. Y está Inés

Él asintió, sin apartar los ojos. Dolía ver en su rostro esa mezcla de dolor y determinación: por primera vez parecía haberse descargado de un fardo terrible.

Lo sé, pero no voy a callarme. Dentro de dos semanas serás inalcanzable para mí. Ya sé que no es el momento. Pero si me callo, lo lamentaré toda la vida. Inés Inés no significa nada para mí, ¿entiendes?

Verónica se sintió encoger por dentro. Su voz se volvió ausente, como si hablara desde otro lugar.

¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo te atreves siquiera?

¡Porque es la verdad! insistió Borja con firmeza. Quería que te fijaras en mí, que vieras que soy atento, generoso, que soy para ti. Ahora lo sé: sin ti la vida no tiene sentido.

Se arrodilló torpemente, sacando un pequeño anillo fino, discreto, con un brillo sutil, y lo sostuvo hacia ella en la penumbra.

Déjale. Déjale y elige estar conmigo. Te juro que serás feliz.

Verónica se quedó muda. Pasaron por su mente flashes de Borja con Inés: juntos en reuniones, tomándose de la mano, sonriendo con sinceridad… ¿Todo mentira? Sintió la pesadez de la tristeza al comprender la magnitud de la farsa.

Levanta, por favor susurró con voz temblorosa.

Borja se incorporó, con los ojos aún encendidos de esperanza, pero ésta se desvanecía con cada segundo.

¿No me crees? su voz mostró grietas de vulnerabilidad.

Te creo, Borja. Pero de nada sirve. Yo estoy enamorada de otro. Ya tomé mi decisión.

Retrocedió un par de pasos, buscando ese espacio necesario para recomponerse. Costaba, pero tenía que ser clara, sin dejar hueco para malentendidos.

Eres mi amigo, Borja. Sólo eso. Amo a mi pareja. Es el hombre con quien quiero casarme, el que elijo. Lo siento, pero no eres mi tipo.

Borja, desesperado, se acercó, acortando la distancia.

¿Por qué? He visto cómo me miras. Sabes que lo nuestro podría funcionar.

Verónica sintió miedo y se apartó hacia la puerta. Desde ese momento, su mente calculó rápidamente: si le empujaba con suavidad, caería al sofá y le daría tiempo a escapar al rellano

Entre tú y yo no hay nada, Borja. Lo que sientes no es amor, es una obsesión. Has construido una fantasía. Por favor, terminemos aquí.

Borja apretó los puños, no de ira, sino de impotencia. Buscó palabras que pudiesen darle la razón, pero no las hallaba.

Te equivocas dijo mirándola de frente. Jamás he sentido esto por nadie. No es fantasía, es real. Te amo.

Verónica cerró unos instantes los ojos, conteniendo las lágrimas y la rabia. No podía mostrar temor, pero tampoco podía callar.

¿Y qué hay de Inés? ¿Te das cuenta del daño infligido? Jugaste con sus sentimientos, la usaste Ahora vienes a mí esperando que lo deje todo por ti.

Sé que he estado mal reconoció con voz rota. Pero incluso ahora, volvería a hacerlo igual. No me arrepiento.

La felicidad no se construye sobre el dolor ajeno sentenció con firmeza, lanzando una mirada furtiva al móvil. Y tú no me conoces de verdad, te has enamorado de una idea, de una imagen.

Guardó un silencio corto para que lo asimilara.

Debes ser honesto con Inés. Confiesa la verdad y pídele perdón. Hazlo.

Borja quedó paralizado, los dedos temblando.

¿Para qué? Si no siento nada por ella. Con quien quiero estar es contigo.

La dureza de su dolor relampagueaba en sus ojos, y aunque sintió lástima, se mantuvo firme.

Conmigo no tienes ninguna posibilidad. Ni con Inés. No pienses que voy a callar esto.

Borja la miró, casi temblando. Por fin murmuró:

Me marcho. Pero no todo está dicho. Seguiré esperando, hasta que veas que estamos hechos el uno para el otro.

No lo hagas negó con la cabeza. No esperes. Vive tu vida. Encuentra a alguien a quien puedas querer de verdad, no una ilusión. Ahora, por favor, vete.

Borja salió lentamente, con pasos pesados, como si cada uno le costase la vida. En el umbral, se dio la vuelta, la voz apagada y resignada:

Gracias por ser sincera. Pero no me despido.

El portazo quedó flotando en el aire. Verónica se dejó caer en una silla, los músculos cediendo la tensión acumulada. Avanzó hacia la ventana, observando la calle blanca a la luz dorada de las farolas. Vio a Borja alejarse, hombros caídos, caminando hacia la nada.

La preocupación la anudaba por dentro. ¿Qué le iba a decir a Inés? ¿Y si le mentía? ¿Si seguía su obsesión?

Marcó el número de Inés, el corazón acelerándose por los nervios. Cuando contestó, Verónica se esforzó por sonar tranquila:

Inés, hola. Tenemos que hablar. Es importante.

Un crujido al otro lado, papeles apartándose. La voz de Inés, preocupada:

¿Qué pasa, Verónica? Te noto rara. ¿Estás bien?

Verónica tragó saliva y se lo contó, palabra a palabra, con cuidado de no hacer más daño del necesario Borja la había utilizado como excusa para acercarse a ella, que nunca la amó.

El silencio siguió, denso. Finalmente, Inés respondió, apenas conteniendo la conmoción interior.

¿Y ahora? ¿Qué se supone que debo hacer?

No lo sé Puede que Borja vaya a verte. ¿Estás sola en casa? Me preocupa su actitud.

No te preocupes, estaré bien. Gracias, Verónica, por decírmelo.

Perdona por habértelo contado así sincera hasta la incomodidad.

Mejor conocer la verdad, aunque duela.

Colgaron. Verónica se apoyó en el cristal frío. Fuera, el mundo era nieve, y todavía tenía que confiar en que todo se encauzara, de una manera u otra.

***

Mientras tanto, en la cocina de su piso en Lavapiés, Inés permanecía inmóvil. Las palabras de Verónica martilleaban en su cabeza, como una letanía amarga. Repasaba una y otra vez el inicio de su relación con Borja, su aparente dulzura, las bromas, los detalles; los te quiero que ahora sonaban huecos y falsos.

El amor nunca existió, se repetía atronadoramente. Acarició la taza fría de té sin probar. Necesitaba comprender cómo seguir adelante.

El timbre la sobresaltó. Con la taza en manos, caminó hasta la puerta. Borja estaba al otro lado, desencajado, la nieve derretida empapando su abrigo, el cabello cubierto de humedad. No tenía fuerzas para fingir.

Inés Tengo que confesártelo todo. Nunca

Ya lo sé le interrumpió ella, serena pero dura. Verónica me lo ha contado.

Borja quedó helado. Alzó una mano insegura, para luego bajarla avergonzado.

Así que ha llamado Esperaba poder hacerlo en persona.

¿A qué has venido? ¿A humillarme, quizás? ¿A decirme a la cara que fui una herramienta para otra mujer?

No. Sólo quería pedirte perdón. Por la mentira, por no haber sido claro, por usarte.

Ella guardó silencio. El desprecio dolía menos que la rabia o el llanto.

Podrías haberlo dicho antes. Pero fuiste corriendo a suplicarle a Verónica. ¿Y después vienes aquí hablando de arrepentimiento?

Sólo vi una oportunidad Y la tomé, sin pensar.

De su bolsillo extrajo tembloroso una cajita y la tendió.

Quédate con esto, aunque sólo sea por cerrar un círculo.

Inés observó el anillo, fino y sencillo, con un diminuto diamante. Ni siquiera se inmutó.

Guárdalo. No quiero nada tuyo.

Borja encerró la cajita en su puño. Trató de defenderse.

Me gustaría arreglarlo. Empezar desde cero, sin mentiras.

Imposible. Necesito espacio. No quiero volver a verte ni oír hablar de ti. No intentes remediar lo irremediable.

Borja bajó la cabeza. Dio la vuelta para marcharse, y en ese instante, sonó de nuevo el timbre.

Al abrir, apareció Alejandro el prometido de Verónica, impecable, con ojos acerados, gesto firme.

¿Puedo pasar?

Entró sin esperar respuesta. Inés notó el cambio en el ambiente, la tensión eléctrica entre ambos hombres.

Sé lo que ha pasado dijo Alejandro, fulminando a Borja con la mirada. Sé perfectamente cómo las has tratado. A las dos.

Borja intentó balbucear una excusa, pero Alejandro le cortó en seco:

Basta de palabras. Verónica me lo ha contado todo. Hay heridas que sólo se curan con hechos.

Acortó el espacio, y Borja retrocedió, tenso como un animal acorralado.

Alejandro, por favor… intervino Inés, pero él hizo un gesto cortante.

Este asunto ya no es tuyo.

Borja, acorralado, sólo pudo encogerse ante el encuentro inevitable: Alejandro le propinó un golpe seco y contundente. Borja cayó sentado, sangre en los labios, dignidad hundida.

La próxima vez que te acerques a Verónica o a Inés será peor. ¿Me entiendes?

Sin responder, Borja se levantó como pudo, recogió el pequeño estuche y salió cabizbajo. La puerta quedó tras él, cerrando también ese capítulo de historia.

Alejandro se volvió entonces hacia Inés, suavizando el tono:

Perdona. No es la manera, lo sé. Pero hay veces que sólo así entienden.

Inés asintió, con una media sonrisa. Agradecía que hubiera puesto límites, pero todo dolía demasiado.

Gracias, Alejandro. Por protegernos.

Verónica está muy preocupada añadió él. Tienes una amiga leal.

Y es una suerte que te tenga a ti, también.

Cuando Alejandro se fue, la casa volvió al silencio. El dolor quedó flotando en el aire, necesario para poder empezar de nuevo.

***

Borja caminó por una Puerta del Sol nevada, indiferente al frío o la humedad. Le ardía la herida en el rostro, pero dolía más el vacío existencial que lo envolvía: había perdido a las dos, a Inés y a Verónica, por aferrarse a una fantasía egoísta. Decidió mudarse a Barcelona; era imposible rehacer nada en Madrid. Antes de irse devolvió el anillo a la joyería de la calle Preciados: el dependiente le devolvió el importe sin hacer preguntas.

Transfirió todo seiscientos euros a la cuenta de Inés con una breve nota: Perdón. Es tuyo. Sin más disculpas, sin dramatismos.

En el andén de Atocha, bajo la gran cúpula, volvió la última vez la vista atrás. Nada quedaba de los días felices: sólo nieve, distancia y promesas rotas.

***

Días más tarde, en una chocolatería de la Plaza Mayor, Verónica, Inés y Alejandro compartían unos churros y tazas humeantes de chocolate espesísimo. El ambiente era cálido, iluminado por una luz dorada que endulzaba incluso los recuerdos más amargos.

La conversación giraba en torno al futuro, no al pasado. Verónica hablaba de planes nupciales, de invitaciones y pequeñas anécdotas compartidas con Alejandro. Inés intercalaba confidencias y alguna risa sincera, descubriendo que, de algún modo, la vida continuaba.

Ya no le guardo rencor confesó Inés, mirando la ciudad blanca tras los cristales. Me duele, sí. Pero ya está. Lo suelto.

Verónica apretó con dulzura su hombro.

No lo llores. Mereces ser feliz de verdad, no atrapada en una mentira.

Lo seré contestó Inés, y por primera vez en mucho tiempo, lo sentía de verdad.

Afuera la nieve caía, sepultando cicatrices en las calles de Madrid. Dentro, tres personas reían con la esperanza de finales abiertos y nuevos sueños. Porque la vida siempre sigue, incluso después del último invierno.

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