Sin rodeos

Sin más palabras

Recuerdo bien aquella noche de hace años, cuando ya había caído el otoño sobre Madrid y yo, Rodrigo, me recosté en la silla tras una cena copiosa. Aflojé el nudo de la corbata y observé, sin prisa, a Estrella, que justo en ese instante acercaba el cáliz de Albariño a los labios. La luz tamizada de las lámparas le acariciaba el rostro, resaltando la elegancia de sus rasgos finos; el leve rubor en sus mejillas parecía natural, y sus ojos irradiaban ese cálido destello tan propio de las noches tranquilas en los restaurantes del centro.

¿Estás satisfecha? pregunté, con la voz relajada, fingiendo que la cuestión había escapado sola, sin pensar.

Estrella apoyó suavemente la copa en el mantel y me regaló una sonrisa franca.

Por supuesto. Siempre eliges el sitio perfecto. Aquí se está como en casa respondió, mirando con aprecio la sala.

Asentí, callado, dándole la razón. Era cierto; ese lugar en Malasaña tenía algo especial. No pretendía lujos ni aspavientos, pero respiraba una serenidad cuidada. La iluminación, tenue y acogedora, envolvía las mesas, la música de fondo no ahogaba las palabras, y los camareros transitaban despacio, con discreción y una dignidad sencilla, casi castiza.

Durante el último medio año, había llevado a Estrella a esa taberna no menos de cinco veces. Siempre quedaba un recuerdo agradable, por la comida sí, pero sobre todo por esa atmósfera singular que parecía cobijarnos, casi apartados del mundo. Y cada vez, cuando llegaba la cuenta, la pagaba sin pensar, como si el importe en euros ya formara parte de esa rutina.

Estuve pensando empezó ella, jugando con la servilleta, doblándola y desplegándola entre sus finos dedos. ¿Por qué no nos escapamos algún fin de semana? Empiezo a aburrirme de la ciudad.

Ya veremos, dije, manteniéndome neutro, esforzándome en no mostrar dudas. Ahora el trabajo aprieta, ya sabes.

Vi cómo enarcaba las cejas, y por un segundo asomó un destello de decepción en sus ojos. Pero enseguida recuperó la sonrisa, como si intentara disipar la breve incomodidad.

Tú siempre, tan responsable soltó con una cierta condescendencia, aunque no cargada de malicia.

El camarero, con la rutina pausada de quien lleva toda la vida en el gremio, se acercó con la carta de postres. Antes de que hablara, levanté la mano con suavidad:

Tráiganos el postre de la casa. Y otra botella de ese vino, por favor.

Tomó nota y se alejó con la misma parsimonia de antes.

Estrella, entre tanto, recorrió el borde de su copa con un dedo, gesto lento y distraído. El leve tintineo del cristal rompió la calma musical del local. Me miró, cierta sombra preocupada asomando en su mirada.

Estás raro hoy, Rodrigo dijo en voz baja, procurando que ningún comensal cercano oyese sus palabras.

Me encogí de hombros, intentando parecer despreocupado.

Cansancio. En el despacho todo es prisas y más prisas ahora y era cierto. Llevaba semanas ahogado entre reuniones, plazos e informes que se acumulaban sobre la mesa del despacho, robándome horas de sueño. Pero sabía que no era sólo eso.

Todo había cambiado hacía unos días, casi por casualidad, cuando curioseando en las redes me topé con un perfil de Estrella que desconocía. Nada demasiado llamativo: fotos, publicaciones, comentarios de amigos… Sólo que, entre las imágenes, aparecía ella con un hombre trajeado. Las descripciones eran ambiguas: Con el más atento, Mi inspiración. Y las fechas coincidían con las noches en que había dicho que no podía verme por estar ocupada.

Primero lo achaqué a un malentendido. Quizá algún compañero, una coincidencia, nada más. Pero la duda me picó y revisé detalles y mensajes. Encontré entonces a otro: comentarios bajo una foto capturada precisamente en ese restaurante, firmados por un tal Jaime. Estás radiante, deseando la próxima velada contigo, decorado con un corazón.

Aquello no me dejaba en paz. Bebí un trago de vino, intentando aferrarme al momento, al calor que me subía por las venas… pero la mente volvía insistentemente a esas fotos y aquellas fechas.

No hice ningún escándalo. Ni le exigí explicaciones, ni elevé la voz, ni busqué una escena en público. Pero supe en ese instante que tenía que zanjarlo, y hacerlo de forma que marcara una diferencia. No escapando por la puerta de atrás, no como el que huye, sino como quien cierra un ciclo con firmeza y sin estridencias.

La cena concluyó. El camarero trajo la cuenta en una elegante funda de cuero, el importe tan elevado como cabía esperar en un restaurante del centro de Madrid. La abrí despacio, aparentando estudiarla, aunque ya había calculado mentalmente el total. Miré a Estrella de frente, sin sonrisa ni suavidad.

Creo que hoy pagaré solo lo mío. Te corresponde abonar tu parte dije, con la voz tranquila, como si anunciara algo trivial.

Estrella se sonrojó de golpe. Sus manos, reposadas hasta entonces sobre el mantel, se crisparon. Vaciló unos segundos.

No tiene gracia, Rodrigo musitó finalmente, intentando aunque fuera una fachada de dignidad.

No bromeo respondí, depositando con calma la funda delante de ella. ¿No llevas suficiente? Llama a alguien. Por ejemplo, a ese tal Jaime. ¿De verdad pensabas que me ibas a engañar?

Sus ojos se abrieron, una mezcla de asombro y rabia chisporroteando en ellos, como si no esperara jamás oírme decirlo.

No sé de qué hablas titubeó con voz quebrada, consciente de lo poco convincente que sonaba.

Qué pena fue todo lo que dije, poniéndome de pie. Entonces arregla tú esto como veas.

Dejé sobre la mesa un par de billetes, justo con mi parte, y me marché.

Detrás, oía cómo Estrella musitaba algo apurada al camarero, con la voz nerviosa e insegura. Pero no volví la cabeza. Crucé el salón y salí a la calle, sintiendo en cada paso un alivio creciente. No por satisfacción, ni por victoria mezquina, sino porque me había quitado de encima un peso que ya no tenía sentido cargar.

Respiré hondo bajo la brisa húmeda de la Gran Vía. Todo había terminado.

Caminé despacio entre las farolas, las aceras iluminadas de amarillo, las tiendas relucientes y el bullicio de la gente atrapada por la noche madrileña. Pasaban parejas charlando, algunos corrían buscando el último metro, grupos de amigos reían a carcajadas. Todo seguía, y ese simple hecho me pareció reconfortante y lleno de lógica.

Me invadieron pensamientos extraños. Sólo hacía un mes, Estrella me parecía la especial: no perfecta, pero sí la mía, la de casa. Recordé cuando pensaba en qué regalo elegirle, al preguntar en El Corte Inglés qué color de móvil le gustaría, cómo celebró aquel abono para el spa de la Castellana, la risa que se le escapó cuando le regalé los pendientes de oro, finos y discretos.

Pensé en las veces que dejé a un lado el trabajo para pasar la tarde juntos, en el orgullo de poder darle caprichos modestos. Y ahora, comprendía que todo había sido un escenario. No mío, sino de ella. Ya no sentía rabia, ni dolor: sólo la amargura suave de un café que se queda frío.

El móvil vibró. Mensaje de Estrella: Eso ha sido mezquino. Podrías haberme dicho que todo se acababa.

Me paré frente al escaparate de La Central, mirando los lomos de los libros antiguos tras el cristal. Escribí la respuesta: Eso mismo he hecho.

Pulsé Enviar y apagué el teléfono. En ese instante, no quería ni explicaciones ni seguir dándole vueltas. Todo lo necesario ya se había dicho.

Por delante tenía una noche larga, y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que podría pasarla como quisiera: tal vez en el bar de siempre de Huertas, pidiendo una caña y mirando la vida desde el ventanal. O volver a casa, poner algo de música la que a ella nunca le gustó y dormir por fin sin sobresaltos, sin tener que llevarla a trabajar por la mañana. O llamar a un viejo amigo y proponerle quedar, hablar de lo de siempre, como en los tiempos de universidad.

El mundo volvía a estar abierto. Y esa libertad tenía algo valioso. Algo limpio, verdadero.

*******************

A la mañana siguiente, me desperté antes de que sonara el despertador. Madrid aún dormitaba, pero desde la ventana entraba el rumor creciente de la ciudad. Me desperecé, sintiendo cómo el peso había desaparecido; ni trazo de aquella opresión familiar. Sólo quedaba ligereza y la agradable sensación de sol tras la lluvia.

Me di una ducha larga, dejando que el agua se llevara hasta el último rastro del día anterior. Oí todo el tiempo la monotonía del chorro, y me permití, por fin, estar en el presente: sin remordimientos, sin darme explicaciones a mí mismo.

Preparé un café fuerte y lo llevé al balcón. El aire de la mañana venía fresco y oloroso, mezclando los aromas del café de la plaza y la humedad de la madrugada. Los niños del barrio ya jugaban en el patio del colegio y los coches formaban pequeñas colas bajo los árboles. Bebí el primer sorbo y me limité a dejar que el día comenzara.

El teléfono, apoyado en la mesa, seguía en silencio. No lo encendí hasta bien cerca del mediodía. Correos del trabajo, avisos de las redes sociales y otro mensaje de Estrella sin leer. Dudé, lo dejé deslizarse fuera de la pantalla. Ya estaba todo resuelto.

Busqué en la agenda el número de Sebastián, mi gran amigo. Llamé.

¡Hombre, qué sorpresa! contestó, siempre con ese entusiasmo burlón tan suyo. ¿Nos vemos, no? Ya iba siendo hora.

Quedamos en un bar conocido de Chamberí, el de las cañas y los pinchos de tortilla impecables, donde tantas veces cerrábamos largas jornadas de oficina.

Al llegar, Sebastián ya me esperaba, apoyado en una mesa junto a la ventana, dos cervezas servidas. Levantó la mano, risueño.

A ver, cuéntame, dijo nada más sentarme. Te veo distinto. ¿Qué ha pasado?

Cogí la jarra y di un buen trago. El frescor del lúpulo despeinó mis pensamientos.

Anoche lo dejé con Estrella.

Vaya ¿Te dejó ella?

No, fui yo quien tomó la decisión y le conté la escena, resumiendo lo esencial, sin recrearme.

Sebastián escuchó todo, callado, removiendo el hielo en su vaso. Finalmente, sonrió con complicidad.

Bien hecho, macho. Un poco radical, sí, pero supongo que merecido. ¿Lo tienes claro?

Completamente. No busqué más, tampoco quiero saber detalles. Lo vi suficiente.

¿Y ahora qué piensas hacer?

Vivir. Trabajar, aprovechar el tiempo con los amigos, quién sabe, igual hago un viaje cuando pueda. Sin expectativas.

Fue una respuesta simple, pero era cierta. No había héroes ni dramas en mí; sólo la firmeza de quien toma un rumbo nuevo por fin.

Mira, hablando de viajes, mi prima acaba de mudarse a Sevilla. Se celebra un festival de jazz la semana que viene. ¿Nos apuntamos?

Pensé en Sevilla: sus plazas, sus tabernas, la música envolviendo la noche andaluza. Por primera vez en mucho tiempo, la idea me ilusionó.

Cuenta conmigo, pero dame una semana para organizarlo en el trabajo.

¡Eso es espíritu! rió Sebastián, golpeando la mesa. Se alegró por mí, sincero, como sólo un amigo sabe estar feliz por otro.

Una semana después, viajamos al sur. El festival fue inolvidable: paseamos entre avenidas y patios, nos perdimos en el bullicio de la Alameda, escuchamos saxos junto al Guadalquivir, probamos vinos y tapas, reímos bajo un toldo cuando la lluvia nos sorprendió.

En una de esas noches, ya sentado frente a la ribera iluminada, comprendí que Estrella se había esfumado incluso de mi nostalgia. Simplemente, ya no estaba. Me limité a dejar correr la música, la vista en el agua, y dejarme llenar de esa certeza sencilla: estaba bien. Y eso no requería grandes palabras.

¿En qué piensas?preguntó Sebastián.

En que por fin respiro con libertad, respondí. Como si por meses hubiera estado conteniendo el aire y por fin pudiera soltarlo.

Afuera, la ciudad centelleaba en la distancia, los músicos tocaban y la vida latía en todas partes.

Pues brindemos por los nuevos pasos dijo Sebastián, y chocamos vasos. En el tintineo de cristal se colaban los ecos de la noche sevillana.

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Al volver a Madrid, no me encerré en el trabajo ni llené las horas de rutina. Al contrario: retomé la natación siempre había querido mejorar mi estilo y me atreví por fin con las clases de italiano, esa lengua que años llevaba deseando aprender por pasión más que por utilidad.

Los días tenían otra luz. Las reuniones en el Retiro con amigos, los domingos de cine al aire libre en la plaza de Olavide, los paseos por el Rastro los sábados por la mañana, las risas, el olor del pan recio, la música en alguna terraza del Conde Duque. Descubrí que la ciudad tenía planos que antes no veía.

En el parque, cada sábado, se proyectaban películas bajo el cielo abierto. Iba con un termo de té y una manta. Me sentaba en el césped, saboreando el frescor de la noche, el aroma húmedo de la tierra y la levedad de sentirme en casa.

Aquella tarde de final de otoño, tras acabar la proyección de una comedia entrañable, recogía mis cosas cuando una voz femenina y suave me detuvo.

Disculpa dijo, y me topé con el rostro de una joven de pelo rubio desordenado, envuelta en una bufanda gruesa.

Te he visto venir aquí cada semana. ¿También eres un loco del cine?

Había simpatía en su acento y una sonrisa sincera que contagiaba. Asentí.

Lo mejor es ver las pelis al aire libre. Todo se siente más verdadero, ¿verdad?

Jolín, totalmente repuso ella. El cine en casa está bien, pero nada como compartir el aire y las risas.

Me tendió la mano.

Soy Carmen.

El nombre, a la vez tan nuestro y tan fresco, me evocó historias pasadas que, sin embargo, ya no pesaban.

Rodrigo, respondí, y fue el inicio de una conversación larga y tranquila. Hablamos de películas, de libros, de secretos de Madrid y sus cafés pequeños. Carmen me contó que acababa de mudarse a Chamberí y aún buscaba pequeños rincones acogedores. Le hablé de la chocolatería de la plaza, de mi librería favorita, de una galería escondida en una callejuela.

La charla fluyó sin silencios forzados ni temas incómodos. Cuando el parque quedó casi vacío, Carmen miró el reloj y suspiró:

Mañana me toca madrugar pero que sepas que esa invitación a un café aún la tienes pendiente.

Me animé y le propuse quedar pronto en una cafetería cercana, esa de los bollos recién horneados y el mejor cacao. Carmen aceptó con una sonrisa que iluminaba hasta el último rincón de la plaza.

Intercambiamos teléfonos con esa ilusión de los comienzos auténticos. Cuando desapareció por la calle, sentí una calidez nueva y esperanzada. Iba sin hacer planes a largo plazo, pero feliz de volver a empezar como quien se adentra sin miedo en una estación por estrenar.

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Ya en casa, yo preparaba el desayuno mientras la lluvia se pegaba a los cristales y el aroma del café llenaba el piso. Escribí a Carmen: ¿Cine el sábado? Pero en sala, que parece que lloverá. Ella contestó de inmediato. Me apunto. Y elijo yo la película que me encanta reír.

Me sonreí. Su mensaje tenía esa frescura que a veces creía haber perdido.

El sábado fue frío. Carmen y yo llegamos con tiempo al cine de la zona de Quevedo, recogimos palomitas, elegimos buen sitio y, en cuanto apareció mi sonrisa en la pantalla, noté esa complicidad que tienen los inicios tranquilos. Hablamos, reímos Cuando el filme acabó, salimos a la calle iluminada y paseamos sin destino.

Hablamos de libros, de sueños de viaje ella quería ir a Japón algún día (por los templos y la paz, no por el sushi, bromeó), yo le confesé mi fascinación por Andalucía, donde el tiempo va más despacio y la comida sabe a infancia.

¿Te imaginas recorrer Cádiz o Granada juntos? solté, casi sin pensar.

Por sorpresa, Carmen sonrió:

Soñar es gratis. Quizá pronto sea real.

Al llegar a la Casa de Campo, nos detuvimos frente al lago, contemplando el reflejo de las luces madrileñas en el agua. Me dio las gracias por el día, y, con un gesto leve, tomé su mano. Un gesto discreto, pero pleno. Ella correspondió. Bastaron unos segundos de silencio, mirándonos, para comprender que comenzaba algo distinto.

Nos despedimos junto al metro, con la promesa sin palabras de futuros encuentros. Caminé despacio a casa, el corazón lleno de una esperanza recién estrenada, una certeza tranquila. No sabía adónde llevaría esta historia, pero no me importaba. Bastaba con empezar de nuevo, con ganas de dejarme sorprender por la vida, ahora sí, a corazón abierto.

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Así fue como aprendí que las historias terminan solo para dejar sitio a otras. Que la vida, al final, está hecha de pequeños gestos, de cafés al sol, libros abiertos, paseos al azar y risas compartidas. Si uno sabe mirar, siempre hay luz suficiente para los nuevos comienzos.

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