¿Gemelos? se le escapó a Emilia Fernández.
La mujer intentó por todos los medios ocultar su disgusto, pero no lo lograba demasiado bien. Clara, su nuera, sabía perfectamente que de su suegra no podía esperar ni una pizca de sinceridad o cariño. Emilia jamás la había querido y siempre le pareció que su hijo, Martín, merecía algo mejor. Sin embargo, quienes los conocían decían justo lo contrario: Martín más bien era sencillo para una mujer tan preparada como Clara.
Clara era amable y culta; a sus veintitrés años había terminado Económicas y trabajaba en una reconocida cadena de clínicas privadas. Aunque venía de una ciudad pequeña de Castilla, su padre era director de una fábrica y su madre enseñaba en la universidad local. Nadie podría acusarla de simple o poco refinada, excepto Emilia, que seguía considerándola “demasiado normal”.
Pues enhorabuena. ¡Menudo milagro! ¡Felicidad por partida doble! murmuró Emilia, poco convencida.
Pero querer formar parte de esa alegría, ni por asomo. El embarazo de Clara fue muy complicado; le diagnosticaron riesgo de aborto, que luego derivó en amenaza de parto prematuro. Pasaba días ingresada. Martín iba a verla casi a diario, pero Emilia, viviendo a escasos dos paradas de autobús, nunca visitó a su nuera ni una sola vez.
Tampoco fue a la clínica el día del alta de sus nietas. Por más que Martín insistió, Emilia no apareció tampoco durante los primeros cuarenta días.
Eso no es lo correcto. ¡A saber si les llevo alguna enfermedad! Cuando estén más fuertes, ya veré a las niñas, sentenció.
Las mellizas tenían tres meses cuando Clara se cruzó con su suegra junto al mercado. Emilia forzó una sonrisa y, casi apretando los dientes, preguntó:
¿Qué tal estáis, niñas?
Clara respondió con sinceridad:
Pues aquí estamos, tomando el aire. El cochecito es enorme, pero ¡el aire fresco es vida!
Emilia asintió con ganas de irse, pero justo entonces vieron a una conocida de toda la vida, doña Carmen.
¡Emilita! ¡Buenas! Madre mía, ¿esas son tus nietas?
Sí, Carmina Mi tesoro, repuso Emilia ante la vecina.
Clara recordaba de sobra a doña Carmen y la saludó tímidamente.
¡Dos de golpe! Clara, hija, ¿cómo has podido tú sola? ¡Si pareces tan frágil!
Nuestra Clara es una campeona se apresuró Emilia.
La joven miraba atónita a su suegra. Hacía un momento Emilia habría salido corriendo para no quedarse, y ahora fingía ser la abuela más orgullosa del mundo.
Carmen y Emilia charlaban animadamente Clara solo captaba retazos: que tener gemelas era una bendición, que ella se apañaba de maravilla, y que Emilia la ayudaba tanto Oyó contar más sobre su propia vida de boca de su suegra que en todos los meses anteriores. Por fin, Carmen se despidió.
Emilia esperó un medio minuto, dejó caer la sonrisa y se despidió de Clara para marcharse.
Por la tarde, Clara le contó la escena a Martín, que solo se encogió de hombros.
Claro, es mi madre ¿Qué esperabas? Tampoco con nosotros movió un dedo, solo contaba historias Según ella, se quedaba ayudándome con los deberes hasta medianoche, pero en realidad se ponía con las novelas y ni tocaba mis libros. O que sacaba a pasear a mi hermana Lola tres horas al día, por el bien de la niña, y al final era yo quien la llevaba; ella solo se pintaba y peinaba. No le des vueltas, Clara, te lo pido.
Clara había escuchado esas historias mil veces, pero seguía sin acostumbrarse a ser protagonista de tantas farsas.
***
Pasaron los años, y nada cambiaba en la actitud de Emilia con sus hijos y nietos. Pero un día todo se torció: al bajarse de un taxi, Emilia tropezó y se rompió una pierna. No tardó en anunciar:
Me vendré a vivir con vosotros y se lo soltó a Martín y Clara.
La pareja se miró y entendió de inmediato en qué lío se metían. Pero no supieron negarse.
Así empezó su calvario. Tuvieron que mudarse al cuarto de las niñas y ceder su habitación a Emilia lesionada, que se volvió como una tercera hija. Había que cocinarle, limpiarle, ayudarla a asearse, y cada día pedía algo más del colmado.
Las mellizas tenían dos años y medio. Clara intentaba reincorporarse a media jornada, así que llevaron a las niñas a la guardería. Cada mañana era una lucha: las niñas lloraban por no dejar la cama caliente, mientras los padres batallaban para que salieran a tiempo.
Un día, justo antes de salir corriendo, sonó el móvil de Martín:
¿Mamá? ¿Por qué llamas si estás en la habitación de al lado?
Que no puedo moverme, hijo, ¡tengo la pierna rota!
Mamá, tienes el bastón al lado
¡Calla, Martín! Para lo que quiero decirte, no necesito levantarme.
Te escucho Dímelo ya, anda.
Pues que no aguanto que por las mañanas arméis tanto jaleo. No dejo de oíros correr, portazos, gritos de vuestras hijas ¡No se callan ni un minuto!
A Martín se le subieron los colores de rabia. Abrió la puerta de su dormitorio de golpe y gritó:
¡Pues si quieres dormir tranquila, te dejamos las niñas toda la mañana! ¿Te parece bien?
Emilia, horrorizada, se quedó muda. Al poco se marchó de la casa de su hijo, sin esperar a que le retiraran el yeso. Martín lo agradeció. Clara, sin embargo, se sintió culpable, le angustiaba que Martín y su madre terminaran discutiendo así. Pero, ¿qué otra salida tenían?
***
Clara, cuando podía, los viernes trabajaba solo media jornada. Iba a buscar a las niñas al cole, compraban dulces y veían juntas alguna película en casa. Aquél viernes no fue distinto: almohadones por el suelo, el proyector encendido hasta que llamaron al timbre.
Abrió Clara. En la puerta estaba Emilia, de la mano de Javier, el hijo de Lola.
Emilia, ¿ha pasado algo?
Lola me lo ha dejado hasta la tarde, pero tengo que salir urgente. Quédate hora y media con él, ¿sí, hija? ¡Gracias!
Clara, sorprendida, miró al niño, que tenía medio año menos que las pequeñas y era más bien tranquilo, así que le sonrió y se agachó.
Javi, ¿te quedas conmigo un ratito?
Javier asintió, y cuando Clara levantó la vista, su suegra ya esperaba el ascensor.
¿A qué hora vuelvo a buscaros?
No más de dos horas, de verdad
Emilia se fue sin despedirse ni del nieto ni de la nuera.
***
Martín volvió a casa a las siete. Al ver al niño comiendo croquetas en la cocina, se extrañó.
¡Epa, campeón! ¿Qué tal va todo? ¿Vienes de visita? ¿Y Lola?
Javi le sonrió y Clara suspiró hondo. No quería ser siempre la que creaba los conflictos, pero la realidad era la que era.
Ha sido tu madre. Me lo ha traído para unas horas. Dijo que tenía cosas que hacer.
¿Y cuándo han empezado esas “horas”?
Hace casi cinco
Clara miró a su marido, recelosa.
¿Y Lola? ¿Has hablado con ella?
No No quería dejar mal a Emilia delante de su hija. Le ha confiado su niño, después de todo.
Martín se puso rojo.
Esto es el colmo, Clara. ¿Y mi madre no dijo adónde iba?
Clara negó con la cabeza. Martín cogió el móvil y llamó a su hermana. Le contó que Javi estaba allí, y Lola prometió ir en cuanto pudiera.
***
Eran casi las nueve. Los niños jugaban en la habitación. Clara, Martín y Lola charlaban en la cocina.
¿En serio vamos a esperarla toda la noche? ¡Que los niños deben acostarse!
Un día se acuestan tarde, Clara. Pero esto hay que hablarlo con mamá.
Nada más decir eso, sonó de nuevo el timbre. Clara fue a abrir.
¡Ya está! Vengo a por Javier anunció Emilia como si nada.
Clara tragó saliva. Tras ella aparecieron Lola y Martín.
¿Pero mamá, tienes conciencia?
¿Y esa manera de hablar con una madre?
Mama, no cambies de tema. Te he dejado a Javi, ¡a ti! ¡No a Clara! Pero tú, ¿en qué estabas pensando?
Emilia soltó una carcajada.
¡Qué más da, Lola! Si Clara tiene dos, puede con uno más. Yo tengo mis cosas.
Martín se adelantó.
¿Y preguntar, mamá? ¿Tan difícil es? ¿Qué clase de descaro? ¿Dónde has estado?
Emilia, incómoda como nunca, se quedó callada. Y entonces Lola, entre risas nerviosas, soltó:
Esta mañana tu melena era más larga y el esmalte de uñas rojo. Ahora tienes el pelo más corto y las uñas rosas ¿Pelquería, salón de manicura? ¿Voy bien?
Emilia, al verse descubierta, no hallaba palabras.
¿No se te cae la cara de vergüenza? insistió Martín.
Emilia no respondió. Solo miraba a sus hijos.
Te pedimos ayuda una vez en la vida y vas y cargas al niño a mi mujer. ¿O es que no tiene también derecho a ir a la peluquería o a hacerse las uñas?
Emilia, enfadada, hinchó la cara. Le faltaba tiempo para poner a cada uno en su lugar.
¡Por Dios, Martín! ¿Qué va a hacerse esta chica? ¡Si es una tiesa de provincias y siempre lo será!
Se hizo el silencio un instante. Y acto seguido retumbó un grito rotundo:
¡Fuera de mi casa!
Martín agarró a su madre del brazo y la sacó de un empujón. Cerró la puerta de golpe y respiró hondo. Cuando levantó la vista, vio que Clara lloraba. Ortega y Lola corrieron a consolarla.
Clara sentía dolor e impotencia. Pero al menos, comprobaba que la propia Emilia tampoco valoraba a sus propios hijos; al menos así veía que no era ella el problema. Quería ser buena, pero comprendía que hay gente para la que nunca valdrás lo suficiente, por más que lo intentes.
Desde entonces, la relación con Emilia se rompió. Martín y Lola, de vez en cuando, le echaban una mano con algo, pero en general la suegra desapareció de la vida familiar. Se ofendió durante mucho tiempo, pero finalmente su deseo de estar “cerca de los hijos” pudo más y trató de llegar a una tregua. Eso sí, de los nietos jamás se ocupó.
Solo una vez, hojeando el móvil, Clara vio en el estado de WhatsApp de Emilia una foto de los tres nietos y el mensaje: “Feliz día de las abuelas a todas quienes han criado a sus nietos”. Clara se sonrió con amargura y, por la noche, Martín y Lola pusieron verde a su madre. Clara pensó que reírse de aquello no era lo correcto pero tampoco lo pudo evitar.







