Diario personal, lunes.
Hoy me desperté con la misma sensación de vacío que me acompaña desde que me jubilé. Ahora, con tantos años a mis espaldas, he comprendido tarde, quizá demasiado tarde, que no he vivido mi vida de la mejor manera.
Muchas mujeres piensan que la soledad es lo peor que puede ocurrir. Que la verdadera felicidad está en formar una gran familia, en los problemas diarios y las preocupaciones cotidianas. Pero yo, sinceramente, siempre he pensado diferente. He vivido siempre para mí. Nadie me pidió nada nunca. No tenía ataduras familiares, ni compromisos, ni esas responsabilidades que parecen formar parte del destino de tantas personas.
Tras acabar la carrera en la Universidad Complutense de Madrid, empecé a trabajar en una conocida empresa de turismo internacional con sede en Barcelona. Además, durante unos años fui modelo para una agencia importante. Logré ganar mucho dinero y recorrer gran parte del mundo. Por aquel entonces tenía amigas que, como yo, habían alcanzado el éxito profesional y vivían acomodadamente.
Llegué a verme como una mujer afortunada: viajaba, vestía con las mejores marcas españolas e internacionales, y disfrutaba de cierta independencia económica. A lo largo de mi vida, conocí a varios hombres con los que pasé momentos agradables, pero en cuanto perdía el interés, terminaba la relación sin mayor problema. Nunca pensé en ser madre. ¿Acaso tenía que dedicar mi tiempo a otra persona? ¿Transformarme en una de esas mujeres que corren detrás de los hijos preocupándose por todo? Siempre me pareció una carga innecesaria y, sobre todo, me asustaba la responsabilidad.
Pero el tiempo, como el AVE que cruza la meseta, pasó volando. Ahora me encuentro, con más años que pesetas, jubilada y completamente sola en mi piso de Madrid. Nunca me casé ni tuve hijos. Y, precisamente ahora, en la vejez, siento un profundo arrepentimiento por no haber sentido en su día el deseo de ser madre. Al principio simplemente no lo veía necesario, ni tenía ganas. Más tarde, el trabajo absorbió todo mi tiempo. Y cuando finalmente me lo planteé, ya era demasiado tarde. No creí que convertirse en madre diera la felicidad a una mujer, y me equivoqué.
Miro a mi hermana Inés, madre de dos hijos y abuela de tres nietos, y me doy cuenta de que yo fui demasiado orgullosa y no escuché a nadie. Ahora deseo con todas mis fuerzas acercarme de nuevo a mi familia, reconciliarme con ellos, compartir tiempo con mis sobrinos y nietos. Incluso, quizá, conocer a un hombre en una situación similar y empezar una nueva familia, aunque sea tarde. ¿Quién sabe si aún me queda una segunda oportunidad?







