Tío, tengo que contarte algo que me ha pasado y aún me cuesta asimilarlo. Llevo cinco años con mi novia, Clara. Ella vivía en Valencia y yo en Madrid, porque ambos teníamos trabajo en nuestras ciudades. Hablábamos a diario, planeábamos el futuro, y de hecho ya estaba pensando en pedirle matrimonio para poder mudarme y dejar de lado la distancia. Te juro que confiaba plenamente en ella, nunca me había dado motivos serios para sospechar nada raro.
El otro día, recibo una llamada de un número desconocido. Contesto un poco mosqueado y al otro lado escucho la voz de un hombre, muy tranquilo y educado. Se presenta y me suelta a bocajarro:
Mira, no quiero líos. Te llamo porque creo que hay algo que deberías saber.
Resulta que el tío es ingeniero informático y hacía poco que estaba quedando con una chica que había conocido. Nada serio, solo mensajes, algún café, un poco de tonteo vamos, esa fase en la que vas viendo si la cosa cuaja. El caso es que ella jamás le había dicho que tuviera pareja ni nada parecido, todo muy normal. Pero algo le empezó a oler raro.
Un día hablando con un colega, menciona el nombre de la chica. El amigo se queda callado y le pide una foto. Cuando se la enseña, el amigo le responde algo que le deja helado:
Aléjate de esa mujer ya. Lleva cinco años saliendo seriamente con un chico.
Por si fuera poco, según el amigo esto no era ningún rumor. Mucha gente lo sabía. Incluso le describe cómo soy, que vivo en Madrid, que ella trabaja en Valencia, y que por eso se permite hacer cosas a escondidas. Y aún peor: habían escuchado que ella veía también a otro ingeniero. Mira, justo con este chico, que para uno es solo un conocido, pero para el amigo es de total confianza. Y ese ingeniero, sabiendo que ella está con alguien, ni se inmuta.
Total, que ahí se da cuenta de que no era un lío de nombres ni un malentendido. Es que Clara llevaba tres relaciones a la vez: la mía, la de ese otro ingeniero sabiendo perfectamente que yo existía, y la de este chico que me llamó, que era el único que no tenía ni idea de nada.
El tío me cuenta que cuando lo descubre, decide buscarme porque, así como existe la sororidad, también debería haber solidaridad entre hombres. Y él no quería ser parte de esa historia. Me encontró por redes sociales y prefirió llamarme antes que escribir. Y va y me dice:
Si necesitas pruebas, sólo dímelo y te las mando. Yo no tengo nada que esconder.
Le digo que sí, que por favor me lo envíe. Cuelgo y al cabo de unos minutos me llegan capturas de conversaciones, audios, fotos, quedadas Todo. Lo que me dejó a cuadros es que Clara hablaba con él de la misma manera que lo hacía conmigo. Las mismas frases, los mismos piropos, las mismas promesas vacías. Todo idéntico.
Te juro que tenía un nudo en el pecho, pensé que me iba a dar algo. Yo la quería y ya estaba organizando mi vida por y para ella. Pensaba cambiar de ciudad, pedirle que se casara conmigo, empezar otra vez los dos juntos.
Total, que la llamo y la confronto. No lo niega en ningún momento. Primero intenta quitarle importancia, como si nada. Después se cabrea porque alguien se ha metido donde no le llaman. Luego se pone a llorar. Me dice que está confundida, que no sabe lo que quiere, que no pensó que yo me enteraría así.
Cuelgo.
En ese momento me doy cuenta de algo que siempre cuesta aceptar: no solo hay hombres infieles. Hay mujeres, tías muy listas, que saben mentir perfectamente, llevan varias relaciones a la vez y se manejan en ese juego como si nada.
He perdido una relación, sí. Pero de verdad le doy las gracias a ese tío, que sin conocerme de nada, tuvo la decencia de avisarme. Porque si no, hoy seguramente estaría prometido con alguien que lleva una doble o triple vida y sin el menor remordimiento.







