REGALO
Bueno, hijo, cuéntame, ¿cómo te ha ido hoy, cómo ha sido tu día?
Recuerdo con cariño aquel invierno en Madrid, cuando mi padre, Gonzalo, regresaba cada tarde del trabajo y me sentaba junto a él en el sofá, revolviéndome el pelo castaño y suave. Mientras mi madre, Carmen, preparaba la cena en la cocina, él me dedicaba su tiempo, charlando conmigo, su hijo único y consentido. En el salón, la atmósfera era cálida, perfumada por los guisos y los dulces de Navidad, y en un lugar muy visible, entre el televisor murmurante y la vitrina, brillaba una pequeña pero elegante abeto decorado con luces de colores. Faltaba justo un día para Nochevieja.
¡Todo bien, papá! declaré con entusiasmo. Pero mi amigo Tomás no está tan bien.
¿Y qué le pasa a tu amigo? preguntó Gonzalo, interesado. ¿Tomás, el del portal de al lado?
Sí, ese mismo asentí.
Hoy en el festival de Navidad de la guardería no le dieron regalo escuché la voz de mi madre, Carmen, asomándose entre los aromas del pollo asado. Pobre chiquillo Bueno, chicos, lavad las manos y venid a cenar, ¡que ya está todo listo!
¿Cómo que no le dieron? exclamó mi padre, muy sorprendido, levantándose del sofá. ¿A todos sí, menos a Tomás? Aquí hay algo raro.
A todos sí, menos a Tomás confirmé, deslizándome tras él hacia la mesa. La Estrella y el Viejo Sabio repartieron regalos a todos, menos a él. Se quedó esperando, pero nada.
¿Qué clase de Reyes Magos son esos que dejan a un niño sin regalo? se enfadó Gonzalo, sentándose con brusquedad.
Ellos no tienen la culpa intervino Carmen, encogiéndose de hombros. Seguro que la madre de Tomás se olvidó de pagar el dinero del regalo, o quizá no pudo permitírselo. Eso pasa. ¿Te lavaste las manos, hijo?
Claro, mamá, las lavé con papá dijo él, mientras partía con cuidado el pollo, repartiendo los trozos en nuestros platos. Bien, digamos que no pagaron Pero, ¿cómo la directora, doña Elena, permitió ese bochorno? ¿Cómo pudo consentir que, delante de todos, el niño se quedase sin obsequio?
Doña Elena fue la Estrella, y el Viejo Sabio nuestro conserje expliqué, recordando el festival.
¡Peor aún! insistió mi padre. ¿No podían haber apartado un regalo extra para el pobre Tomás? Ya luego los padres habrían pagado. Es una falta de sensibilidad.
Parece que no pudieron suspiró Carmen. Yo, en su lugar, habría buscado una manera de que el niño tuviera su regalo, seguro.
¿Y los padres de Tomás? ¿Cómo consintieron que su hijo se quedara sin regalo? No lo entiendo Por cierto, hijo
Miró hacia mí, que estaba disfrutando ansioso mi muslo de pollo.
¿Le compartiste tu regalo a Tomás después?
Yo le miré con reproche.
Quise hacerlo, papá. También Sonia, Sergio, Juan y otros. Pero Tomás no aceptó nada de nadie.
¡Vaya orgullo el suyo! se maravilló. Dime que al menos no lloró.
No sé no lo vi confesé con sinceridad.
Qué chico más íntegro murmuró Gonzalo. No merece ese desaire.
Me da mucha pena Tomás dijo compasiva Carmen. Imagínate cómo se sintió.
Pues yo propongo arreglar este asunto dijo mi padre con determinación, sus mejillas encendidas y los ojos brillantes. ¿Sabéis en qué piso viven?
Yo no lo sé, nunca he estado en su casa, solo jugamos en el patio y en la guardería admití.
Tal vez yo pueda averiguarlo reflexionó Carmen. Mi amiga Rosario conoce a casi todos. La llamaré y pregunto. Pero, ¿para qué?
Llámale, anda, ahora mismo insistió Gonzalo.
Vale pero vosotros recoged la mesa y fregad los platos aceptó mi madre.
En pocos minutos volvió con la información: vivían en el piso 3ºB, apellidados Morales. La madre, Inés, vive sola con Tomás. El padre ya no está, si se fue o ella lo echó, nadie lo sabe, pero viven solo los dos.
¿De dónde tantas cosas? sonrió Gonzalo.
Rosario es como la detective del barrio respondió mi madre. Está en la junta de vecinos y se entera de todo.
Bueno, aclarado está concluyó mi padre. Hijo, ¿has acabado tu regalo?
Todavía no, mamá dice que mucho dulce hace daño suspiré.
Tu madre tiene razón aprobó Gonzalo. ¿Y tienes el paquete del regalo intacto?
Sí, lo abrí con cuidado respondí, y fui a mi habitación a buscarlo.
Volví con el brillante paquete medio vacío, y solté el resto caramelos, bombones envueltos en papel dorado sobre la mesa.
Mi madre, observando nuestra agitación, finalmente preguntó:
¿Así que queréis regalarle algo a Tomás? ¿Cuándo y quién se lo lleva?
Hoy mismo, mejor afirmó mi padre. ¿Tú qué piensas, hijo?
¡Claro que sí! me entusiasmó la idea. Le pongo algunos de mis caramelos, ¿vale?
Solo si no te importa me animó mi padre.
¿Y vamos los dos? miré esperanzado.
Ya le ofreciste antes caramelos y no aceptó dudó mi padre. Es muy orgulloso. Mejor lo hacemos de otra forma
Desapareció unos minutos y regresó ¡vestido de Rey Mago! Con capa carmesí ribeteada de blanco, una corona y barba postiza, y el saco granate de los regalos en la mano. Aunque, por entonces, aquel saco estaba vacío.
Le miré perplejo, y acabé preguntando:
¿Eras tú el Rey Melchor del año pasado? ¿Y el anterior?
Sí, yo era confesó, sonriendo. Perdona que no te lo dijera antes, pero era cuestión de tiempo que lo supieras. Verás, un día en la oficina me pidieron que fuera el Rey Mago en la fiesta infantil. Y así llevo tres años, de Rey, y también os felicito a ti y a mamá. ¿Te gustó el Melchor del año pasado?
¡Muchísimo! le respondí con admiración. ¡Me alegro de tener nuestro propio Rey Mago!
Corrí a abrazarle las piernas.
Carmen añadió más caramelos y ató una cinta dorada al abultado paquete, que Gonzalo colocó en el saco.
Ajustándose la barba, preguntó:
¿Me dais permiso para visitar al pobre Tomás?
¡Sí, sí! respondimos madre e hijo al unísono.
¿Puedo acompañarte, papá? pedí emocionado.
¿Como ayudante del Rey? sonrió Gonzalo.
¡De conejo! reí y corrí a mi cuarto a ponerme el disfraz con el que había ido al festival: mono blanco, orejas largas y una máscara con bigotes pintados. Al regresar, mi padre me recordó:
Ponte el abrigo, aunque seas conejo blanco, ¡que es invierno!
Salimos juntos. Carmen apenas podía contener la risa al vernos, el alto Rey Mago dando zancadas y el pequeño conejo arrastrando el saco.
A los diez minutos mi padre volvió solo, con expresión algo apurada.
¿Y el niño? Carmen preguntó alarmada.
Tranquila, está bien, se quedó jugando con Tomás. Voy a por él en media hora contestó Gonzalo, quitándose la barba y secándose el sudor.
Se desplomó en el sofá y murmuró:
¡Vaya noche!
Nos contó la visita: descubrió que esa tarde éramos los sextos en llevarle regalos a Tomás. Y no seríamos los últimos. Al salir, se cruzaron con la directora, doña Elena, ya sin disfraz.
Se deshizo en disculpas ante Tomás y su madre, muy apenada por lo ocurrido relató Gonzalo. Al parecer, alguien grabó el festival y lo subió al portal del Ayuntamiento. En pocas horas tuvo miles de visitas y comentarios.
¿Sí? Carmen se sorprendió. Habrá que verlo.
Pero lo importante prosiguió Gonzalo es que la madre simplemente pagó tarde el dinero para el regalo.
Cierto, en parte es culpa de la madre, pero también vivía sola y no siempre hay euros. Los de la guardería debieron ingeniarse para que el niño recibiera su regalo matizó Carmen.
Así es, y los encargados no se molestaron en averiguar y tacharon a Tomás de la lista de obsequios se lamentó Gonzalo.
Qué pena no ser yo la jefa de doña Elena suspiró mi madre. Hace falta mano dura con jefas de ese tipo, insensibles.
Quizás la cambien, o aprenda la lección Debería ser imposible, quien trata con niños no debe cometer esos errores reflexionó mi padre.
Calló un momento, acariciándose la barbilla. Después, nos informó:
Por cierto, el padre de Tomás apareció. Traía regalos y la cabeza baja, casi llorando
¡No me digas! se alegró Carmen.
Entonces sonó el timbre. Era yo, regresando.
¿Por qué viniste solo? se alarmó Gonzalo. Iba a buscarte
¿Soy un crío acaso? protesté. Y además me aburrí.
¿Por qué? preguntó mi padre.
Porque los padres de Tomás primero discutieron, después lloraron. Cuando entramos en la cocina Sonia y yo, estaban abrazados. Luego llegó Tomás y los tres se abrazaron y volvieron a llorar. ¡Parecían locos! Ni notaron que me fui
Mis padres se miraron y se rieron, aliviados.
Bueno, queridos, vamos a tomar chocolate caliente propuso Carmen. Y después, si no caemos rendidos, recibiremos el Año Nuevo. Ojalá sea feliz para todos.
¡Que así sea! concedí, generoso, pensando aún en la sonrisa agradecida de Tomás bajo la estrella de Navidad.







