¿Dónde te escondiste?

Al principio desaparecieron los guantes. Luego, el llavero. Después, la bufanda vieja. Todo podía achacarse a la edad, al despiste, al cansancio. Pero cuando faltó ya el sexto objeto en un mes—una cajita de hilos que siempre estaba sobre la cómoda—, Ana Belén no pudo más. Se dejó caer en una silla con un suspiro pesado. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de rabia, porque su pequeño mundo cotidiano se desmoronaba como si alguien invisible le arrancara los hilos con cuidado.

—Bueno, si es así, vamos a jugar—dijo en voz alta, y en su tono no había angustia, sino desafío, afilado como una navaja.

El piso guardaba silencio. Solo se escuchaban, tras la pared, los tictacs de un reloj antiguo midiendo el tiempo con obstinada precisión. Ana Belén llevaba nueve años viviendo sola. Su marido se había ido de repente, en el salón, con una taza de café a medio tomar y una broma inconclusa en los labios. Desde entonces, no había cambiado nada: el mismo sofá desgastado, la misma silla chirriante, incluso su taza favorita seguía ahí, con la leyenda descolorida: “El mejor abuelo”.

Su hija la visitaba cada seis meses. Le traía comida, se quejaba de que no contestaba al teléfono y se marchaba deprisa. Sus palabras eran cortantes, como si las exprimiera entre el trabajo, la familia, las preocupaciones. Ana Belén no se ofendía. Lo entendía: su hija tenía su propia vida, hipotecas, hijos. Aceptaba las bolsas de comida y medicinas, sonreía, la abrazaba con torpeza, la acompañaba hasta la puerta y luego se quedaba en el pasillo vacío, mirando la puerta cerrada, hasta que el silencio se hacía insoportable.

Pero hacía un mes, algo extraño empezó a suceder. No de golpe, sino suavemente, como si alguien rehiciera su mundo con cuidado, igual que un sastre corta los bordes de una tela. Primero apareció un olor—sutil, como si en un rincón ardieran hierbas secas, como en la casa de su abuela. Luego, corrientes de aire. Las cortinas se movían aunque la ventana estuviera cerrada. Y las sombras. Deslizándose por las paredes sin seguir la luz, como si alguien invisible merodeara sin dejar huella. La casa parecía respirar al ritmo de otro.

Ana Belén no decía nada. Solo pasaba más tiempo sentada junto a la ventana, con las piernas recogidas, una taza fría entre las manos, contemplando la calle nevada. Miraba cómo la nieve cubría el patio viejo donde antes jugaban los niños y recordaba. A su padre enseñándole a montar en bicicleta, sosteniéndola hasta que aprendió a equilibrarse. A los años noventa, cuando ella y su marido se calentaban con una estufa en los apagones de luz, riéndose mientras tostaban pan en la tapa ardiente. Y aquella vez que compraron su primer televisor y pasaron toda la noche discutiendo sobre qué canal poner hasta dormirse abrazados.

Y entonces, las cosas empezaron a desaparecer. Primero pequeñeces: un botón, un pañuelo, un viejo broche. Luego cosas más importantes: su bufanda favorita, las gafas, la agenda. Siempre sin rastro. Como si alguien invisible robara pedazos de su vida, suavemente, pero con insistencia.

—¿Dónde te escondes?—preguntó un día al vacío. Su voz resonó más fuerte de lo esperado, como si las paredes la devolvieran y se quedara suspendida en el aire.

Entoncés, desde la cocina, llegó una respuesta: “Aquí”.

Era una voz suave, casi infantil, pero no amenazante. No era malvada. Solo ajena. Y por eso, auténtica hasta estremecer.

No corrió hacia allí. Hervió agua, se sentó, esperó. Observó los remolinos en la taza como si en ellos estuviera la respuesta. Luego se levantó, enderezó los hombros y entró en la cocina. La puerta crujió, como si dudara con ella. Todo estaba en su sitio: la mesa con mantel de plástico, las cortinas, las ollas en la estantería. Pero el aire había cambiado. El silencio no era vacío, sino vivo, como si alguien contuviera el aliento. Una presencia casi tangible, pero cálida, como un roce leve.

—¿Quién eres?—preguntó con firmeza, sin miedo, como si supiera que no le harían daño.

No hubo respuesta. Solo un crujido del suelo, como si alguien diera un paso y se detuviera.

Al día siguiente, desapareció su libreta de recetas y números de teléfono—ya obsoletos. Y por la noche, al volver del balcón, encontró una postal en la mesa. Sin dirección, sin firma. Solo dos palabras garabateadas con letra torcida: “Estoy aquí”.

Desde entonces, vivieron las dos. La otra, en las sombras, en los rincones, en el temblor de las cortinas. Ana Belén, en la luz del día, en el silbido del hervidor, en el tintineo de las cucharas. No hablaban. Pero una vez, al abrir el armario, encontró todas las cosas perdidas. Ordenadas, limpias, como si alguien las hubiera guardado con cariño.

Y entonces lo entendió: no era una intrusa. Era ella misma. La que había olvidado hace tiempo, la que enterró cuando murió su marido, cuando su hija se fue, cuando los días se volvieron grises. La que una vez cantó con una guitarra, bailó con la radio, escribió poemas en trozos de papel y los escondió en un cajón. La que se había desvanecido poco a poco, con cada “luego”, con cada “ahora no”.

Ana Belén tomó la bufanda, se la echó sobre los hombros. Olía a menta y a tiempo. Salió al balcón. Encendió un cigarrillo—el primero en diez años. El humo subió al cielo, llevándose el peso, la soledad, la contención ajena.

Abajo, caía la nieve. Suave, casi ingrávida. En sus reflejos brillaban las luces de la ciudad, como si el mundo mismo le susurrara: “Te estaba esperando”.

*¿Dónde te escondías?* pensó. *Ahí estás. Te encontré.*

Rate article
MagistrUm
¿Dónde te escondiste?