Durante mi etapa en la universidad, tuve una profesora en la asignatura de medicina militar. Se trataba de la doctora Rodríguez, una mujer que había dedicado toda su vida profesional al cuidado de niños en el Hospital Niño Jesús de Madrid. Cierta vez, durante una de sus clases, compartió una experiencia que me resultó tan curiosa como reveladora.
Nos contó que, a pesar de sus conocimientos y rigurosas costumbres higiénicassiempre se duchaba y cambiaba de ropa nada más llegar a casa, lavaba las manos con esmerosus hijos, Lucía y Carmen, enfermaban frecuentemente. Según nos relataba, era casi inexplicable: sus hijas cogían justo las mismas infecciones que ella trataba a diario en consulta. Si se presentaba un caso complicado, sus niñas enfermarían casi con toda seguridad. Probó de todovitaminas, fortalecerlas con actividades al aire libre, buena alimentaciónpero no obtuvo resultado alguno. Un día, incluso, me confesó que se sentía completamente derrotada.
Todo esto cambió una noche. Tras un día especialmente duro en el hospitalun caso que la había dejado exhausta y con el ánimo por los suelosno se atrevía a volver a casa, convencida de que aquella ansiedad era presagio de otra recaída de las niñas. Sin embargo, en vez de regresar enseguida, se fue sola al Cine Callao a ver una película de Indiana Jones. Tras disfrutar de la sesión, volvió a casa con una mezcla de remordimientos y euforia al haber hecho algo para sí misma. Para su sorpresa, Lucía y Carmen seguían tan risueñas y llenas de energía como siempre; ni rastro de fiebre ni síntomas extraños.
Al poco, repitió la experiencia: esta vez, a la salida del hospital, fue a visitar a su amiga Isabel para tomarse un café y merendar unas rosquillas mientras se reían contando anécdotas. De nuevo, nadie enfermó en casa.
Fue entonces cuando la doctora Rodríguez decidió incorporar una pequeña rutina: antes de volver con su familia, aunque estuviera agotada y le esperase una montaña de tareas, pasaba por el parque del Retiro. Caminaba despacio por los senderos rodeados de rosales, respirando el aroma de las flores y sentándose de vez en cuando junto a una fuente a escuchar el agua. Solo cuando sentía que su ánimo se había equilibrado, volvía a casa.
La diferencia fue asombrosa. Sus hijas dejaron de caer enfermas con tanta frecuencia. Así, la doctora llegó a una conclusión que me pareció fascinante: no eran solo los microbios los que influían en la salud de la familia, sino también la información emocional que ella llevaba a casa. Estaba convencida de que la negatividad acumulada en el trabajo tenía un impacto tan tangible como un virus.
Desde entonces, me repito esa lección cada vez que cruzo un mal día: no hay que llevarse los disgustos directamente a quienes queremos. Basta una vuelta por el parque, una charla con un amigo, o permitirse un rato ameno para transformar el ánimo antes de reencontrarse con la familia. No sé si la ciencia lo ha explicado del todo, pero en mi experiencia funciona: detenerse en la plaza de tu barrio, dejarte contagiar por la alegría de un espectáculo o el murmullo de una fuente, y después, sí, regresar al calor de los tuyos con el espíritu renovado. Eso es lo que importa.







