En el pueblo vecino, junto al río Duero, vivía una muchacha. Se llamaba Eulalia. Era una chica de lo más discreta, una de esas personas que parecen pasar inadvertidas, que casi ni se dejan notar. Siempre mirando al suelo, la trenza fina, castaña ceniza, cubriéndose con un pañuelo antiguo. Trabajaba de cartera en la oficina de correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones.
Nadie se fijaba en Eulalia. Nuestros chicos del pueblo, ya se sabe, iban detrás de las más chispeantes: carcajadas claras, vestidos llamativos, carácter fuerte. Pero Eulalia
Aquella primavera llegó al pueblo un mecánico nuevo para la cooperativa agrícola. Se llamaba Fernando. Alto, de hombros anchos, el pelo negro como la noche y una mirada viva, con picardía. Además, tocaba el acordeón. Cuando salía por las tardes a la plaza del centro social y comenzaba a tocar, todas las mozas se rendían a sus pies. Y a Eulalia también se le paró el corazón de emoción. Tanto, que hasta parecía que le nublaba por completo la cabeza.
Pero ¿cómo iba Eulalia, tan sencilla y apagada, a aspirar a alguien así? A su alrededor revoloteaban las chicas más guapas del pueblo, mientras ella sólo lo miraba de lejos, suspirando tan hondo que a mí mismo, al verla, se me encogía el alma.
Entonces, amigos míos, empezó a ocurrir algo insólito en el pueblo.
Eulalia comenzó a recibir cartas. Desde Madrid. Sobres elegantes, gruesos, con una letra masculina, rotunda y segura. Como trabajaba en correos, era siempre la primera en verlas, pero el secreto no tardó en esparcirse: la jefa de la oficina, doña Ramona, mujer de lengua suelta, pronto lo soltó:
¡La calladita de Eulalia tiene novio! ¡Y de la capital! ¡Seguro que en nada la pide en matrimonio!
Después de aquello, Eulalia andaba misteriosa, con las mejillas coloradas y los ojos chispeantes. Hasta se volvió más guapa; se enderezó la espalda, y adornó la trenza con una cinta de raso. Caminaba por la calle con el sobre en la mano, llevándolo como si fuera una medalla.
Fernando empezó a mirarla de otra manera. De vez en cuando le lanzaba una mirada. Qué cosas tenemos los hombres: si vemos que una mujer le interesa a alguien, de pronto nos pica la curiosidad.
Y la pobre Eulalia caía más y más hondo en su ilusión. Sentada en el escalón de la oficina, leía sus cartas y sonreía con dulzura. En el pueblo se cuchicheaba: Quién lo diría, qué suerte la suya.
El desenlace fue como una tormenta en pleno cielo despejado. Y tan brutal que asustó.
Era una fiesta en el salón cultural, estaba todo el pueblo. El acordeón sonando, los jóvenes bailando. Eulalia vino también, guapísima con un vestido nuevo de algodón, y su bolso colgado del hombro.
En ese momento se acercaron unos gamberros del pueblo, los hermanos Herrera, ya bastante bebidos. Se les ocurrió bromear, tiraron del bolso y la correa, que era vieja, se partió. El bolso cayó al suelo, se abrió y de él rodó todo lo de Eulalia, incluida una atada con cinta de cartas.
Uno de los hermanos, César, cogió el paquete y empezó a reír:
¡Atención, vamos a leer lo que el galán de la capital le escribe a nuestra Eulalia!
Eulalia se lanzó hacia él, blanca como la cera:
¡No te atrevas! ¡Devuélvemelas!
Pero César, más ágil, abrió una carta y empezó a leerla en voz alta, para que todos pudieran oír:
Querida Eulalia mía: tus ojos son como lagos azules
El gentío se quedó en silencio. Estaba bonito. Pero César titubeó, hojeó otro papel, ajado y lleno de tachones, y levantándolo a la luz:
¡Mirad! ¡Esto sí que es de risa!
Sacudió la hoja en el aire:
¡Está todo tachado! Primero pone: Querida Eulalia, luego bien tachado, y debajo: Mi amada Eulalia ¡Y también tachado! ¡Esto es un borrador! ¡Ella misma escribía las cartas y se las enviaba a sí misma!
Las risas resonaron por todo el salón, casi parecía que el techo se venía abajo.
¡Se cartea sola!
¡Menuda ocurrencia! ¡Se inventó un novio!
Eulalia estaba en el centro del corro, con las manos tapándose la cara, el cuerpo temblándole de vergüenza. Aquello era la mayor humillación. Yo, entonces una jovenzuela, me quedé paralizada, sin saber cómo ayudarla.
De pronto, la música calló de golpe.
Fernando, que estaba en el porche con el acordeón, dejó el instrumento a un lado y bajó con paso firme. La gente se apartó, porque en su cara había una seriedad como una losa.
Se acercó a César, le quitó los papeles sin mediar palabra. César se quedó sin saber qué hacer, la sonrisa borrada.
Fernando recogió los sobres del suelo, los limpió y fue donde estaba Eulalia. Ella seguía tapándose la cara, encogida de dolor.
Él la tomó del brazo firme, pero con ternura y levantó la voz para todos:
¿De qué os reís, bestias? ¿Nunca habéis visto a una persona?
Luego, en un susurro solo para Eulalia:
Vamos, Eulalia. Te acompaño. Ya es tarde.
Y cruzaron la plaza, entre una multitud ahora callada y avergonzada. Él iba con la cabeza bien alta, el bolso y las cartas en una mano, y a Eulalia cogida del brazo con la otra.
Desde esa noche todo empezó entre ellos. Al principio, Eulalia apenas podía mirar a la gente a la cara, pero Fernando nunca se separó de ella. Iba a recogerla al trabajo, la cortejaba. A los seis meses se casaron.
Vivieron en armonía, queriéndose sin reservas. Fernando la protegía, le hacía la vida ligera. Eulalia floreció; fue una gran ama de casa y le dio tres hijos varones. Nadie volvió a mencionar aquel episodio. Fernando tenía una mirada que callaba hasta al más chismoso.
Pasaron los años. Fernando falleció hace tres, cosa del corazón. Eulalia, nuestra querida Eulalia, se vino abajo desde entonces. Yo voy a menudo a visitarla, a tomar un café, a medirle la tensión.
Un día estábamos en su sala, con la lluvia golpeteando el tejado y la leña chisporroteando en la chimenea. Eulalia rebuscaba en el cajón del aparador y sacó una cajita de madera, tallada la hizo Fernando con sus propias manos.
La abre y dentro están aquellas mismas cartas, amarillentas en sus viejos sobres.
¿Sabes, Pilar? me dice, con la voz temblorosa Yo pensé que él las había tirado o quemado. Toda la vida me dio vergüenza preguntar por ellas, me avergoncé siempre de haber mentido así.
Debajo del montón estaba una hoja cuadriculada, blanca, moderna, seguramente escrita poco antes de que Fernando muriera. Eulalia se puso las gafas, empezó a leer y las lágrimas le caían por las arrugas.
Léela tú, que ya apenas veo me entregó el papel.
Leo aquel garabato de letra de hombre:
Eulalia mía. He encontrado la cajita de nuevo y la he escondido otra vez. Perdona a este viejo tonto que nunca habló de aquello. Vi cuánto te pesaba aquella historia y no quise reabrirte esa herida. Pero ahora pienso que quizás debí decirte entonces algo, para liberarte de esa pena. Supe desde el primer día que las cartas las habías escrito tú. Reconocí tu letra de las nóminas. ¿Sabes por qué no me reí? Porque sentí que cualquiera que sea capaz de escribir palabras bonitas para sí misma es alguien que merece todo el amor del mundo. Y qué ciegos fuimos, los hombres, por no ver antes ese corazón tan grande. Siempre fuiste, para mí, la más guapa del pueblo. Tu Fernando.
Nos quedamos un buen rato en silencio, llorando los dos, con olor a tila, manzanas secas y esa clase de amor triste y precioso que ya apenas se encuentra.
Así son las cosas, amigos. Ella mintió por desesperación, porque necesitaba que alguien la mirase. Y él no vio la mentira, sino el dolor que ocultaba detrás. Y supo darle calor y consuelo toda la vida.
Ahora, cuando veo esa cajita, siempre pienso: no juzguéis con dureza a quienes cometen tonterías. Nadie sabe hasta dónde puede empujar el hambre de cariño.







