Al pequeño gato al que llamaban Mateo lo traicionaron y abandonaron, todo por el resultado de un análisis. Pleno invierno, un frío helador
A Mateo, que siempre había vivido en su hogar de Madrid, lo hallaron maullando desconsolado junto al portal del mismo edificio donde siempre había sido mimado. El pobre iba de un lado a otro, rascaba desesperado la puerta de metal y hasta intentó morderla, temblando de miedo ante la calle, escenario totalmente desconocido para él. Habituado al calorcito y las atenciones, Mateo se lanzaba sin dudar hacia cualquier vecino o transeúnte: se restregaba en sus piernas, tiritaba y, con la mirada suplicante, pedía que alguien le ayudara a escapar de ese mundo helado al que le arrastraron desde su mullida camita, junto al radiador. Lo dejaron fuera con la nieve cayendo y el viento colándose por todos lados en pleno diciembre madrileño.
La razón de tanta crueldad resultó ser dolorosamente sencilla. La dueña decidió adoptar otro gato, cautivada por el anuncio de entrega de un ejemplar de raza. La protectora, sin embargo, le pidió que hiciera unas pruebas médicas a su gato actual. Cuando llegaron los resultados, Mateo dio positivo en el virus de inmunodeficiencia felina. Sin embargo, la enfermedad no se manifestaba de ninguna manera y, además, este virus es totalmente inofensivo para humanos y perros, ya que no puede salir del mundo gatuno.
De hecho, Mateo solo presentaba el virus de manera latente, controlado por su propio sistema inmunológico que nunca permitía que la enfermedad avanzara. Pero a su dueña le bastó con la palabra enfermo para rechazarlo, convencida de que podía contagiar a su futuro gato de raza, e incluso, por pura ignorancia, temerosa de que fuera peligroso para todos. No investigó más, no se molestó en preguntar al veterinario; simplemente sacó a su fiel compañero a la calle y lo dejó solo en medio del invierno.
Fue la portera del edificio, Carmen, quien notó que el gato ya no corría de aquí para allá sino que, agotado, se había acurrucado en la nieve, hecho un ovillo, apenas moviéndose. Helado y extenuado, Mateo empezaba a dormirse, y quedarse dormido en el frío suele ser el paso final Carmen no pudo mirar hacia otro lado: cogió al gato, lo llevó a su garita y, con ternura, lo tapó con su propia chaqueta y lo acercó al calefactor. Incluso le ofreció parte de su comida, un poco de arroz con tomate, que para Mateo aquel día fue un auténtico manjar que lo devolvió a la vida junto al calor humano.
Tiempo después, una protectora se encargaría de llevar a Mateo a un refugio. El frío y el resfriado le dieron guerra, pero con tratamiento y cuidados se recuperó por completo. Hoy Mateo está fuerte, sano, castrado, vacunado y con toda su documentación veterinaria en regla.
Con apenas tres años, Mateo es un gato increíblemente cariñoso y busca constantemente la compañía humana; da abrazos felinos, ronronea sonoramente como si cantara nanas solo para ti y no puede resistirse a frotar su cabecita y pedir besos. Cada despedida con los voluntarios es una tristeza, porque él solo desea volver a un verdadero hogar, con el calor y el amor que merece.
Mateo nos enseña que la ignorancia puede generar dolor, pero también que un acto de bondad puede marcar toda la diferencia. A veces, quien más ayuda necesita es quien más tiene para ofrecer, y no hay nada más valioso que devolverle el calor a quien solo supo darnos amor.







