No remuevas el pasado
A menudo le da vueltas a la vida Jacinta, que ya ha cruzado el umbral de los cincuenta años. No puede decir que su matrimonio haya sido realmente feliz y, todo se debe a su marido, Ramón. Se casaron enamorados, o al menos eso creía en sus días de juventud, cuando ambos se querían sinceramente. Pero en algún punto, algo cambió en él. Y ese momento, Jacinta lo dejó escapar sin verlo.
Vivían en un pueblo castellano, en la casa de la suegra, Angustias. Procuraba criar la paz en el hogar, trataba a Angustias con respeto, y la señora la recibía con cariño. La madre de Jacinta vivía en el pueblo de al lado, junto a su hijo menor, delicada de salud, siempre con achaques.
Angustias, ¿qué tal con tu nuera, la Jacintilla? le preguntaban las vecinas chismosas en la fuente, en la tienda, o mientras caminaban por el campo.
¿Pues qué queréis que os diga? De Jacinta nada malo, buena muchacha, sabe llevar la casa, ayuda en todo y trata bien a todos respondía siempre la suegra.
Anda ya, no se lo cree ni el cura del pueblo, ¿a ver cuándo se ha visto a la suegra elogiar a la nuera? replicaban las demás mujeres.
Allá vosotras decía Angustias, y seguía su camino.
Jacinta tuvo una niña, Rosalía, y todo fueron campanas de alegría.
Jacinta, la Rosaliíta tiene mis ojos, seguro decía la suegra, buscando sus rasgos en la nieta, mientras la nuera reía, porque a Jacinta poco le importaba a quién se parecía la niña.
Cuando Rosalía cumplió tres años, Jacinta dio a luz a un hijo, Elías. Volvió la agitación gozosa en casa. Ramón trabajaba, Jacinta atendía a los pequeños y Angustias colaboraba en todo lo posible. Vivían como todos, pero quizás algo mejor: en calma, sin excesos. Ramón no era dado al vino, como tantos hombres del pueblo. Era habitual que algunas mujeres salieran a buscar a sus maridos borrachos junto a la caseta del baile, les arrastraban de vuelta a casa entre maldiciones que volaban por todo el valle.
Jacinta, embarazada del tercer hijo, se enteró de que Ramón la engañaba. Nada en el pueblo se oculta: rápido corrió la voz de los encuentros con la viuda Tomasa. Vecinas como Balbina no tardaron en llegar con el recado.
Jacinta, aquí llevando el tercero de Ramón, y él de sinvergüenza con otras habló sin delicadeza.
¿De veras, Balbina? No le noto nada raro, la verdad respondió Jacinta, incrédula.
¿Y cuándo vas a notar nada? Dos criaturas, a punto la tercera, el campo, la suegra y la casa sobre tus hombros. Mientras él vive tan pancho. Aquí se sabe todo: ahora va con Tomasa, y ella ni lo oculta.
Se apenó Jacinta, también la suegra lo sabía pero callaba, por pena de su nuera. Angustias regañaba al hijo, pero él la calmaba enseguida.
Madre, que no has estado ahí, a saber qué cuentan estas mujeres, para eso son mujeres decía Ramón.
Un día llegó Balbina sofocada:
Jacinta, acabo de ver a tu Ramón saltar la verja de Tomasa, lo he visto con mis propios ojos. ¿Vas a quedarte sola con tres hijos? Que le arranques los pelos a la Tomasa. Tú embarazada, Ramón no se atreverá a tocarte exclamaba.
Jacinta sabía que no tenía valor para meterse en peleas con Tomasa. Aquella mujer era brava, acostumbrada a los golpes de la vida, supo defenderse tras la muerte de su marido en el río, borracho, dejando atrás solo broncas y escándalos. Después de meditar, Jacinta se decidió:
Voy, miraré a Ramón a la cara, a ver si confiesa. Porque él siempre dice que son habladurías de mujeres dijo a Angustias, quien trató de disuadirla.
Hija, no vayas en tu estado, cuídate
Era ya otoño oscuro, la noche envolvía los tejados. Jacinta llamó a la ventana de Tomasa y esperó que saliera. Pero detrás de la puerta contestó:
¿Qué quieres ahora, viene a dar la lata?
Abre la puerta, sé que mi Ramón está contigo, me lo han dicho.
Sí, claro, voy a abrir para que todo el pueblo se ría más. Vete a casa se oyó reír a Tomasa tras la puerta.
Jacinta, frustrada, se fue. Ramón regresó de madrugada, borracho. No era habitual, pero a veces bebía. Jacinta le esperaba:
¿Dónde estabas? Sé que estabas en casa de Tomasa, tomando juntos. Fui, no me abrió la puerta Lo sabes.
Ya está con invenciones se defendió Ramón No he estado ahí, estaba con Julián el cojo tomando vino en la taberna, nos entretuvimos y no vimos el reloj.
Jacinta no le creyó, pero aguantó en silencio, ya era tarde y ella nunca fue amiga de broncas. ¿Qué podía hacer? Como se dice por aquí “ojos que no ven, corazón que siente pero calla”. No durmió esa noche, llena de pensamientos:
¿A dónde iría con dos hijos y uno en camino? Mi madre enferma, mi hermano y su familia allí, con tres hijos y casa pequeña ¿Cómo cabríamos todos allí?
Su madre le aconsejaba cuando Jacinta se lamentaba de los engaños:
Aguanta, hija, si ya te casaste y tienes hijos, aguanta. ¿Crees que fue fácil vivir con tu padre? Bebía y nos echaba de casa, tú misma recuerdas cómo nos escondíamos con los vecinos. Dios quiso llevárselo, pero yo aguanté. Tu Ramón por lo menos no te pega ni bebe mucho. Esto vamos llevándolo las mujeres.
Aunque Jacinta no estaba siempre de acuerdo, comprendía que no podría marcharse. Angustias también la calmaba:
¿Dónde vas con los niños? Pronto vendrá el tercero, entre tú y yo nos apañamos con Ramón.
La tercera, la hija pequeña, Consuelo, nació débil, enfermiza. Quizá las penas de Jacinta durante el embarazo pasaron factura. Pero luego se fue calmando, Angustias cuidó mucho de ella.
Jacinta, ¿sabes la última? volvió Balbina repartiendo noticias por el pueblo Tomasa tiene viviendo a Miguel, ese que la mujer echó de casa.
Pues bien, que viva, bendita sea respondió Jacinta, aliviada, Ramón no iría más allí.
Pero al mes, Balbina volvió:
Miguel volvió con su mujer, Tomasa otra vez sola, ya está buscando otro. Tú, a Ramón no lo pierdas de vista, no vaya a volverle la chispa advertía.
Pasaron los meses y Jacinta y Ramón vivieron otra vez en calma, Angustias también contenta. Pero si un diablillo se le mete al hombre en el cuerpo, no puede quedarse quieto junto a su esposa.
En el camino del mercado, Angustias se cruzó con su vieja amiga Asunción:
Angustias, ¿qué le falla a tu Ramón? Jacinta es buena y guapa, madre ejemplar, y tú siempre hablando bien de ella. ¿Qué le falta a él?
¿Y tú crees, Asunción, que Ramón otra vez anda con mujeres?
Pues sí, y no poco Vive como un rey, con plato y cama hechos. Ahora va con Berta, la de la cafetería.
Angustias no decía nada a Jacinta, pero regañaba en secreto a Ramón. Nada se esconde eternamente, y Jacinta supo del nuevo engaño por boca de Balbina. Lágrimas y súplicas no cambiaron nada; Ramón seguía con sus andanzas, aunque nunca pensó en dejar a la familia: sabía que jamás abandonaría mujer e hijos. Pero tampoco fue esposo fiel. En casa tenía todo hecho; fuera, buscaba distracciones.
Angustias, ya abiertamente, reprendía a su hijo, intentaba hacerlo entrar en razón. Pero un hombre maduro no escucha a su madre envejecida. Él la gritaba que no se metiera en sus asuntos:
Madre, yo trabajo por la familia, traigo euros, y tú y Jacinta sólo me echáis en cara tonterías de mujeres se defendía.
De joven no bebía mucho, ahora ha dejado el vino del todo.
Pasaron los años, los hijos crecieron. Rosalía, la mayor, se casó en la capital provincial, donde había estudiado en el instituto, y se quedó a vivir con su marido allí. Elías terminó la carrera en la ciudad y también se casó con una chica del lugar.
Consuelo, la pequeña, está terminando la escuela y se piensa ir a estudiar al centro urbano. Ramón se ha calmado; ahora no sale, solo trabajo y casa. Pasa más tiempo tumbado en el sofá, la salud empieza a fallarle. No bebe, y antes tampoco era de excesos, ahora ni prueba el alcohol.
Jacinta, el corazón me falla, siento pinchazos en la espalda se lamenta Jacinta, ahora son las rodillas, ¿serán los huesos, acaso? ¿Voy al médico en la capital?
Jacinta no siente pena por él. Su corazón está endurecido por tantas lágrimas y decepciones hasta que Ramón se calmó al fin.
Se le acabó la salud, ahora que aguante en casa y llore, que se vayan a cuidar de él sus amigas, pensaba Que ellas lo soporten ahora.
Angustias murió, la enterraron junto a su marido. En el hogar de Ramón y Jacinta reinó la quietud. A veces los hijos y los nietos llegan de visita. Se alegran ambos. El padre se queja de sus dolencias y hasta reprocha que la esposa no lo cuida. Rosalía, la mayor, trae medicinas, le preocupa su padre, y hasta le pide a la madre:
Mamá, no te metas con papá, está enfermo y Jacinta se hiere, la hija toma partido por el padre.
Hija, lo suyo es merecido, tuvo una juventud demasiado movida y ahora quiere que lo mimemos todos. Yo también he perdido salud por tanto sufrir por él trató de explicarse la madre.
Elías también intenta animar al padre, lo visita y habla más con él, así son los hombres
Los hijos parecen no entender a Jacinta, cuando les cuenta que su padre la engañó y ella aguantó por ellos. Que fue duro y doloroso. Pero lo único que escuchaba era:
Mamá, no remuevas el pasado, no comas la cabeza a papá decía Rosalía, y el hermano igual.
Mamá, lo que fue, ya pasó la consolaba Elías, dándole palmaditas en el hombro.
Le duele un poco Jacinta que los hijos tomen partido por el padre, pero lo comprende, no les guarda rencor, la vida sigue.
Gracias por leer, por cuidar y por estar ahí. Que la vida les sonría, como el sol sobre los trigales castellanos.






