LA FELICIDAD TAN ESPERADA
Hoy es el día más feliz de la vida de Carmen. Irradia alegría. No es para menos: han sido doce largos años intentando sin éxito convertirse en madre. Y hoy, por fin, recibe una noticia que le llena de esperanza. ¡Va a tener un hijo! ¿Puede haber algo más maravilloso para una mujer que este anuncio? Cualquier madre lo puede confirmar con certeza.
Carmen se siente en la gloria; a cada instante se acaricia el vientre y, sonriendo ilusionada, conversa con el pequeño ser que crece en su interior, apenas de dos meses y medio.
Conoció a Javier cuando era joven; los dos asistían a la Universidad Complutense en Madrid y allí terminaron juntos la carrera. Tres meses después de recibir los diplomas, celebraron su boda en una bonita iglesia cerca de la Plaza Mayor. Todo era felicidad; se amaban profundamente. Pero al cumplir medio año de matrimonio, Carmen empezó a inquietarse porque no lograba quedarse embarazada. Javier le consolaba, asegurándole que tarde o temprano sucedería, que no era motivo de preocupación y que tendrían hijos.
Pasaron dos años y Carmen fue perdiendo la esperanza. Acudió al médico; tras varios análisis, no encontraron ningún problema serio. Javier comprendía la tristeza de su esposa e intentaba distraerla: la llevaba a pasear por el Retiro, la colmaba de cariño y atención, pero no podía evitar que cada día Carmen se encerrase más en su melancolía. Doce años transcurrieron así, sin que el anhelado sueño de una familia completa se hiciera realidad.
Un cálido día de julio, Carmen salió a pasear por las calles de su barrio en Salamanca, mientras Javier estaba trabajando. Caminaba despacio, absorta en sus pensamientos, sin fijarse en nada a su alrededor, con la cabeza baja y el alma algo cansada.
De repente, oyó una vocecilla cerca de ella:
¿Eres tú mi mamá?
Carmen se detuvo en seco, como si la atravesara un rayo. Levantó la cabeza y vio a un pequeño de unos tres años al otro lado de una verja, aferrado a los barrotes de hierro y mirándola con curiosidad.
Sin entender bien la situación, se quedó paralizada. Al recuperar el control, se acercó despacio. Era el patio de un centro de acogida para menores; a lo lejos, unos niños jugaban al fútbol y a la comba.
Carmen observaba al niño adorable y no hallaba palabras para romper el momento. Sus pensamientos eran confusos. Intuía que ese instante marcaba un antes y un después en su destino. Tras mirar detenidamente al pequeño, le preguntó:
¿Recuerdas cómo era tu mamá? ¿La has visto alguna vez?
No, nunca la he visto. Por eso estoy aquí esperando. Seguro que me reconocerá si pasa por delante.
Claro que sí, respondió Carmen, sintiendo cómo en su corazón de nuevo surgía la esperanza de ser madre.
¿Cómo te llamas?
Yo me llamo Gonzalo.
Entonces Carmen actuó con determinación. Sabía que haría lo imposible para adoptar a aquel niño. Quizás el destino la había guiado hasta aquella verja.
Hace años tuve un niño, pero lo perdí le dijo suavemente. También se llamaba Gonzalito, y nunca he dejado de buscarlo. ¿Puede que seas tú?
El chico se iluminó y, riendo, gritó con entusiasmo:
¡Sí, sí! ¡Tú eres mi mamá! ¡Te reconozco! ¡Eres tú!
Sus manitas se estiraron a través de los barrotes, y Carmen lo abrazó con fuerza, apretándolo contra sí.
Vamos a ver ahora mismo a la directora y le diremos que nos hemos encontrado. Te llevaré a casa conmigo.
¡Bien! gritó el niño, saltando de alegría.
Carmen entró emocionada en el centro con Gonzalo de la mano.
Por fin Gonzalito tendrá mamá decía la cuidadora, feliz por ellos.
Comenzaron los trámites: documentos, juntas, entrevistas interminables… Todo aquello Carmen lo vivió como si estuviera en un sueño. Pero Gonzalito lo comprendía y confiaba en que pronto se reuniría con su nueva madre. Carmen, mientras tanto, preparó a Javier para la llegada del niño; juntos pusieron a punto la habitación, compraron muebles y lo necesario. Javier, al ver la felicidad de Carmen, aceptó encantado la adopción.
Por fin llegó el gran día. Gonzalo pasó a ser su hijo legal. De la mano, salieron juntos rumbo a casa, radiantes de alegría. El hogar había cambiado; la calma de doce años desapareció entre el correteo alegre, las risas y los gritos de ¡Papá, mira!. Carmen volvió a vivir y toda la ternura acumulada la volcó en ese pequeño. Javier se convirtió en el mejor padre que Gonzalo podía tener.
El tiempo pasó, el niño crecía y llenaba de felicidad a sus padres. Una mañana, Carmen empezó a encontrarse indispuesta. Preocupado, Javier la acompañó al médico, donde recibieron una noticia extraordinaria: Carmen estaba embarazada. Les costaba encontrar palabras para expresar la emoción que sentían.
La familia esperaba con ilusión la llegada del nuevo miembro. Y el día esperado por fin llegó: nació una niña sana y risueña, a la que llamaron Nuria. Ahora sí, la familia estaba completa.
Carmen estaba convencida de una cosa: el milagro de Nuria solo ocurrió porque un día abrió el corazón a aquel niño que esperaba detrás de la verja. Los actos generosos son siempre recompensados. La felicidad no entiende de horarios; llega a quienes saben entregarse a la vida y al amor sin condiciones.







