Te aprovechas de la abuela. Ella cuida a tu hija y ni siquiera acepta a la mía los fines de semana.
A veces, los momentos en la vida parecen danzar entre las brumas del sueño, y una solución rápida se presenta como una pista de luces en la niebla. Justo así fue para Inés.
Mi hijo tiene ya cuatro años. No puedo negar que, para mí, es perfecto en esa manera caótica y traviesa en la que los niños llenan todo de vida. No voy a decir que se porte como un ángel; la verdad es que ningún niño lo hace. Todos tienen algo de pícaros. Ahora espero a mi segundo hijo, y ahí empezó el verdadero enredo.
En mi última cita en el ambulatorio, la ginecóloga me mandó directa al hospital. Había algo de lo que preocuparse. No había posibilidad de esperar. Así surgió la pregunta: ¿quién iba a cuidar de mi chico?
Mi marido estaba atrapado en Barcelona, en un viaje de negocios. Le quedaban diez días para regresar a Madrid. Mis padres, enterrados entre papeles y cafés en sus oficinas. No quedaba ni un primo lejano. Entonces fue la abuela Carmen, con esa voz de otoño, quien dijo que ella se haría cargo de mi hijo hasta que me diesen el alta. Dudaba que pudiera seguirle el ritmo a sus setenta años. Mi pequeño es rápido; las paredes parecían correr tras él. ¿Y si se desvanecía en el aire, como pasa en los sueños?
No hubo más decisión. Mis padres trabajarían hasta las ocho; luego, se encargarían del nieto tras la jornada. Durante el día, Carmen, mi abuela, sería su guardiana. Todo cuajó en ese acuerdo etéreo.
Pero el desvelo no cesaba. Al fin y al cabo, se trataba de mi niño. Llamaba a la abuela cada pocos minutos, preguntando por un mundo lejano lleno de juegos y carreras. Y sin embargo, se entendieron. Entre ellos surgió un idioma secreto, propio de los sueños. Pasó la semana y, cuando regresé, mi marido tomó el mando suavemente, como si la casa fuese un tablero de ajedrez cubierto de niebla.
Poco antes de dejar el hospital, me llama mi hermana, llena de ira. Su hija, Lucía, tiene apenas dos años. Insistió en que la abuela se quedase a cuidarla, pero Carmen se negó. Aseguraba que Lucía era demasiado pequeña; que a esa edad el tiempo se pierde en laberintos y temores. Mi hermana casi suplicó, rodillas dobladas sobre las baldosas del sueño. Pero la abuela se mantuvo firme, agarrada a su decisión como quien sostiene una vieja bufanda de lana.
¡Has explotado a la abuela! Gritó mi hermana.
Le respondí: Estaba en una encrucijada difícil. No podía llevarme a mi hijo al hospital. Te pedí ayuda, y tú la negaste. Querías dejar a tu niña con la abuela sólo para descansar y jugar. ¿No ves la diferencia? ¿Cómo vas a dejar a una niña tan pequeña con una señora tan mayor? Llévala con sus padres.
Mis padres no quieren hacerse cargo. ¡Y yo soy quien tiene que estar con ella siempre!
La diferencia entre una pequeñita de dos años y un terremoto de cuatro es abismal y onírica. Si pudiera, jamás enviaría a mi hijo lejos de mí, como quien arroja papelitos en una fuente de agua. Pero mi hermana insiste en que fui injusta, como si en mi sueño hubiera engañado a la abuela.






