Quiérete un poco, mujer, y verás como todo sale bien
Fuera diluviaba y el frío se te colaba hasta los huesos, como si la mismísima Castilla entera estuviera en huelga y se negase a calentar el hogar. Así se sentía Rocío, con la misma humedad y desasosiego por dentro. Sentada sola en ese caserón en las afueras de Valladolid, que tiene de todo menos a alguien con quien charlar. Sí, sí, tiene marido, Ignacio, pero él, claro, se ha largado una vez más de negocios, y Rocío ya sabe de qué negocios hablamos.
Los hijos, pues dispersos como los conquenses: el hijo ya casado y viviendo con su familia cerca de Salamanca, y la niña, que para más inri se ha ido a Barcelona, lejos como si estuviese en la Patagonia. Terminó la universidad, se casó con un catalán bien majo y allí están, criando a su propia hija.
Hoy Rocío había hablado por teléfono con su hija.
Mamá, ¿qué te pasa? Te noto la voz como unas castañuelas desafinadas insistía Jimena. ¿Ha ocurrido algo?
Nada, hija, todo bien. ¿Y vosotros qué tal? ¿Cómo está mi sobrina favorita?
Aquí fenomenal, mamá. Sergio no para con el hospital, ya sabes que ser cirujano es de no tener horarios, siempre vuelve más cansado que un cartero. Pero está feliz, que dice que operar gente le da vida. Y Claudia, pues ya casi lista para empezar en la guardería crece la condenada una barbaridad.
Me alegro tanto por vosotros, hija. Que os vaya siempre bien respondió Rocío con voz de lentejas frías.
No me gusta ese tonillo tuyo, mamá. ¿Y papá dónde anda?
¿Papá? Por ahí abajo, en el garaje, que ha ido a arrancar el coche, que aquí la nieve aprieta y las baterías no perdonan mintió Rocío para no preocuparla.
Llevaba Rocío más de medio año en vilo, angustiada y tragándose el drama sola: ¿para qué? Unos te dan palmaditas y otros, en cuanto te descuidas, te hacen la ola de lo contentos que están con tu desgracia. Se acuerda Rocío del verano pasado, en el huerto, peleándose con los tomates cuando de pronto escucha la voz de Ignacio desde una ventana abierta. Él, convencido de que la casa está vacía, habla bajo pero tiernísimo:
Vamos, cariño… Hoy no puedo ir, de verdad. Yo también te echo de menos Sí, que yo también te quiero. No te enfades, que mañana me las apaño y paso Ya sabes que si te lo prometo, voy seguro…
O bien se le apagó el móvil o salió de la sala, pero Rocío no oyó más. Le dio un bajón que ni la cuesta de enero; escaqueado su Ignacio, su hombre en el que confiaba a ciegas, resultó ser tan humano como los demás. Le vinieron a la mente las lamentaciones de su hermana sobre los líos del cuñado con otra mujer, y en aquel entonces le parecía inconcebible. Ahora, claro, comprendía el dolor ajeno bien de cerca.
Se sentó Rocío en un poyete, entre berzas y lechugas, y lloró lo que no estaba escrito.
Maldita sea, ¿cómo me ha podido pasar esto a mí? Ignacio, al que tanto confié debe de ser cosa de esos demonios que llevan los hombres atravesados.
Ignacio, 47 tacos, vida resuelta para lo que se cuenta. Rocío, fiel y hacendosa, crió a los hijos casi sola. Viven a todo trapo, grandes, en un pueblo de la meseta; negocios de harina y piensos, que Ignacio distribuye por media provincia y más allá.
Rocío llevaba meses tragando, investigando sin levantar sospechas. Al final, se enteró: la otra se llamaba Estrella, vete tú a saber de qué familia, pero pariente lejana de amigos comunes. Habían ido juntos a alguna cena, y Estrella vivía en el barrio de las Barriadas, esos bloques azules de cinco plantas donde no se escapa un chisme.
Mira, Rocío, nuestra sobrina Estrella no es que sea muy de fiar le había soltado una amiga, Carmen. Es guapa, no te voy a mentir, pero anda suelta, muchos líos. Y ni casada ni con críos, a sus treinta y cinco. Se queja de que la vida no se le asienta, pero tampoco quiere tener un hijo sola
Rocío ni contestó. Aguantó el tipo, volvió a casa y allí se permitió un rato de desahogo a moco tendido.
Virgen del Pilar, ¿cómo aguanto yo este peso?
Pasó otro tiempo y, dos meses atrás, no pudo más y fue a plantarse en casa de Estrella. Al abrirle la puerta, la cara de Estrella palideció, que ya sabía quién era Rocío. Ésta se sentó en el sofá, sin ni pedir permiso, y miró a su rival de arriba abajo.
¿No te da vergüenza? le soltó con cansancio infantil. ¿No tienes hombres solteros a tu alrededor para meterte con uno casado? Eso de hacerte la feliz con el drama ajeno, ya sabemos todos cómo acaba.
Estrella se desmoronó y, para sorpresa de Rocío, rompió a llorar.
No sé qué me pasa, pero estoy loquita por Ignacio, sin él no soy nadie
Entonces Rocío perdió la compostura, le soltó un bofetón que resonó en el salón, mientras Estrella se agarraba la cara.
Perdóname, Rocío. De verdad. Me he dejado llevar, no puedo evitarlo moqueaba la otra.
Y allí acabaron llorando las dos, que si no hay ironía en esta vida… Cuando se calmaron, Rocío fue clara:
No le digas a Ignacio que he venido Pero si me entero de que sigues viéndole, te enteras. Y se largó de la casa del rival.
Estrella no contó nada a Ignacio, y Rocío tampoco. El matrimonio siguió como si nada, aunque Rocío nunca supo si Ignacio seguía con la otra. Seguía yendo de negocios y ella sospechaba. Así, sentada mirando por el ventanal al cielo gris, Rocío rumia sus pensamientos.
Y ahora, ¿qué hago? Si Ignacio es mi vida ¿Cómo rehago yo la mía sola después de tantos años? ¿Repartirlo todo y empezar de cero? Mejor me quedo como estoy Total, el caserón pide arreglo diario, Ignacio siempre con martillo en mano arreglando aquí y allá. Yo no sabría ni por dónde empezar Y los hijos ¿cómo decirles que su padre tiene otra, casi una cría? Se quedarían de piedra.
Todo esto lo aguanta Rocío a solas, sabiendo que si lo cuenta, alguna lengua suelta le dirá que debe quererse más, montarle el pollo y divorciarse.
A lo mejor tienen razón pensaba Rocío, pero yo a Ignacio lo quiero. Igual lo de la otra ni dura Lo importante es que conmigo sigue tierno, no hemos cambiado. Y si bien dicen por ahí: quiérete tú, mujer, que nadie lo va a hacer por ti A lo mejor debería pensar un poco en mí.
No es fácil, no. Todos estos meses, viendo a Ignacio con ojos nuevos, preguntándose si merece la pena perdonar. Estrella, joven y guapa, le comía la cabeza a Rocío, que ya casi asumía el infierno. Hasta le pasó por la cabeza, con una sonrisilla amarga:
¿Y si busco yo otro? Estoy bien, me dicen que estoy estupenda… Pero no me veo, yo solo quiero a mi Ignacio. Eso sí, ¿cómo lo traigo del todo al redil? Tal vez los hombres necesitan su aventurilla para recordar lo que tienen en casa…
Con nostalgia, Rocío pensaba en la juventud y hasta se reía para adentro:
Aquellos tiempos en que éramos felices con poco compartiendo cuarto en una residencia, eligiendo entre cenar caliente o ir al cine. Qué de vueltas da la vida: ahora todo de sobra, pero sola como una alcachofa, y sin nadie con quien desahogarme.
Sorpresa para la doña
Allí seguía Rocío entre recuerdos y quebraderos, cuando vio llegar a Ignacio, que aparcó el coche iluminando el jardín igual que si fueran los faros del puerto de Santander. Tranquilamente, guardó el coche y entró en casa:
¡Rocío! ¿Dónde te metes? ¿Por qué andas a oscuras? asomó a la cocina encendiendo la luz.
Aquí estoy, pensando en mis cosas, y con el frío que hace ahí fuera
Ni me lo digas. Las carreteras cortadas, parecía el Polo, a punto estuve de quedarme. Tengo un hambre de lobo, ¿me das algo de cenar? preguntó como cada noche.
Rocío se levantó y puso la mesa, él fue al lavabo. Ya sentados, Ignacio sonrió de medio lado:
Oye, Rocío que se acerca Nochevieja y te tengo una sorpresa.
Rocío tragó saliva: a estas alturas, las sorpresas no le hacían ninguna ilusión.
¿Qué pasa? preguntó en un hilo de voz.
Ignacio la miró, alargando el suspense, notando cómo ella se tensaba como cuerda de guitarra.
Mujer, hace siglos que no salimos. Pero espera salió al recibidor, volvió enseguida con unos papeles en la mano. Te he comprado dos billetes para irnos juntos a la playa. ¡Nos vamos a Cádiz a pasar el fin de año bajo las palmeras! dijo con esa sonrisa que un día le enamoró.
Rocío sintió cómo se le quitaba el peso del mundo de encima, y aún sin creérselo, sonrió.
¡Ay, Ignacio! Siempre con sorpresas Pues yo ahora mismo hago la maleta, qué maravilla, Navidad con calor y todo. Ni lo imagino y rió, más feliz que en meses.
La idea fue de nuestro hijo, pero yo también necesitaba sacarte del pueblo y cambiar de aires. Así que prepárate
Y mira tú por dónde, todo se enderezó. Pasearon por Cádiz, recibieron el año nuevo allí, volvieron rejuvenecidos. Ignacio la mira ahora con otros ojos, siempre atento, y si se retrasa, la llama para que no se preocupe. Nueva etapa para Rocío, la que empezó a quererse un poco y, oye, parece que funciona.




