Bueno, ¿tú qué opinas, que el libro de familia pesa más que vivir juntos?
se reían de Carmen los compañeros de trabajo.
No pienso ir a la reunión de los treinta años desde que terminamos la carrera; luego me entra una depre que no veas.
Que vayan quienes aparecen cada año, que ni notan cómo han cambiado le gritó por el móvil Carmen a su única amiga.
Pero a ver, ¿cómo estás ahora?, ¿por qué tanto miedo?
se sorprendió Teresa.
Si hace cinco años aún nos vimos y estabas muy bien.
¿Has engordado mucho o qué?
Qué va, Teresa, no tiene nada que ver.
Es que no me apetece, no insistas, ¡en serio!
Carmen ya quería cortar la llamada, pensando que Teresa entendería y llamaría a otras personas de la lista.
Pero la amiga no soltaba:
Carmen, es que cada vez somos menos.
¿Pero alguien ha fallecido?
se alarmó Carmen, que aunque ya no se consideraba joven, no creía que sus compañeras estuvieran traspasando todavía al otro barrio.
Qué va, más que nada gente que se ha ido a otros países.
El único que falta es Miguel Tapia, que murió joven hace veinticinco años, ya te lo he contado.
Venga, no te hagas la remolona, que nos juntamos todos los del curso, cuatro grupos, aunque en realidad seremos treinta.
¿Tu hijo ya se ha casado, no?
Pues mira, ahora puedes desmelenarte un poco.
Mientras Teresa seguía hablando, a Carmen se le vino a la cabeza la imagen de Miguel Tapia: con aquellas ojeras tan profundas que tenía y el gesto siempre serio, los chicos lo tenían por débil, pero resultó que el pobre tenía el corazón delicado.
Era muy buen estudiante y soñaba con construir un gran puente colgante en su ciudad, pero nunca le dio tiempo de nada.
¿Y ella, Carmen, a qué había llegado?
Se enamoró de Javier, capataz de obra, y acabó trabajando con él justo después de acabar la carrera.
Javier estaba durante temporadas en Madrid, pero luego regresaba a casa.
Se veían durante años y él la llamaba mi mujer delante de todos.
Decía que el amor verdadero era ese, vivir juntos sin papeles, porque así era cuando de verdad uno se quería…
El caso es que, cuando Carmen se enteró de que estaba embarazada, justo coincidió con que Javier no volvió al siguiente turno.
Resultó que, además, tenía tres hijos y su mujer enfermó.
Dejó el trabajo por motivos personales y ni siquiera se lo comunicó a ella.
Y claro, Carmen entendió que no podía exigirle nada a un hombre con tres críos y una esposa enferma.
Ella también dejó la obra antes de que nadie sospechase nada.
Antes de irse, uno de los compañeros la despidió con sorna:
¿Ves, al final el libro de familia es más seguro que vivir en pecado?
Pero a Carmen ya le daba igual.
Se puso a trabajar en un ultramarinos cerca de casa, donde una conocida del edificio le echó una mano.
Y así se apañó: incluso después de tener a su hijo, la jefa le dejó currar dos días a la semana, y su madre cuidaba del niño, porque ¡menuda la hija que le había salido perdiendo un buen trabajo!.
¡Si tú misma me has criado así!
acabó gritándole Carmen cuando su madre se puso pesada.
¡Pues yo esperaba que al menos fueras de las decentes!
Toda la carrera sudando para sacarte adelante, y así me lo pagas, Carmen…
¡De esos polvos estos lodos, mamá, ¿qué quieres?
Le contestó Carmen, y de pronto le supo mal, se abrazaron, lloraron juntas…
pero, en fin, ¿ahora qué más daba?
Y así, cuando Teresa la llamó para invitarla a la reunión de los cinco años de la carrera, tampoco fue.
¿Para qué?
Allí todos hablarían de sus familias, sus trabajos, las fotos Y ella, lavando suelos en tres sitios: el portal del bloque, el cole y la guardería.
¿De qué iba a hablar con ellos?
Mejor dicho, ¿de qué iban a hablar ellos con ella?
Todo lo daba por su hijo, Mario, su único orgullo y alegría.
Y más cuando la madre, en cuanto Mario empezó el cole, decidió que ya había cumplido y se fue al pueblo con la hermana, que quería aire fresco, decía.
A Carmen le tocó sola, pero de repente tuvo suerte y la llamaron de una empresa, por fin algo de lo que había estudiado, aunque al principio solo media jornada.
Cuando Mario entró en primaria, Carmen ya podía recogerlo después de comer y todas las madres la miraban con algo de envidia.
Después, un compañero empezó a insinuarse, pero ella cortó en seco.
Bastante tenía con Mario; un extraño en casa solo traería líos.
Al fin y al cabo, su padre no lo iba a sustituir nadie.
Resultó que Carmen en el trabajo destacaba; cuando su hijo fue creciendo, acabó consiguiendo el puesto de ingeniera a jornada completa y, por fin, un sueldo que le permitía vivir mejor.
Aun así, siempre se sintió como inferior, como si le debiera algo al mundo.
Vestía discreta, nunca se teñía, ya con cuarenta sacó las primeras canas.
Pensaba que no tenía derecho a ser feliz después de haber vivido con un casado, de casi quitarle el padre a tres niños.
No podía ir de colores, ni maquillarse, ni llamar la atención, no fuese cosa que alguien le echara el ojo otra vez Y para confiar en el amor, menos todavía.
Alrededor, todo el mundo divorciado y ella ni mejor ni peor que nadie.
Pero Mario creció y, para sorpresa de todos, salió un chico generoso y agradecido.
De pequeño iba al pueblo con su abuela y la tía Lidia y ayudaba en todo: recogía patatas, plantaba con ellas, arreglaba el huerto y hacía conservas en otoño.
El niño era fuerte, cortaba leña para las abuelas y ellas lo adoraban.
La propia madre de Carmen acabó diciéndole que era una suerte tener un hijo así, y para la tía Lidia Mario era como el nieto preferido
Así que Carmen, ni reuniones, ni cafés con los compañeros de la universidad por los treinta años.
Pensamientos como estos le cruzaban la mente en cuestión de segundos Hasta que escuchó a Teresa insistiéndole por teléfono:
Que te quede claro: en el café de enfrente de la antigua residencia estudiantil, el viernes que viene a las tres.
Ven, aunque solo sea para charlar conmigo, que tampoco conozco a casi nadie, ¿vale?
¿Vienes?
De pronto la voz de Teresa tembló, y Carmen, sin saber muy bien por qué, contestó:
Vale, iré
Nada más colgar, ya se arrepintió.
Fue al espejo, se miró y cogió otra vez el móvil, lista para llamar a Teresa y decirle que fue un error, pero la línea comunicaba.
Y de golpe, le entró la duda
Esa noche, abrió el armario y sacó el vestido azul que su hijo le había comprado para su boda.
Mario y Lucía la tuvieron que convencer, incluso Lucía fue con ella al centro comercial, le hizo probarse mil cosas hasta que aquel vestido azul gustó a todos, incluso a Carmen.
Allí mismo le buscaron los zapatos y después Lucía la llevó a la peluquería para teñírselo y peinarla para el gran día.
De esto, justo un año.
Mario y Lucía ya vivían solos y eran felices.
Carmen, ni ganas de arreglarse; aquellas canas habían vuelto y pensaba que a quién iba a gustar ya.
Aun así, se peinó, se puso el vestido azul y los zapatos.
Se pintó los labios, pero luego, con pañuelo, lo borró porque se veía exagerada.
Cuando llegó al café, el lugar estaba abarrotado y bullía de gente.
Teresa la vio y fue corriendo:
¡Pero Carmen, si estás guapísima!
¡Que me muero de verte!
Teresa estaba más rellenita, pero hasta le sentaba bien.
Se sentaron, charlaron y después alguien la reclamó, así que Carmen se quedó sola, con su zumo, escuchando la música y observando todo.
Habían puesto canciones de su época universitaria, de cuando todavía soñaban con una vida estupenda.
¿Te puedo sacar a bailar?
escuchó de repente entre la música.
Levantó la cabeza y lo reconoció de inmediato.
Era Sergio Morales, del grupo de al lado.
Se casó en tercero, y a Carmen siempre le gustó aquel chico.
Estás guapísima, Carmen.
Es la primera vez que vengo a una de estas reuniones y no reconozco a nadie, solo a ti, ha sido verte y acordarme de todo.
Sergio le dio la mano y Carmen aceptó.
Bailaron varias canciones sin decir nada.
Después, Sergio le preguntó:
¿Te acompaño a casa?
Que sepas que estoy divorciado hace tiempo, pero si tienes pareja Te acompaño solo por ser tarde
Sergio la acompañó y, al día siguiente, quedaron para verse otra vez.
Ya no se separaron más.
Lucía la ayudó a elegir el vestido y los zapatos para la boda.
Estaba embarazada así que Carmen iba a ser abuela.
Y a Carmen le hacía gracia casarse de nuevo.
Se permitió por fin ser feliz.
Lucía le susurró:
Carmen, ¡si está usted preciosa!
Mario y yo estamos súper contentos por ti.
Ser feliz a cualquier edad no está prohibido, ¿eh?
Y, en la boda, Carmen pensó con una media sonrisa mirando a Sergio: Creo que por fin, me lo merezco.
Al fin Carmen se perdonó y se permitió ser feliz.
Oye, cuéntame tú qué piensas de todo esto, ¿vale?
Y si te ha gustado, dale al corazón…






