Tengo miedo de perderte

Querido diario:
Hoy escribo porque siento el miedo.
Un miedo irracional, de esos que te aprietan el corazón y no te dejan respirar.
Sí, miedo a perderle.
Todo comenzó hace apenas unas semanas.
Recuerdo perfectamente aquel momento cuando Sergio me abrió la puerta de su piso en Chamberí, una de esas zonas tranquilas de Madrid donde las aceras se llenan de vida por las tardes.
Aquí es donde vivo sonrió invitándome a pasar.
Adelante, ahora mismo vuelvo.
Yo, nerviosa, di un paso dentro del recibidor.
No me atreví ni a quitarme los zapatos, clavando la mirada en cada rincón, como si buscase una excusa para marcharme.
Algo me inquietaba…
Sergio volvió al recibidor y, en ese instante, una oleada de terror se apoderó de mí.
Las manos me temblaban.
Y, sin pensármelo, salí corriendo del piso.
¡Lucía, espera!
le oí gritar mientras la puerta quedaba abierta tras de mí.
Ni siquiera miré atrás.
Yo solo quería poner tierra de por medio.
Cuando llegué a casa, me encerré en mi habitación y apagué el móvil.
Durante horas, Sergio intentó llamarme.
Sé que después buscó a su amigo Carlos para desahogarse, pues él necesitaba respuestas.
¿De verdad se fue así, sin decir nada?
le preguntó Carlos, intentando buscar sentido a todo aquello mientras compartían unas cañas en una terraza de Malasaña.
Nada.
Desapareció como si hubiera visto un fantasma.
No entiendo qué pasó.
¿Qué pudo asustarla tanto?
decía Sergio, con la jarra de cerveza entre las manos.
Hay cientos de motivos ¿Le preguntaste directamente?
¡Sí, claro!
Pero ni siquiera responde al móvil desde la noche anterior…
¿Has ido a buscarla a su casa?
No…
Cuando la dejaba, solo la acompañaba hasta el portal.
Nunca me dijo en qué piso vivía.
Qué situación más rara comentaba Carlos, meneando la cabeza.
Y pensar que todo iba tan bien…
Eso creía yo respondía Sergio.
Todo empezó de forma casual.
Nos conocimos en un autobús de la EMT, esa línea interminable por la Gran Vía donde cada parada es una lucha de codazos.
Nadie cedía el sitio, pero Sergio me sonrió y me lo ofreció.
Se quedó a mi lado, y durante aquella eternidad de trayecto, su sonrisa no desapareció.
Ni soñaba con pedirle el número, era demasiado vergonzoso hacerlo delante de todo el mundo; así que cuando llegó su parada simplemente se bajó.
Yo me pregunté, con un nudo en el estómago, si aquella sensación era correspondida.
Al llegar al trabajo, intenté concentrarme.
Pero, cada vez que abría una hoja de Excel o leía un email, su imagen me perseguía.
Me decía: “Tía, estás delirando”, pero no podía evitarlo.
Así que imagina mi sorpresa cuando entró al despacho junto al jefe y, con ese acento castizo, el jefe anunció: “Chicos, os presento a la nueva incorporación: Lucía”.
Quise morirme de vergüenza.
¿Era real esa casualidad tan madrileña?
Nos presentaron y solo atiné a musitar un: Sergio.
Encantado.
Él no pudo decir más, y yo tampoco.
Esas cosas solo pasan en las películas o en el Retiro un domingo de otoño.
En las semanas siguientes, fui conociendo a Sergio mejor: noble, generoso, chispeante, siempre con una broma a punto.
Me invitó a tomar un café en una pequeña cafetería cerca de la Plaza Mayor.
Paseamos por las calles empedradas, hablamos hasta tarde ignorando al mundo, y cuando me llevó de vuelta a casa sentí esa felicidad nueva, como si de adolescente se tratara.
Cada tarde repetíamos el ritual.
Hasta que una noche, después de cenar juntos en un restaurante de la Latina, me confesó que quería presentarme a Rita, su perra pastor alemán.
En seguida sentí ese cosquilleo en el estómago, esa advertencia interna.
Pensé que podía superarlo, pero cada vez que Sergio insistía en ir al parque los tres, encontraba cualquier excusa para evitarlo.
Sabía que no era justo, pero no podía remediarlo.
¿Por qué siempre rechazas venir conmigo a pasear a Rita?
me preguntaba Sergio con dulzura.
Prefiero ir a un café, una peli…
no sé, los perros y yo no nos llevamos muy bien, ya sabes.
Pero no había olvidado el pánico de la infancia, ese trauma que me atenaza, y ni Rita ni ninguna podía borrarlo tan fácilmente.
Pasó el tiempo, y tras una tarde de cine y merienda en el Rastro, Sergio me propuso ir a vivir a su piso.
Me temblaron las piernas, y aunque no rechacé la idea, tampoco fui capaz de decirle que sí.
Me excusé diciendo que no quería dejar tirada a mi casera.
Sergio, generoso, insistió en que él podía pagar esos meses.
Ven conmigo, quiero que conozcas mi casa, y a Rita me dijo.
Ese día, el miedo me pudo.
Nada más ver a Rita en el pasillo, ese animal grande y noble, el terror me paralizó y salí corriendo.
Ni siquiera lo pensé.
Después, evitaba sus llamadas, y fui incapaz de dormir.
Me sentía culpable y rota por dentro.
Por eso, cuando por fin nos cruzamos camino al trabajo, supe que ya no podía ocultar más.
¿Qué te pasa, Lucía?
¿Por qué huiste?
¿Por qué no respondes?
me preguntó desesperado.
Lloré al admitírselo: Sergio, lo siento, pero no puedo vivir contigo.
Tengo pánico a los perros.
Me atacaron de pequeña.
Cada vez que veo a Rita, no controlo el miedo…
No tiene nada que ver contigo y tu perra es buenísima, pero no puedo evitarlo.
Él me escuchó, tomó mi mano y me preguntó si había intentado superarlo.
Le dije que sí, incluso fui a una psicóloga, pero los ataques de pánico seguían ahí.
Carlos, cuando se lo conté, fue claro: Lucía quiere intentar arreglarlo.
Eso dice mucho de ella.
Solo necesitas tener paciencia, buscar pequeños avances juntos.
Puedes empezar con paseos al aire libre, en el retiro o la Casa de Campo.
Sergio organizó una excursión a la Sierra de Guadarrama.
Me recogió en un todoterreno prestado, y me aseguró que Rita iría en el compartimento trasero.
Durante el viaje, apenas pude hablar.
Ya en el bosque, los tres comenzamos a caminar.
Yo llevaba botas de agua porque había llovido y todo estaba embarrado.
Sergio jugaba con Rita a lanzarle una pelota mientras yo observaba desde lejos, entre pánico y fascinación.
No tengas miedo, Lucía me dijo.
No todos los perros son iguales.
Estoy seguro de que, con tiempo, conseguirás vencer este miedo.
En un momento dado, la pelota rodó hasta una charca, y Rita, por mucho que ladrase, no se atrevía a entrar.
Sergio pensó que era simple agua, pero cuando fue a recoger la pelota, empezó a hundirse.
En ese instante, no pensé en el miedo.
Vi a Sergio atrapado, pidiendo ayuda, y solo tenía una opción.
Agarré una rama gruesa, se la tendí, y entre mis manos y las de Rita, conseguimos sacarle.
No sentí miedo de la perra, no en ese momento.
Solo quería salvarle.
Esa tarde, exhaustos, nos tumbamos los tres sobre la hierba empapada.
Yo, temblando, miré a Sergio y le confesé:
He comprendido que mi mayor miedo no es a los perros.
Es perderte a ti.
Rita lamió mi mano, y por primera vez sentí ternura en vez de pánico.
Por la noche, ya de vuelta en el piso, nos acurrucamos los tres en el sofá, viendo películas de perros y riendo con una complicidad nueva.
Descubrí que el miedo puede transformarse, que el amor y el valor a veces llegan justo cuando más los necesitamos.
Hoy he superado un trocito de mis miedos.
Lo hacemos juntos, como una pequeña familia improvisada.
Porque, después de todo, el temor a perder a quien amas es el que nos une y el que nos hace valientes.

Rate article
MagistrUm
Tengo miedo de perderte