Pues aquí es donde vivo sonrió Leonor, invitando a la joven a su piso.
Pasa, ahora vengo.
Celia entró con timidez, mirándolo todo de reojo, sin decidirse a quitarse los zapatos.
Algo la inquietaba
Cuando León regresó al recibidor, vio cómo el terror se apoderaba del rostro de Celia.
Sus manos temblaban, y sin pronunciar palabra, salió corriendo del piso.
¡Celia, ¿a dónde vas?!
León miró atónito la puerta de entrada abierta y a Lola, su fiel perra, que permanecía a su lado.
No podía creer que una noche tan prometedora terminara de ese modo tan desconcertante.
¿Se fue así, sin decir nada?
preguntó incrédulo Pablo, su mejor amigo, cuando León le contó lo sucedido.
Nada, ni una palabra.
Salió corriendo como si hubiese visto un fantasma.
León levantó su caña de cerveza, la observó pensativo y volvió a dejarla en la mesa.
No lo entiendo ¿Por qué se fue?
¿Qué le asustó tanto?
Pueden ser mil cosas.
¿No has intentado preguntarle directamente?
Lo haría, pero no contesta a mis llamadas.
Desde anoche no logro hablar con ella.
¿Y no has ido a su casa?
No sé en qué piso vive.
Solo la acompañé hasta el portal.
Qué situación más rara.
Ya ves Y pensar que todo empezó tan bien, y de repente se torció sin motivo aparente.
Igual no está todo perdido.
¿Por qué te adelantas?
Espera al lunes y le preguntas directamente.
Después verás qué hacer.
León conoció a Celia en un autobús abarrotado.
Nadie le cedía el asiento, salvo él.
Se quedó de pie a su lado, con una sonrisa boba todo el trayecto.
Le había gustado desde el primer instante.
Le habría encantado entablar conversación, pero tenía prisa por llegar a la oficina.
Tampoco era de los que se acercan en público.
¿Y qué le iba a decir?
Hola, soy León, aquí tienes mi número.
Llámame esta tarde.
Demasiado tópico.
Así que bajó del bus sin despedirse.
Caminaba hacia el trabajo, pensando que tal vez ella lo seguiría Pero no se atrevió a mirar atrás porque estaba seguro de que solo era su imaginación.
Te gustaría que tus sueños se hicieran realidad, pensó León.
Y es que, aunque lo desease, en la vida real no existen esos flechazos instantáneos que prometen amor toda una vida.
Durante una hora intentó sacarla de su cabeza, sin éxito.
Hasta en el correo electrónico veía reflejada su sonrisa.
Una obsesión extraña.
Por eso, cuando vio entrar a la directora, Carmen, con Celia en el despacho y dijo: Os presento a vuestra nueva compañera, León pensó que se estaba volviendo loco.
Pero era real: ella iba a trabajar allí.
Celia le dijo ella con una sonrisa, al presentarse.
León, encantado.
No fue capaz de decir mucho más, aturdido como estaba por la sorpresa y los nervios.
Durante todo el día, cada vez que coincidía con Celia, sentía unas ganas irrefrenables de hacer cualquier locura, incluso bajar la luna, para ganarse su atención.
Estaba dispuesto a cualquier hazaña por ella.
Esa misma tarde, León se encontró con Pablo, su confidente de paseos perrunos por el parque y le habló de la nueva compañera.
Tan emocionado describía a Celia, que Pablo no pudo evitar sonreír.
Amigo, estás enamorado.
¿Tú crees?
¡Seguro!
Me pasó igual con Marisa.
La vi y supe que quería estar con ella para siempre.
Es eso Solo me pasa con ella.
Pues invita a Celia a salir.
Un café, un cine
¿Crees que aceptará?
Si no lo intentas, nunca lo sabrás.
Y si tardas, seguro otro se te adelanta.
¿Y si ya sale con alguien?
¿Y yo ahí, haciéndole de pretendiente torpe?
Si está con alguien, pues relaciones de trabajo y ya.
Pero prueba.
Como mucho, no pierdes nada.
León decidió arriesgarse.
Al salir del trabajo, se acercó a Celia en la parada de bus.
Sonrió, se sonrojó, pero se atrevió a decir:
Perdona, ¿te apetecería tomar algo esta tarde?
¿O vamos al cine?
Celia sonrió y aceptó.
Tomaron café en una terraza, pasearon por el casco antiguo, de noche, solos por las calles tranquilas.
Luego León la acompañó hasta casa.
Mejor de lo que había soñado.
Al llegar a casa, paseó largo rato con Lola, su perra, a la que había dejado sin su paseo habitual.
Más tarde, tumbado en la cama, soñó despierto: imaginó proponerle matrimonio, vivir juntos, tener hijos, escapadas al campo los domingos en familia Sentía que aquellas fantasías pronto serían realidad.
Pasaron tres meses maravillosos, los mejores de su vida.
Fueron a cenar, vieron películas románticas en pantalla grande, se besaron bajo la lluvia templada Celia era única: amable, divertida, tierna y muy íntegra.
León se sentía afortunado por tenerla cerca.
Solo había un inconveniente
Después de cada cita, tras dejar a Celia, tenía que sacar a pasear a Lola.
Vivía solo y nadie más podía hacerlo por él, lo cual resultaba incómodo.
Varias veces propuso que los tres salieran juntos, pero Celia siempre ponía excusas o cambiaba de tema.
Mejor vamos solos, León.
Si queremos tomar algo o ir al cine, la perra no puede venir.
Tienes razón admitía él.
Más tarde, León le propuso vivir juntos.
Ella aceptó la propuesta, pero pospuso la mudanza una y otra vez.
Entiendo que la boda será el año que viene, pero podemos ir viviendo ya juntos
Es que le prometí a mi casera quedarme hasta final de año.
No quiero dejarla colgada.
Yo pago lo que resta de contrato, si hace falta.
Vente a casa y te enseño el piso, además quiero que conozcas a Lola.
Estoy seguro de que os caeréis bien.
Celia accedió, aunque se mostraba reticente.
Amaba a León y estaba decidida a enfrentarse a su miedo.
Pues aquí es donde vivo repitió León, sonriendo.
Pasa, ahora vengo.
Celia entró despacio, mirando nerviosa y sin quitarse los zapatos.
Cuando León reapareció, los ojos de Celia reflejaban puro pánico.
Temblando, salió de inmediato, sin explicación.
¡Celia, espera!
León miró la puerta abierta, luego a Lola, desconcertado.
Nunca habría imaginado que la velada acabaría así.
Intentó llamarla varias veces, sin respuesta.
Decidió desahogarse con Pablo.
Tras hablar con él, León tomó una determinación: esperar al lunes y afrontar el asunto cara a cara, ya que Celia tendría que ir a trabajar.
El lunes, León revisaba sin parar el reloj y los cristales empañados de los autobuses en la parada.
No la veía llegar, aunque siempre era puntual.
Cuando estaba a punto de pedir el día libre para buscarla, la vio aparecer cabizbaja, con los ojos húmedos.
¡Celia, espera!
Ella se detuvo.
Al ver a León, su expresión se volvió aún más triste.
Celia, ¿qué ocurre?
¿Por qué huiste?
¿Por qué no respondes?
Ya no sé qué pensar.
Perdóname, León
¿Qué pasa?
Faltan cinco minutos para entrar ¿Podemos hablar después del trabajo?
¿Has cambiado de idea?
¿No quieres estar conmigo?
León le cogió la mano, decidido.
Llevo dos días angustiado.
Dímelo ya ¿Por qué te has ido?
Lo siento, León, no puedo vivir contigo susurró Celia y rompió a llorar.
¿Por qué?
¿He hecho algo mal?
No es eso.
¿Entonces?
Celia le miró, con lágrimas en el rostro:
Tengo miedo
¿Miedo?
¿A qué, mi vida?
A los perros.
¿En serio?
¿A Lola?
Si te he contado que es dulcísima
Por dentro, León pensaba: Al final sí era Lola el problema.
No me entiendes.
No es solo tu perra les tengo miedo a todos.
De niña, un bull terrier me atacó
Nunca me lo contaste
Me da miedo recordarlo siquiera.
Fue en un parque y el dueño estaba borracho.
Lanzó al perro contra mí.
Me salvé de milagro.
Desde entonces, los perros me aterran.
Pero en la calle convives con ellos
Los evito.
Doy rodeos o busco gente para acercarme.
Pero no podría vivir bajo el mismo techo con una perra tan grande como Lola.
Perdóname.
No es culpa tuya ni de tu perra.
Soy yo.
Es una tontería
Lo intenté, créeme.
Por eso fui a tu casa.
Pensé que podría superarlo, pero me da auténtico pánico No lo consigo.
Perdón.
Así están las cosas suspiró León al contárselo a Pablo esa tarde.
La quiero, y ella a mí, pero no podemos vivir juntos.
¿Cómo se arregla esto?
Espero que no pienses deshacerte de Lola, ¿verdad?
preguntó Pablo.
¡Ni hablar!
Quiero a las dos.
Entonces hay que luchar por tu felicidad.
¿Cómo?
El miedo a los perros no es una alergia, León.
Se puede trabajar.
Ayúdala.
Quizá un psicólogo
Ya lo ha intentado.
No dio resultado.
Quiere intentarlo más, pero no promete nada.
Al menos lo intenta.
No te pone la soga: o yo o la perra.
Quiere buscar una solución.
Debes apoyarla.
Si no tú, ¿quién?
Pero ¿cómo?
No se os ocurra volver a casa todos juntos.
Probad primero paseos tranquilos: en un parque o en el campo.
Solo los tres, sin distracciones.
¿Funcionará?
en los ojos de León surgía una pequeña esperanza.
¿Por qué no?
Celia irá cogiendo confianza, verá que Lola no es peligrosa ni mucho menos.
Hay que intentarlo.
¿Desde cuándo tienes coche?
preguntó Celia sorprendida, al ver a León junto a un SUV aparcado.
Es de un amigo, me lo ha dejado.
¿Vamos en el mismo coche los tres?
Celía se puso tensa.
No te preocupes, Lola viaja en el espacio trasero, preparado para perros.
Tú irás conmigo delante, nada malo pasará.
Celia aceptó por cariño, pero advirtió que si algo iba mal, regresarían de inmediato.
Una hora después, aparcaron junto al bosque.
León ayudó a Celia a bajar, luego soltó a Lola recordándole que no debía acercarse demasiado.
Qué sitio tan bonito comentó para distraer a Celia.
Ambos se pusieron botas de goma, pues había llovido.
Empezaron a pasear por el monte.
León jugaba con Lola, tirándole una pelota, parte de su plan para que Celia la viera sin agobiarse.
¿Cómo te sientes, Celia?
No sé Difícil de explicar contestó, sin quitarle ojo a la perra.
Mira, amor, los perros, como las personas, son diferentes.
El que te atacó fue un caso aislado.
No todos son así.
Lo intento entender
No hay que temerles.
Tras unos cuantos paseos, seguro les coges cariño.
León lanzó la pelota, y Lola salió corriendo.
¡Guau, guau!
ladró Lola feliz.
Celia se estremeció de miedo.
¿Está enfadada?
No, se alegra porque encontró la pelota.
Es su juguete favorito.
Lola trajo el balón, se lo dio a León y se apartó, lista para otra carrera.
¿Quieres intentarlo?
le ofreció León a Celia.
¿El qué?
Lanzar la pelota.
Me da miedo.
Hazlo con los ojos cerrados, verás como no pasa nada.
Solo una vez.
Celia cogió la pelota, apretó los ojos, y la lanzó con fuerza.
¡Muy bien!
rió León.
¡Lola, trae!
La perra salió corriendo tras ella y, poco después, su ladrido volvió a oírse.
Es muy lista, entiende todo presumió León.
¿Volvemos ya?
susurró Celia.
Sí, vamos.
Lola, ¿dónde estás?
La perra no volvía, pero su ladrido retumbaba en el aire.
Iré a ver qué pasa murmuró León.
¿Me esperas aquí?
No, voy contigo.
Abriéndose paso entre la maleza, vieron a Lola ladrando al borde de una charca, donde flotaba la pelota.
Ya entiendo rió León.
¿Qué ocurre?
preguntó inquieta Celia.
Lola teme al agua, por eso no recoge la pelota.
Menos mal que nos pusimos botas.
¿Lola teme al agua?
Creía que los perros no temían a nada
Cada uno tiene sus miedos.
Encontré a Lola de cachorro, medio ahogada en un río.
Desde entonces, no puede ni ver el agua.
Luego se dirigió a la perra:
Tranquila, Lola, ahora te la saco.
León se metió en la charca, sorprendiéndose al hundirse hasta la rodilla.
¿Estás bien?
se alarmó Celia.
Sí, solo es más profunda de lo que parecía.
No te preocupes.
Logró alcanzar la pelota, pero, al girarse, notó que se hundía más y moverse era cada vez más complicado.
Sal, León, ¿qué pasa?
había notado que se había quedado quieto.
No puedo Creo que esto es una ciénaga, y me atrapa rápido.
Lola miraba ansiosa a su dueño, incapaz de entrar al agua.
Celia sentía crecer el pánico: León atrapado, la perra cerca
¡Celia, ayúdame!
Busca una rama larga gritó León, intentando no moverse demasiado.
Celia intentó llamar al 112, pero no había cobertura.
Desesperada, dudó en acercarse, pues la perra le bloqueaba el paso.
Pero el miedo por León le ganó la batalla.
Encontró una rama gruesa, se la tendió lo mejor que pudo y tiró con todas sus fuerzas.
No bastaba.
Lola, comprendiendo la situación, se colocó a su lado, y entre las dos lograron sacar a León del barro.
Cayeron agotados sobre la hierba, mojados pero a salvo.
Chicas, no sé qué hubiera hecho sin vosotras dijo León, abrazando primero a Celia y luego a Lola.
Me habéis salvado de una buena
Me he muerto de miedo
No me digas que ahora tienes otra fobia bromeó León.
Sí, tengo una: tengo miedo de perderte.
Ese miedo supera cualquier otro.
Celia miró a Lola, y la abrazó tiernamente.
Gracias, Lola, por estar aquí.
Esa noche, tras una ducha caliente y una cena reconfortante, León, Celia y Lola pasaron horas en el sofá, viendo películas de perros.
A Celia no le apetecía otra cosa.
Y lo más importante: los tres comprendieron que, cuando el miedo a perder a un ser querido vence cualquier otro temor, el coraje aparece solo.
Lo esencial en la vida no es no tener miedo, sino tener algo por lo que merezca la pena enfrentarlo.




