Mi esposa Benito y yo hemos compartido más de dos décadas bajo el mismo techo. Nuestra vida era tranquila, apacible. Teníamos una casita en la sierra de Guadarrama; allí íbamos cada fin de semana a respirar aire puro. Benito se encargaba de dejar el piso reluciente mientras yo preparaba la comida. Pensaba sinceramente que envejeceríamos juntos así, entre risas y rutinas. Hasta que, de repente, Benito vino y soltó la bomba:
Macarena, lo siento. Te dejo. He conocido a otra mujer y estoy muy enamorado de ella.
Aunque ya tengo 38 años, nunca he sido ingenuo. Llevaba tiempo percibiendo que algo se interponía entre los dos. Intenté mirar hacia otro lado, convencido de que Benito jamás se iría. De vez en cuando, incluso me llegaban amables mensajes de conocidos del barrio, con fotos de él y la otra. Aguanté, esperando que todo pasara. Pero cuando Benito, tan de golpe, dijo que se marchaba, me dejó sin palabras.
Menos mal que nuestra hija estaba entonces en la playa con sus amigas. Para sobrellevarlo, llamé a mis propias amigas y les conté lo sucedido.
Nos reunimos en casa, como un auténtico consejo de sabias. Una sugirió que me pusiera a dieta y buscara un nuevo hombre. Otra me envió directamente a consultar a una curandera para recuperar a mi marido. La tercera me animó a tirarme a la piscina y buscar pareja nueva sin darle más vueltas.
Pero fue Pilar la que habló con más sensatez: Vive como siempre, Macarena. Será más fácil insistió. ¡No puedo, me duele demasiado! respondí abatido. Pero tienes que hacerlo. Créeme, todo el dolor se va desvaneciendo con el tiempo; te lo dice alguien divorciada tres veces. Limpia el piso, cocina, trabaja, ve películas, lee novelas… ¿Y para quién voy a cocinar? ¡Para nosotras! Cada noche venimos y arrasamos con todo lo que prepares.
Agradecí los consejos, aunque durante un tiempo no supe por dónde tirar.
Al final me decidí por la opción de la curandera, siguiendo la tradición de tantos en mi pueblo. Fui con una foto de Benito y su amante. La mujer barajó cartas, hizo rezos y juró que mi marido volvería en dos semanas.
Pasaron esas dos semanas y también un mes, y Benito no volvió. Eso sí, la curandera se quedó con la mitad de mi sueldo de ese mes. Me sentí aún más solo y vacío. Entonces empecé a comprar dulces y pasteles como si se fueran a acabar. En dos semanas, al subirme a la báscula, vi con horror que había subido siete kilos.
Así no podía seguir. Un día me levanté y cambié de chip: hice limpieza general en casa hasta que brillara, lavé todas las cortinas, cambié las macetas, moví los muebles. El piso parecía otro. Decidí apuntarme a clases de sevillanas para intentar bajar el peso que había ganado. Y cada tarde cocinaba una sopa que a Benito le volvía loco. Mis amigas venían, devoraban la sopa y, cuando se iban, me tumbaba a ver La Casa de Papel, serie que Benito y yo siempre quisimos ver pero nunca encontrábamos el momento.
Me enganché enseguida. Aquellas noches, en el salón, me sentía sorprendentemente bien. Hasta que un día, cuando menos esperaba, se abrió la puerta. Benito entró. Sus ojos recorrieron nuestro piso luminoso y ordenado. El aroma a sopa de verduras llenaba el aire, y yo estaba en el sofá, tranquila, viendo la televisión.
Buenas noches, Macarena. dijo Vengo a por la ropa que olvidé el otro día. Claro, ya la tengo preparada. ¿Traes bolsa? No. Tranquilo, yo tengo una.
Le di su bolsa con sus cosas.
¿Has hecho sopa? preguntó. Sí. ¿Tienes hambre? pregunté. Dudó un segundo y asintió.
Le serví un plato. Se tomó dos. Entonces sólo dijo:
Gracias, Macarena. Me voy. Adelante, yo aún tengo que acabar este capítulo le contesté. ¿Qué ves? La Casa de Papel. Recuerdo que siempre quisimos verla juntos… murmuró con tristeza. Lo recuerdo. Le respondí.
Benito se marchó. Lloré un rato, terminé la serie y me acosté. Dos semanas después, Benito volvió, esta vez con todas sus cosas. Le miré sin comprender.
Macarena, lo siento. Te quiero mucho. Echo de menos tu sopa, tu piso acogedor, echo de menos a nuestra familia. Perdóname, me equivoqué. ¡Así que echabas de menos mi sopa! Lo echaba de menos todo. Pero a ti, sobre todo, a ti. Está bien, entra. Me da vergüenza contigo y con nuestra hija. ¿No le vas a decir nada? Tranquilo, no lo haré. ¿Quieres cenar? Sí, muchas gracias.
Aquella noche comprendí que la felicidad no se busca fuera ni se fuerza; se construye a diario, aunque duela. Basta con mantener lo esencial y rodearse de las personas que de verdad nos entienden y nos quieren.






