La caja de las promesas olvidadas Desde hace un tiempo, Vera sospecha que en su casa vive alguien m…

LA CAJA DE LAS PROMESAS PERDIDAS

Desde hace un tiempo, Carmen comenzó a sospechar que en su piso de Madrid, además de ella y su marido, vivía alguien más. No, no era un fantasma. Los fantasmas, según su opinión, eran criaturas de enjundia: cuando aparecen, lo hacen por asuntos serios, nunca para algo tan mundano. Esto era diferente, era algo doméstico, cotidiano. Un trasgo, quizás.

Primero desaparecieron unos calcetines deportivos. Uno, por supuesto. Si hubieran desaparecido en la lavadora, no habría sido raro; cualquier ama de casa lo entiende. Pero aquellos, blancos con la raya roja, que Carmen siempre usaba para ir al gimnasio en Chamberí, nunca faltaban en su cajón. Siempre la miraban, diciéndole silenciosamente: ¿cuándo fue la última vez que te pusiste en marcha?

Y de repente, no estaban. Primero uno, al día siguiente el otro.

Aparecieron una semana después, en el mismo cajón de siempre, enrollados como caracoles. Encima, un papel desigual, un trozo gris de libreta, con letras impresas, torcidas:

Nos has olvidado durante 127 días. Las hemos contado.

¿Ha sido cosa tuya? le soltó a Javier, su marido, que hojeaba las noticias en El País desde el móvil. ¿Intentas decirme que me estoy atascando y debería moverme?

Él la miró como si hablase en gallego, y negó rotundamente.

Bueno, pues nada Carmen se encogió de hombros, aunque no terminó de creerle del todo. Javier era conocido por sus bromas pesadas.

Luego desapareció su horquilla favorita, esa de nácar que siempre descansaba en el espejo del recibidor. Y el pintalabios caro para ocasiones especiales, el único que permitía en su bolso. Los encontró días después en un armario de la cocina, entre paquetes de arroz La Fallera y fideos. Con notas.

En la horquilla:
Decídete ya, ¿pelo largo o corto? Me canso de estar sola, y luego vienes llorando.

En el pintalabios:
¿Y cuándo fue la última ocasión especial? Me estoy secando de puro aburrimiento.

Esto ya no tiene gracia murmuró Carmen, sacudiendo del hombro a Javier, que dormitaba en el sofá esperando la comida.

¡Pero estás loca! replicó él. ¿Cómo voy a gastar tiempo en estas tonterías?

No mentía. Su marido era cualquier cosa menos tonto. Una inquietud extraña empezó a instalarse en el pecho de Carmen.

Intentó ser metódica, memorizándolo todo, revisando su bolso dos veces, hasta fue al médico. Después de las pruebas, el viejo doctor le dijo que su memoria era mejor que la suya.

Aun así, las cosas seguían esfumándose. Bolígráfos granates. Una blusa de rayas. Crema de manos de almendras. Y como clímax, el manojo de llaves de la casa de campo en Toledo. Javier anduvo toda la semana resoplando cuando pasó aquello.

Carmen se volvió inquieta: dormía mal, brincaba incluso al sonar los trenes bajos de la línea 1, cambiaba de sitio móvil, llaves, cartera. Nunca encontraba nada.

Pero aquel sábado todo fue más inexplicable de lo corriente.

Decidió dedicar la mañana a ordenar el vestidor. Hacía meses que lo necesitaba. Al fondo de una caja de cartón de unas botas Camper, encontró todas las cosas desaparecidas, apiladas con un esmero extraño, como si se exhibieran en el escaparate de un anticuario.

La blusa, abrazada a la falda plisada corta. Nota:
¿Aún recuerdas cómo se baila?

Los bolígrafos, ordenados por colores:
Nos muerdes cuando estás nerviosa. Vivir en tensión es agotador.

Las llaves, todas enlazadas por la anilla como si se dieran la mano:
Sólo echábamos de menos las excursiones. Nadie va ya a Toledo. Pero, a diferencia de otros, hemos vuelto solas.

Carmen se quedó perpleja.

Había en aquellos papelitos algo ácido, sabio y algo tristecomo si los hubiese escrito ella misma, pero en otro mundo en el que le sobrase tiempo, incluso para hablar con sus propias cosas.

Iba a cerrar la caja cuando, en el fondo, notó otro cuadradito gris. Sin nada atado, solo una nota.
Las letras temblorosas, como si alguien hubiese llorado sobre ellas:

Le prometiste a la niña del espejo que serías pintora.
Yo soy esa niña.
Aquí, en la caja de las promesas rotas y los sueños nunca cumplidos, estoy sola.

Carmen se quedó sentada en el suelo, apoyada en los armarios rebosantes, recordando.

La vio, pequeña, en el cole de Argüelles, sacando la lengua de concentración mientras pintaba su casa, el sol, papá y mamá y la hermana.

Las clases de plástica, la magia del agua extendiéndose en el papel, el olor al óleo en la academia, el silencio de los museos, los trazos como partituras encantadas, las explicaciones de la guía resonando.

Al principio pensó que sería su vida.
Luego, un hobby, un refugio secreto.
Y luego
Nada.
No por falta de ocasión. Siempre postergando, eligiendo cosas más urgentes, hasta que la expectación cálida se evaporó igual que los calcetines, los bolígrafos, las llaves.

Pasó suavemente el dedo por la última nota.
Le pareció que la hoja estaba viva: más cálida, temblorosa. ¿O temblaban solo sus manos?

¿Realmente importa más una hora extra en el Primark de Gran Vía, o leer una novela negra nórdica, que el sueño de una vida?

Esa noche, Carmen dio vueltas y vueltas. El sueño no llegaba. A las dos, suspirando, se levantó del edredón.

¿Dónde vas? murmuró Javier, medio dormido.

Duérmete… susurró ella.

Entre todas las cajas del vestidor, creo que guardé esas acuarelas viejas, pensó Carmen, y al pasar junto al espejo de la entrada, se vio a sí misma de niña: mirada asustada, pero con un destello de esperanza.

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