Escucha, Lola… ¿Y si probamos una relación abierta? propuso Javier con cautela.
¿Cómo? Lola no entendió al principio. ¿Hablas en serio?
¿Y por qué no? Es algo normal se encogió de hombros Javier, intentando mantenerse sereno . Mira en Europa, la gente lo hace mucho. Dicen que hasta revitaliza el matrimonio. Tú misma dijiste que un poco de dulce en la dieta no hace daño, que ayuda a no caer en tentaciones. Pues esto es lo mismo, hay que tener variedad en todo.
Lola parpadea despacio, procesando lo que acaba de escuchar. Comparar a una amante con un trozo de chocolate le parece increíblemente torpe. O descarado.
Javi… comienza ella. Si quieres irte, vete. Te doy la libertad, pero no me metas a mí en esas porquerías.
¡Lola, no te pongas así tan a la defensiva! Si yo te quiero. Lo que pasa es que… ya no hay chispa. Hace falta avivar la llama, porque dormimos de espaldas y solo hablamos de compras y de la factura de la luz. Esto está soso, nos falta un poco de emoción. Y no te pongo límites. Puedes hablar con quien quieras, distraerte un poco. ¿No viene bien?
Lola entrecierra los ojos. De pronto lo ve claro: Javier le está mintiendo. Esos ojillos huidizos, los dedos tamborileando el mantel… Sí, él quiere libertad. Pero no ahora, ni mañana. Probablemente ya la necesitaba hace semanas.
Javi, sé sincero. ¿Ya has encontrado a otra? ¿Y me propones esto para no sentirte culpable?
¡Ay, ya estamos otra vez! Javier hace un gesto de fastidio. ¿Crees que te lo preguntaría si fuera así? Ni sé por qué lo he dicho. Eres una mujer chapada a la antigua, Lola. Anda, olvídalo…
Con aire de mártir dolido, Javier se levanta y se va a otra habitación. Lola se queda sola con sus pensamientos.
Veinticinco años. Le ha dado los mejores años de su vida, ha aguantado sus altos y bajos, apuros económicos, y esas horas extra que ahora ve con otros ojos… Y él, ahora que está cómodo y satisfecho, le sugiere ser cómplice de un crimen contra su propia familia. Distraerse… Menuda palabra.
Esa noche duermen en habitaciones separadas. O, mejor dicho, Lola apenas duerme. Mira el techo, la ventana, preguntándose cómo han llegado a esto. Antes Javier le regalaba ramos de lilas, se partía la espalda para celebrar una boda bonita y celebró con ella el nacimiento de su hija. Ahora… Mejor que se hubiera marchado de verdad.
¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando ella dejó de maquillarse en casa para él? ¿O cuando él olvidó el aniversario, poniendo como excusa que estaba hasta arriba de trabajo? Pero, ¿qué importa ya?
Por una parte, querría pedir el divorcio y olvidarse de todo. Por otra, ¿cómo borrar de golpe media vida?
Quizás nunca hubo pasión loca, pero sí rutina, una casa en común y el hogar bien asentado. Siempre pensó que Javier era su refugio. La hija hace ya tiempo que vive por su cuenta, la vejez asoma, y entre ambos se han cuidado más de una vez. Hasta se hizo cargo de un préstamo por ayudar a su madre. Eso no lo hace cualquiera.
Dentro de Lola bullen mil emociones. Rabia, miedo, dolor. ¿Pensará que nadie más va a quererme?, se pregunta. ¿Que soy una vieja inútil? ¿Que me quedaré en casa haciendo cocido, tejiendo para los nietos y esperando a que él vuelva tras desfogarse?
Pues va a ser que no.
De acuerdo le dice a Javier por la mañana. Hagámoslo como tú dices.
¿Cómo?
Que acepto lo de la relación abierta.
Javier casi se atraganta con el café. Esperaba la bronca del siglo y ella simplemente acepta.
Pues… Mejor así. Igual hasta te gusta farfulla. Por cierto, hoy llegaré tarde.
Le da un pinchazo en el corazón. ¿Tan rápido?
…La tarde es gris y silenciosa. Lola se siente vacía, desechada, como un móvil pasado de moda al que ya nadie da valor.
Va al espejo. Sí, hay ojeras, arrugas en los ojos, la piel no es la de antes. Pero el tipo sigue en forma, el pelo sigue siendo espeso. Quizá aún sea atractiva. ¿No será Javier el problema?
A otros hombres les gusta. Por ejemplo, Andrés, el jefe de la otra sección. Lleva apenas un mes en la oficina, transferido de otro sitio.
Es un hombre atractivo, con canas en las sienes, voz rasgada y una mirada pícara. Se fijó en ella desde el primer día: le hacía cumplidos, le sostenía la puerta, le traía café. La ha invitado varias veces a comer y, hace una semana, a cenar en un restaurante.
Andrés, estoy a dieta. Se llama casada le contestó Lola en su día.
Lola, el matrimonio es una firma, no una cadena rió Andrés. Pero no insisto.
¿Quería Javier relaciones abiertas? ¿Que se divirtiera un poco? Pues bien.
Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie lo de la cena? Creo que tengo tiempo libre y ganas de saltarme la dieta le escribe al móvil.
No es venganza. Lola solo quiere sentirse mujer, recuperar su esencia, la que Javier pisa desde hace dos días.
…La velada transcurre extraña y agradable a partes iguales. Andrés es todo un caballero. Le acerca la silla, llena su copa, la escucha con atención, y la mira como si fuera la única mujer de todo el restaurante.
Lola siente algo de vergüenza, pero se despiertan sensaciones olvidadas: ilusión, ganas de ser el centro de las miradas. Por fin, algo más en su vida que la cocina y los calcetines sucios de Javier.
¿Quieres subir a mi casa? propone Andrés, ya con el postre. Paramos a por vino, vemos alguna peli… podemos pasar un buen rato.
Lola asiente. En su interior algo grita: ¡Reacciona!. Pero recuerda la cara de Javier cuando le propuso distraerse.
Al llegar a casa de Andrés, el móvil empieza a sonar sin parar. Es su marido. Lola cuelga una vez, dos… No cesa.
Sí responde al fin, intentando mostrarse serena.
¿Dónde narices estás? salta Javier. ¡Son las diez! ¡En la nevera sólo hay eco, y tú ni estás! ¿Tú te crees?
Lola se queda en blanco. Andrés, percibiendo la bronca, se va con discreción a otra habitación. El ambiente romántico desaparece de golpe.
Estoy en una cita, Javi.
¿Cómo que en una cita, por Dios?
¿Te lo explico como a un niño? Fuiste tú quien propuso relaciones abiertas. Dijiste: diviértete, conoce a alguien. Pues aquí estoy. ¿No funciona igual para los dos?
Silencio pesado, sólo roto por la respiración de Javier. De repente, estalla.
¿De verdad te has ido con otro? ¡Era una broma! ¡Te quería probar! ¿Me entiendes? Pro-bar. ¿Y tú qué? ¿Estabas esperando la ocasión? ¿Un día de luto y ya te lanzas?
Lola no sabe qué decir.
¿Y tú, con quién te has ido hoy?
¡Con nadie! Estuve en el trabajo, nada más niega Javier. Mira… No quiero enfermedades raras ni historias. O recoges tus cosas, o me largo yo. Nos divorciamos.
Javier cuelga. Lola se queda mirando la pared, sintiéndose humillada.
¿Todo bien? pregunta Andrés desde la puerta.
Sí… no es nada intenta sonreír, pero no puede.
Lola… Andrés mira el reloj. Creo que será mejor que lo dejemos. Quizá deberías irte a aclarar las cosas con tu familia.
El hechizo se rompe, la carroza es ahora una calabaza, y el caballero galante se ha convertido en alguien que no quiere líos ajenos. Tampoco se le puede culpar. Esperaba una noche sencilla, no un drama familiar.
Quizá debería haber pedido el divorcio de inmediato. Pero uno siempre piensa mejor a toro pasado.
Esa noche, Lola no vuelve a casa. Se va a un hotel en el centro. No quiere ver a un Javier enfadado, y necesita tiempo para asumir que ya nunca volverá a ser lo de antes.
Pasan tres años…
La vida, como un escultor, va quitando lo superfluo, aunque a veces duela.
Javier encuentra otra pareja sorprendentemente rápido, incluso antes de firmar oficialmente el divorcio. Pero la nueva se va en cuanto venden el piso común. De paso, le birla la mitad de los ahorros.
Con Andrés tampoco cuaja nada. Siguen viéndose en la oficina, pero solo cruzan frases de cortesía. Lola entiende que muchos hombres encantados con ser amantes salen corriendo en cuanto se les invita a ser algo más serio.
Pero Lola ya no busca a nadie. Al quedarse sola en su nuevo piso, descubre que tiene más tiempo y energía de la que imaginaba. Antes todo se lo llevaban las tareas y las manías de Javier. Ahora se cuida por ella, no por otros.
Va a nadar cada mañana y su espalda mejora, se apunta a inglés para mantener la mente ágil. Se corta el pelo, renueva el armario.
Y, sobre todo, se convierte en abuela.
Su hija, Marina, ha tenido una niña hace seis meses. Al principio, cuando estalló el escándalo, Marina se puso del lado de su padre. Javier supo hacerse la víctima y le contó que su madre tenía amantes, deshizo el hogar y lo traicionó.
Pero el tiempo coloca a todos en su sitio. Marina fue a casa de su madre a hablar, a reprocharle, a mirarla a los ojos. Vio a una mujer cansada pero honesta, no a la desalmada de las historias del padre.
Lola le cuenta toda la verdad. Que fue Javier quien lo propuso; que llevaba años encerrado en su mundo; que ella hacía mucho que se sentía sola. Marina, ahora casada, comprende. Y cuando Javier encuentra pareja nueva a toda prisa, acaba por ponerse firmemente de parte de su madre.
Ahora, Lola está en la cocina de Marina, con su nieta Sofía en brazos. La pequeña intenta agarrar con fuerza el dedo de su abuela.
Papá ha vuelto a llamar… dice Marina, frunciendo el ceño. Quiere venir a ver a Sofía.
¿Y tú qué le has dicho? pregunta, tranquila, Lola.
Que no estaremos estos días Marina suspira. No quiero que venga, mamá. Un día habla mal de ti, otro quiere que nos reconciliemos. Me pone de los nervios cada vez que aparece. Tampoco quiero que intente envenenar a Sofía. Que viva con su libertad…
Lola no dice nada, solo achucha a la niña un poco más.
Javier logró la libertad que tanto ansiaba: nadie le pide cuentas, nadie le interrumpe sus programas favoritos. Solo que ha descubierto que esa libertad tiene un regusto amargo a soledad. Pero ya es demasiado tarde.





