Aguanta un poco más —Mamá, esto es para el próximo semestre de Ana. María dejó el sobre sobre el m…

Aguantar un poquito más

Mamá, esto es para el siguiente cuatrimestre de Carmen.

Lucía dejó el sobre encima del hule desgastado de la mesa de la cocina. Diez mil euros. Lo había contado tres veces: en casa, en el autobús y en el portal. Siempre salía la suma justa, ni un euro más, ni un euro menos.

Marisol soltó el ganchillo y miró a su hija por encima de las gafas.

Estás más pálida que la leche, Luci. ¿Quieres que te ponga una tila?
No hace falta, mamá. Solo vengo un momento, que aún llego a la segunda jornada.

La cocina olía a patatas cocidas y a algo a farmacia, quizá la crema para las rodillas, o las gotitas que Lucía le compraba cada mes. Cincuenta euros el frasco, para tres semanas daba, y luego las pastillas de la tensión y las revisiones trimestrales.

Carmen estaba dando saltos cuando le conté lo de las prácticas en el Banco Santander Marisol cogió el sobre con cuidado, como si fuera de porcelana fina. Dice que allí tiene posibilidades de futuro.

Lucía se mordió la lengua.

Recuérdale que este es el último dinero para la universidad.

El último cuatrimestre. Cinco años estirando del carro. Cada mes: un sobre para mamá, una transferencia para la hermana. Cada mes, la calculadora en la mano y el sinvivir de restas: menos luz y agua, menos medicinas, menos comida para mamá, menos la uni de Carmen. ¿Qué quedaba? Un cuarto pequeño alquilado, un abrigo que ya ni recordaba cuántos inviernos tenía y sueños olvidados de tener un pisito propio.

Lucía soñaba con ir a Madrid alguna vez. Así por capricho, un fin de semana. Pasear por el Prado, dar una vuelta por el Retiro. Empezó a ahorrar… y justo entonces a mamá le dio el primer susto serio con el corazón, y los ahorros se fueron volando con los médicos.

Deberías descansar, hija Marisol le dio una palmadita cariñosa. Tienes mala cara, luciérnaga.
Ya descansaré. Pronto.

Pronto Pronto sería cuando Carmen trabajase. Cuando mamá estuviera estable. Cuando ya se pudiera respirar un poco y pensar en una misma. «Pronto», repetía Lucía desde hacía cinco años.

El título de economista de Carmen llegó en junio. Matrícula, nada menos Lucía hasta pidió el día en el trabajo para ir. Miraba cómo su hermana desfilaba con el vestido nuevo, regalo suyo, evidentemente, y pensaba que ya estaba, que ahí se acababa el calvario. Carmen por fin tendría trabajo, dejaría de haber cuentas atrás, y Lucía podría dejar de vigilar cada euro.

Pasaron cuatro meses.

Es que no lo entiendes, Lucía Carmen, en el sofá, pies recogidos y calcetines peludos. No he estudiado cinco años para cobrar una miseria.
Que mil euros no es ninguna miseria.
Para ti no, pero yo

Lucía apretó los dientes. En su trabajo ganaba setecientos. Con el extra, si caía algún encargo, subía a mil. Y de esos, si acaso, conseguía guardar doscientos al mes para ella.

Mira, Carmen, que tienes veintidós años. Alguna vez tendrás que trabajar en lo que sea.
Lo haré, pero no voy a quemarme por cuatro duros en una oficina cutre.

Marisol iba y venía a la cocina, haciendo que no oía. Siempre pasaba lo mismo cuando las hijas discutían: se escapaba, se escondía, y luego, antes de que Lucía se fuera, le susurraba al oído: «No te enfades con Carmen, pobrecilla, es pequeña, no sabe lo que dice».

No sabe. Veintidós años y ni idea.

No voy a estar aquí siempre, Carmen.
¡Ay, deja los dramas! Que no te estoy pidiendo dinero. Solo busco algo bueno.

Técnicamente no pedía. Lo pedía mamá. «Lucía, que Carmen quiere hacer un curso de inglés». «Lucía, que se le ha roto el móvil y necesita enviar currículums». «Lucía, que Carmen quería un abrigo nuevo, que el invierno ya casi está aquí».

Lucía pagaba, transfería, compraba. Callando, que esto siempre había sido así: ella ponía el hombro y los demás lo veían normal.

Me voy se levantó. Que luego tengo el segundo curro.
¡Espera, que te pongo unas empanadillas de pisto para llevar! gritó Marisol desde la cocina.

Las empanadillas estaban riquísimas, rellenas y con la masa crujiente. Lucía cogió la bolsa y salió al portal, frío y con olor a humedad y gatos. Diez minutos andando rápido hasta la parada, una hora de autobús, ocho de pie entre clientes y cajas, y si daba tiempo, cuatro más con el portátil.

Mientras, Carmen se quedaría en casa, mirando ofertas y esperando que algún hada madrina le trajese un curro con teletrabajo, sueldo perfecto y horario flexible.

La bronca grande llegó en noviembre.

¿Tú haces algo además de vegetar en el sofá? Lucía estalló al verla otro día más en la misma posición de croqueta rancia. ¿Has mandado un solo currículum?
Tres, ¡vale! En un mes.
¿Solo tres? ¿Y así piensas encontrar nada?

Carmen giró los ojos y se escondió tras el móvil.

No entiendes cómo va todo ahora. Hay que buscar bien, que hay muchísima competencia.
¿Buscar bien es elegir la empresa donde te pagan solo por estar sentada?

Marisol asomó la cabeza, nerviosa, secándose las manos en el delantal.

Chicas, ¿quieres una infusión? He hecho bizcocho
Déjalo, mamá Lucía se frotó las sienes. Tenía dolor de cabeza desde hacía tres días. Solo quiero saber por qué yo tengo que estar a dos trabajos y ella a cero.
Lucía, que Carmen es joven, ya encontrará lo suyo
¿Cuándo? ¿En cinco años? ¡Yo a su edad ya me rompía el lomo!

Carmen se revolvió.

¡Pues perdona por no querer ser como tú! Agobiada todo el día y la vida a cuestas.

Silencio. Lucía cogió el bolso y salió. En el autobús miraba el reflejo oscuro y pensaba: ¿tan burra de carga parezco?

Marisol llamó al día siguiente, pidiendo que no fuera dura.

Carmen está nerviosa, mujer, déjala. Aguanta un poco más, seguro que encontrará trabajo.

«Aguanta»; palabra preferida de mamá: «Aguanta, que papá se centre.» «Aguanta, que Carmen madure.» «Aguanta, que todo pase.» Y Lucía, aguantando desde que recuerda.

Las peleas se hacían rutina. Cada visita era la misma: Lucía intentaba razonar, Carmen respondía como una osa, Marisol a la deriva. Luego despedida, llamada de mamá pidiendo paz, y vuelta a empezar.

Que es tu hermana, tienes que entenderla suplicaba mamá.
¿Y ella no tiene que entender que no soy un cajero automático?
Lucía

En enero Carmen llamó emocionadísima.

¡Lucía! ¡Me caso!
¿Qué? ¿Con quién?
Se llama Iván. Llevamos tres semanas. Es perfecto, de verdad.

Tres semanas y ya boda. Lucía pensó en decir que era de locas, que al menos se conozcan, pero se calló. Quizá así dejaría de ser su responsabilidad y sería la de Iván.

La ingenua esperanza duró hasta la comida familiar.

¡Ya lo tengo todo pensado! Carmen como una niña en los Reyes. Restaurante para cien personas, música en directo, el vestido lo he visto en una boutique en Serrano

Lucía bajó el tenedor.

¿Y cuánto cuesta todo eso?
Bueno Carmen sonrió, tan pancha. Unos treinta mil euros. Igual un poco más. Pero, Lucía, ¡solo te casas una vez!
¿Y quién va a pagar?
Lucía, entiéndelo Los padres de Iván están hipotecados. Mamá con la pensión ni de broma. Así que tendrás que pedir un préstamo.

Lucía miró a su hermana. Luego a su madre. Marisol bajó la mirada.

¿Habláis en serio?
Hija, una boda así solo pasa una vez. ¿No puedes apretarte un poco?
¿Pretendéis que me endeude treinta mil euros para casarla y encima ni ha buscado trabajo?
¡Eres mi hermana! Carmen casi gritó, mesa de por medio. ¡Te toca!

¿Me toca?

Lucía se respiró hondo, de pronto se sintió muy serena.

Cinco años, Carmen. Pagando tu universidad, las medicinas de mamá, comida, ropa, facturas. Siempre a dos trabajos. Sin piso, sin coche, sin un mísero viaje. Tengo veintiocho años y la última vez que me compré ropa nueva fue hace año y pico.
Lucía, hija, tranquilízate intentó Marisol.
¡No! ¡Ya está bien! Años entera manteniéndoos y encima me salís con exigencias. ¡Se acabó! ¡A partir de hoy vivo para mí!

Cogió la chaqueta al vuelo. Fuera hacía un frío de perros, pero a Lucía le daba igual. Notaba una extraña calidez dentro, como si al fin se hubiera quitado un saco de piedras de la espalda.

El móvil no paraba de sonar. Lucía lo puso en modo avión y bloqueó los números.

Pasaron seis meses. Lucía se mudó a un mini piso que, por fin, podía pagar sola. Ese verano se fue a Madrid: cuatro días, museo del Prado, Retiro, unas cañas con bravas, noches en la Gran Vía. Se compró un vestido. Y otro más. Y zapatos.

Lo de la familia lo supo por casualidad una amiga del colegio que trabajaba cerca del barrio de mamá.

Oye, ¿es verdad que la boda de tu hermana se canceló?

Lucía se quedó con el café en el aire.

¿Cómo?
El novio se ha ido, dicen. Que no había dinero para la boda y el chico ha pegado la espantada.

Lucía sorbió el café. Sabía más bueno que nunca, amargo, pero con gusto a libertad.

Ni idea, hace meses que no hablamos.

Esa noche, sentada en la ventana de su piso nuevo, Lucía se sorprendió al notarse tan tranquila. Ni rabia, ni venganza. Solo la satisfactoria paz de quien deja, por fin, de tirar del carro de los demás.

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MagistrUm
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