Me casé solo tres meses después de terminar el instituto.
Tenía apenas dieciocho años, la bata aún colgada en el perchero y la cabeza llena de sueños.
En casa todos sabían que tenía novio.
Mis padres me suplicaban que esperase, que estudiase, que aprovechara la oportunidad que querían darme para ir a la universidad.
Pero no les hice caso.
Me casé con un hombre cinco años mayor que yo, convencida de que el amor bastaba para todo.
Vivimos en una habitación alquilada, con una cama prestada, una cocina antigua y un frigorífico que sonaba como si estuviera a punto de despegar.
Los primeros años fueron una carrera contra el cansancio.
A los veinte ya estaba esperando a mi primera hija, y poco después llegó mi segundo hijo.
Él trabajó algún tiempo, pero llegaba a casa agotado, irritable, muchas veces sin cobrar el sueldo completo.
Yo hacía milagros con la comida: estiraba el arroz, ahorraba en aceite, aprendí a preparar lentejas de mil formas diferentes.
Lavaba la ropa a mano, acarreaba cubos de agua, dormía poco.
Nunca me gustó hablar de mis problemas.
Por fuera parecía tranquila, ordenada, bien casada.
Por dentro, estaba exhausta.
Tras cinco años de matrimonio y con una pequeña casa de protección oficial, todo se vino abajo.
Supe que tenía una relación con una mujer casada.
No era solo un rumor.
El marido de esa mujer empezó a buscarle, llamarle, aparecía cerca de nuestra casa.
Una mañana él recogió sus cosas, me dijo que se iba unos días y nunca regresó.
No simplemente se marchó: me dejó sola con dos niños pequeños, recibos por pagar y una casa que mantener.
Ahí empezó mi verdadera vida como madre soltera.
Comencé a trabajar limpiando en un colegio.
Me levantaba a las cuatro y media, dejaba la comida preparada a medias, despertaba a los niños, los llevaba a casa de mi madre y me iba al centro.
El sueldo apenas alcanzaba para lo justo.
Hubo meses en los que tenía que elegir entre pagar el agua o comprar zapatos nuevos para los niños.
Semanas de pan y alubias, arroz con huevo, y sopas que apenas llenaban.
Nunca fui a pedir ayuda.
Aguantaba y seguía adelante.
Mi madre era mi apoyo.
Recogía a los niños del colegio, los alimentaba, los bañaba, los ayudaba con los deberes.
Yo volvía por la noche, rota de cansancio y con dolor de espalda.
A veces me sentaba en la cama y lloraba en silencio, para que nadie me oyera.
No quería que crecieran sintiendo lástima por su madre.
Por su parte, él nunca volvió.
De vez en cuando enviaba mensajes excusas, promesas que nunca cumplía.
La pensión llegaba cuando quería si llegaba.
Aprendí a no contar con ello.
Vendía seguros para arreglar el tejado, trabajaba horas extra en oficinas, daba clases particulares de fotografía (lo había aprendido yo solo).
Los domingos lavaba a mano hasta tarde porque no tenía lavadora.
Pasaron los años.
Mi hija mayor creció viendo cómo su madre salía temprano y volvía tarde.
Aprendió a ser responsable desde pequeña.
Mi hijo pequeño se volvió disciplinado, serio, protector.
No tenía vida social.
No me quedaba tiempo para citas, paseos ni vacaciones.
Mis vacaciones eran las noches tranquilas, cuando todos dormían.
El día que mi hija terminó Derecho, lloré como nunca.
La vi con toga y birrete, segura, hablando con elocuencia, y recordé a aquel muchacho de dieciocho años que renunció a la universidad por amor.
Sentí que, de algún modo, el sacrificio no fue inútil.
Y cuando mi hijo se graduó como oficial en el ejército recto, con uniforme impecable la emoción fue la misma.
Hoy, al mirar atrás, todavía me sorprende todo lo que aguanté.
Fui padre y madre durante la mayor parte de mi vida.
Crié a mis hijos con trabajo, disciplina y cariño.
Nadie me regaló nada.
Nadie me sostuvo.
Y aun así aquí estamos.



