¡Ya está bien! exclamó Rodrigo, dejando caer la cuchara mientras miraba con enfado a su esposa. ¿Se podía llamar comida a eso? Pasta demasiado hecha, convertida en una masa informe, y un par de filetes empanados apenas cocinados. ¿Qué has hecho en todo el día? ¿Pegada al móvil otra vez?
¿Cómo puedes hablarme así? sollozó Nerea de forma melodramática, escondiendo con disimulo el mencionado aparato. ¡Si no he quitado ojo de Daniel! ¡Es un trasto! Se nota que ha salido a ti añadió, con cierto rencor, contemplando cómo a su marido comenzaban a saltarle las venas en la frente. Es que no puedes imaginar lo difícil que es para mí Todo se me cae de las manos. ¡Dar a luz fue durísimo!
Daniel tiene ya dos años y medio empezó Rodrigo, haciendo esfuerzos por hablar calmado. Ya va siendo hora de llevarlo a la guardería y tú podrías volver a trabajar. Así estarás menos agobiada.
¿Para qué voy a meterlo en ese nido de virus? ¿Quieres que acabemos empadronados en urgencias? replicó Nerea.
¡Con los niños hay que trabajar, estimularlos, por si no lo sabías!
¡Lo hacemos! Daniel está más que espabilado para su edad, lo dijo la neuróloga durante la revisión se defendió Nerea. La cuestión rondaba en casa desde hacía semanas y a ella el simple pensamiento de que su marido enviara a Daniel al colegio infantil la ponía de los nervios. Volver a trabajar no entraba en sus planes; había aprendido a pasar las mañanas distraída con el móvil y no pensaba renunciar a ese hábito.
¿Y de quién es el mérito entonces? Rodrigo, incapaz de contenerse, golpeó la mesa con el puño, haciendo que el plato brincara. ¡De mi madre! Ella viene y se ocupa de Daniel… Tú, mientras tanto, duermes la siesta o te quedas absorta en la pantalla. ¿Por qué no aprovechas para limpiar un poco la casa o preparar una cena decente? ¿Por qué siempre tengo que llegar y encontrarme con esto? miró entre resignado y asqueado el “banquete”.
No soy tu cocinera, ni tu asistenta. Soy tu mujer. Y tú, como marido, deberías preocuparte por que yo viva cómodamente.
Nerea, de hecho, lo creía firmemente. Después de empaparse de tertulias televisivas y foros femeninos, su percepción de lo que significa ser esposa había cambiado. Ya no pensaba que su papel era cuidar de Rodrigo, criar perfecta a su prole o mantener la casa. Esas eran, según ella, tareas propias del servicio, y ella valía demasiado para ponerse al nivel de nadie.
¿Así que es eso? masculló Rodrigo, tras escuchar la verborrea de Nerea. ¿Tú en casa tumbada y yo deslomándome en la oficina? ¿Eso es lo que propones?
Voy a cultivar mi intelecto contestó Nerea con orgullo. Algún día presumirás delante de tus amigos diciendo que tu mujer es lista y puede hablar de cualquier cosa.
¿Ah, sí? ¿Qué libro has leído últimamente? ¿Qué cosa nueva has aprendido? Rodrigo se puso en pie, inclinándose sobre su esposa. ¿Por qué callas? ¡Ah, cierto! No tienes nada que decir. Las redes sociales no cuentan como cultura. Y los foros de marujeo, donde la gente se grita y se insulta, tampoco. Habla en serio: ¿vas a ocuparte de tu casa y de tu hijo como hace cualquier mujer responsable o no?
¡No pienso rebajarme a ser la sirvienta de nadie!
Nerea, encendida, desató un torrente de reproches: que si Rodrigo ganaba poco, que si era un tirano doméstico, que si nunca estaba en casa… Rodrigo, impasible, escuchó toda la retahíla y sentenció con voz monótona:
Divorcio.
¿Cómo? Nerea, a punto de empezar otra diatriba, se quedó petrificada.
Divorcio repitió Rodrigo, sin cambiar el tono. Buscaré a una mujer de verdad, que quiera ser una buena esposa y madre para Daniel. Total, tú apenas pasas un rato con él; el resto del tiempo lo cuidan nuestras madres. No eres madre, Nerea, y mucho menos esposa.
Al principio Nerea se sobresaltó, pero enseguida se restó importancia. Seguro que era una amenaza. ¿Dejarla y quedarse él con el niño? Imposible. ¡Siendo ella madre, eso lo era todo!
Pero Rodrigo cambió. La ignoraba en casa, no le dirigía la palabra. Daniel y la abuela se fueron un par de semanas a la playa de Benidorm; Nerea, encantada, pensó que tendría tranquilidad… hasta que pasados los días empezó a echar de menos a su hijo y llamaba a su suegra varias veces al día.
Dos semanas después de la bronca llegó la citación judicial. Rodrigo había cumplido su promesa y solicitado el divorcio. Y en la vista le esperaba otra sorpresa: su propia madre se puso de parte de Rodrigo.
Estoy convencida de que Daniel debe estar con su padre afirmó rotunda la madre de Nerea, lanzándole una mirada severa. Por desgracia, Nerea nunca ha sabido ejercer de madre; toda la carga ha recaído en mí y en Matilde, la madre de Rodrigo. Rodrigo trabaja mucho, sí, pero aun así cuida más a Daniel que ella.
La jueza la miraba con una media sonrisa, mientras Nerea se retorcía en la silla, consciente de que no tenía nada: ni trabajo, ni casa, ni relación auténtica con su hijo. El padre tenía todas las de ganar.
¡Pido un tiempo de reconciliación! ¡No nos divorcie todavía! ¡Dame otra oportunidad! Nerea lloraba a mares. Rodrigo, te juro que cambiaré, olvidaré toda esa tontería de la asistenta y seré la esposa modélica que mereces. ¡Créeme, por favor!
Está bien
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Un mes antes.
Mi hija está completamente despendolada, qué vergüenza Nina Alonso negaba con la cabeza. Rodrigo, te entiendo. ¿Para qué quieres una esposa así? Se pasa el día en casa y ni siquiera sabe recoger ni cuidar al niño… Así que si quieres divorciarte, no te juzgaré. Solo pido poder ver a Daniel.
La quiero, Nina, pese a todo, la quiero suspiró Rodrigo. Pero es verdad: no podemos seguir así. Quiero darle una oportunidad de mejorar.
Pues mira, sé cómo hacerlo. Pide el divorcio. Se opondrá, así que tendréis un plazo de tres meses para reconciliaros. Eso seguro que la espabila.
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Nerea aprendió la lección. En casa volvió la limpieza, los aromas tentadores de la comida casera y, sobre todo, la atención amorosa de una madre renovada. Y Daniel no podía estar más feliz de recuperar a su caótica y entrañable mamá, a la que tanto queríaRodrigo observó a Nerea mientras, con manos aún temblorosas, envolvía a Daniel en una toalla después del baño. El niño, salpicando agua y sonriendo, buscaba la mirada de su madre, que esta vez no rehuyó el momento. Había costado semanas, lágrimas y silencios dolorosos llegar ahí: a ese instante pequeño, simple, pero milagroso. Nerea lo abrazó con ternura, hundiendo la cara en su cuello, y por primera vez en mucho tiempo, Rodrigo le vio los ojos brillando de verdad.
Aquel domingo por la tarde, la casa olía a lentejas y bizcocho, y las cortinas abiertas dejaban entrar una luz cálida. En la mesa del comedor descansaba un libro con las esquinas dobladas: recordatorio de propósitos nuevos, no de viejas excusas. Fue Daniel quien, alzando los brazos hacia su padre, los unió en un abrazo torpe, de familia reconciliada. Rodrigo acarició el pelo de su hijo y pensó que tal vez los finales no eran tan importantes como lo que venía después.
Esa noche, mientras arropaba a Daniel y veía a Nerea acostarse a su lado, Rodrigo sintió renacer la esperanza. Sabía que las heridas tardarían en cerrar y que ningún papel judicial podía dictar el amor, pero en el silencio compartido comprendió que ambos habían cambiado porque ninguno quería perderlo todo. Afuera, la luna iluminaba la pequeña ventana, y en el hogar, por fin, reinaba la paz.
Nerea tomó la mano de Rodrigo. No hicieron falta palabras. Era un nuevo comienzo, tan frágil como hermoso. Y en lo más hondo de sus corazones, supieron que, esta vez, merecía la pena intentarlo.





