Puedo decir con total sinceridad que tengo muchísima suerte de tener a mi marido. Es, para mí, casi el hombre perfecto. Pero, por desgracia, la perfección absoluta, creo, no existe en este mundo. Mi marido, con el paso del tiempo, ha demostrado tener una pequeña debilidad: es excesivamente sociable, abierto y encantador. Algunos quizá dirían que eso no tiene nada de malo, pero
Javier mantiene amistad con varias mujeres. Aunque jamás me oculta sus mensajes ni hay nada sospechoso en ellos, esa situación no me resulta cómoda. Desde hace años mantiene correspondencia frecuente con una antigua compañera de trabajo. Laura, su excolega, se casó hace mucho y vive con su esposo fuera del país, pero nunca dejó de estar presente, de una manera u otra, en nuestra vida. Su nombre sigue sonando en casa hasta hoy.
Cuando a Javier le ocurre algo curioso o importante en el trabajo o durante algún viaje, inmediatamente se lo cuenta a dos personas: a mí y a esa antigua amiga. Si debe tomar una decisión relevante, la consulta con las dos. Javier lo habla todo con Laura. Incluso a veces trata con ella asuntos que son únicamente de nuestra vida en común. Esa intimidad ajena me incomoda profundamente.
Quiero recalcar de nuevo que es un marido ejemplar. Compartimos todas las tareas del hogar. Además, tiene un buen puesto y gana bien. Nos dedicamos tiempo mutuamente: va conmigo al cine, al teatro y a cenar fuera. Sin embargo, sigo sin comprender por qué siente la necesidad de mantener esa relación paralela.
Tal vez mi actitud parezca absurda, pero he empezado a sentir celos. No me molesta ninguna de sus compañeras actuales, solo esa amistad tan persistente.
No entiendo qué es lo que le puede faltar o qué busca con este contacto tan frecuente con otra mujer.
Sin embargo, al reflexionar todo, entiendo que la confianza y la comunicación son la base de cualquier relación. Las inseguridades pueden nublar nuestro juicio y, muchas veces, la apertura de nuestro ser querido no significa traición, sino simplemente una forma distinta de relacionarse. Aprender a confiar y dialogar honestamente es, quizás, la lección más valiosa que puedo sacar de todo esto.







