Plátanos para la abuela

¡Y no olvides los plátanos para la abuela Carmen! ¡Recuérdalo! Solo los pequeños, esos que le encantan. La última vez trajiste unos que igual valían para batir récords en lanzamiento de peso. ¡María! ¿De verdad te cuesta tanto hacer lo que te pido?

María Fernández García, contable jefe de una empresa importante, madre de dos criaturas, esposa oficialmente feliz y, encima, hija entregada, suspiró al vacío mientras asentía con la cabeza como si su madre pudiera verla a través del teléfono. Suficiente sabía ya María de los superpoderes maternos: Carmen tendría clarísima la reacción al recibir sus maravillosas instrucciones.

Y no me hagas que asientas con la cabeza, ¡hazlo! ¡Te conozco más de lo que te gustaría! ¡Tienes pajaritos en la azotea! María, por Dios, que ya va siendo hora de madurar.

El segundo cabezazo se lo ahorró. Prefería un vale, mamá, tranquila, despidiéndose con cariñopero con cierta prisa.

¿Madurar? ¡Claro, claro! A los cuarenta y tanto aún no llego a la edad adulta según el evangelio según Carmen, pero paciencia…

Le quedaban aún treinta minutos de trabajo. Intentó concentrarse en el informe que tenía entre manos, sin gran éxito. La cabeza, repleta de pensamientos variosen su mayoría poco amablesbailaba la conga. Y eso que, según su madre, siempre había sido una niña muy buena.

¡Mariola es un solecito! ¡Qué niña tan mona!

Eso, cuando Mariola iba a la guardería peinada con dos lazos descomunales y falditas con volantes. ¡Un prodigio!

En fin, prodigio, sí. La realidad era que Carmen recogía del cole a María y lo que sacaba de allí no era exactamente una princesa Disney, sino más bien algo tipo Peter Pan versión ibérica.

¿Y eso qué es en tu cabeza?

¡Un nido, mamá! Eso dijo la seño. Me aconsejó que me quedara quieta un rato en el patio, a ver si venían los pájaros a poner huevos. Al menos, que sirva para algo este peinado, ¿no?

¿Y los lazos?

Ni idea. Uno se lo llevó Guillermo, que le hacía falta cuerda para el ancla de su barco. ¡Ay mamá, pero tú sabes que Guille tiene un barco de verdad? Su padre lo fabricó y hoy la seño llenó un barreño de agua para enseñarnos cómo navega el barco. Preciosísimo.

¿Y la otra cinta?

Pues se la llevó Lucía. No sé para qué… Mamá, ¿por qué sopla el viento?

¡María!

¿QUÉ?

¡Déjame ya con tantas pamplinas, que me va a explotar la cabeza!

Y María callaba, mirando a su madre de reojo todo el camino a casa, preguntándose si de verdad le dolería tanto la cabeza como para tener que tirarla al contenedor como la cáscara del huevo cuando hacía tortilla.

Su imaginación era tan prodigiosa que antes de llegar a casa ya iba sollozando, rezumando angustia como Mico, la perrilla del tercero.

La tal Mico era una mastina chapuza que aullaba por todo y por nada. Pero cuando el jefe de su manadaDon Julio, fontanero de confianza en el bloquese daba al vino, Mico armaba un drama de ópera bufa, desgastando la paciencia de vecinos y mortificando a todos los niños del portal número seis de la calle Mayor.

Solo una vez Mico enmudeció. Fue durante uno de esos dramas alcohólicos del señor Julio. Al llamar a la ambulancia, todos supieron ya el desenlace antes de escucharlo. Mico, tras despedir a su amo, se quedó plantada en el portal moviendo ni una sola vez la cola. Maríaque aquel día no fue a la escuela porque su madre la llevaba al dentistale pasó la mano, pero ni parpadeó la perra, siempre tan agradecida a cualquier caricia.

A la vuelta del médico, María vio a Mico igual de inmóvil, tiesa de frío y de pena, y juraría marcando una cruz en el aire (como le enseñó Guillermo), que la perrilla lloraba.

Mamá, ¿por qué los perros no tienen lágrimas?

La pregunta era sencilla, pero su madre tembló, miró a Mico, luego la arropó y carraspeando susurró:

Mico, anda, ven con nosotras. Él ya no volverá.

¿Lo entendió la perra? Quién sabe. María solo recordaba que, tras un tímido abrazo perruno, su madre se la llevó a casa con voz de mando.

Mico fue la perra de María diecisiete años más, sobrevivió a su infancia, su boda y hasta el nacimiento del primer hijo. No volvió jamás a aullar. Ni siquiera al morir: se limitó a suspirar como las personas, apoyando el hocico en la mano salada de lágrimas de María antes de cerrar los ojos.

Desde entonces nunca más hubo perros en casa, aunque sus hijos los pedían. María, fiel al recuerdo de aquellos ojos oscuros tan sabios de Mico, no pudo repetir la jugada.

Sin embargo, María fue una niña feliz: tenía padres, dos abuelas, un peluche con menos orejas de lo razonable, y tortitas con nata los domingos. Además, la siempre mágica casa de la abuela Pilar, la del padre, a la que solo iba de vez en cuando y por razones que, entonces, nadie le explicó porque era secreto de mayores.

Y luego estaban los viajes a la playa con la otra abuela, Carmen, su favorita. Carmen contestaba cualquier pregunta, sin censura, para horror de su hija:

¡Madre, por el amor de Dios! Que Mariola es pequeña, no va a entender nada.

Ni tú eras tonta ni ella tampoco. Al contrario, Mariola se parece a ti: lista como un rayo.

María se moría de risa al ver cómo su madre se sulfuraba, y pensaba que no había entendido, ni la mitad de lo que la abuela explicaba sobre cómo nacían los bebés, pero prometía preguntarlo otra vez por si acaso.

La familia, como todas, tenía sus líos. A María la intentaban mantener al margen; de poco servía, porque por debajo de la puerta siempre se colaba alguna discusión de baja intensidad seguida por sollozos de Carmen.

Los veranos en casa de la abuela Pilar eran confusos, la madre de María se volvía sosa y siempre decía que no aprendía a hacer el pastel de cerezascomo si la abuela Pilar fuese una hechicera culinaria irrepetible.

Los adultos no daban explicaciones. María, mucho después, entendió que la sangre no hace lazos perfectos, ni falta que hace.

El divorcio de sus padres ocurrió cuando María cumplió diez años de la manera más cañí posible: en plena fiesta de cumpleaños. Su madre, llorosa y con la tarta de chocolate revolucionada entre las manos, acabó la función diciendo simplemente: Pues hasta aquí hemos llegado.

Mico, la perra, fue la única que se percató del terremoto emocional. Y Carmen, con sonrisa de anuncio, salió después de repartir tartas como si nada, aunque luego, solo en la cocina, le confesó a María:

Mira, Mariola: lo importante del día es la tarta, y que te la comas, y si hay que olvidarse de todo lo demás, se olvida. Ay, hija, ya llegará nuestro día de fiesta en Valeverde…

A cuáles fiestas se refería, nunca quedó claro. Los euros que el padre pasaba cada mes apenas servían para renovar lo más esencial del armario. Lo único fijo eran Navidades y el cumpleaños de María. El de su madre, ni mencionarlo.

Abuela Carmen insistía sin pudor en que su hija debía rehacer su vida. A la madre, esas conversaciones le sentaban fatal.

Ya tuve bastante, mamá. Gracias, pero no.

De adolescente, María pensaba a menudo si las cosas habrían cambiado si su madre se hubiera dado otra oportunidad. ¿Habría tenido un hermano? ¿Habría Carmen recuperado la carcajada? Misterios

La risa, en su casa, se había evaporado hacía tiempo. Su madre estaba cada vez más severaMaría más rebeldepero cuando reventaba la discusión, Mico asomaba sus dientecillos recordando quién mandaba.

Una vez Mico la mordió, solo lo justo para dejarle claro de qué iba la familia. Desde entonces, María nunca olvidó que a veces a las madres no hay que contrariarlas, como a los perros viejos: saben más que tú.

Muchas cosas se aclararon charlando con abuela Carmen, que era poco de pelos en la lengua.

¡Ay, Mariola! Una mujer se vuelve amarga si no tiene amor en la vida.

Pero nosotras la queremos, ¿no?

¡Eso es otra cosa, niña! El amor que necesita una mujer ya entenderás cuando seas mayor. Sin orgullo, te digo que tu abuelo fue para mí el primero y el único, y hay del pretendiente que intentó quitárselo… ¡No te rías! Cuando te cases, hablamos.

¡Abuela, si solo tengo dieciséis!

¡Y tu madre dieciocho cuando vino diciendo que había encontrado al amor de su vida! Bueno, tu padre fue siempre el mimado por su familia, tu madre aguantó lo indecible. Pero lo único que no perdonó fue la traición.

¿Qué traición?

La infidelidad, hija. Perdona que te lo diga clarito, pero más vale que lo sepas ya: no hay nada más doloroso que el desprecio. Pero tampoco quiero que odies a tu padre. Al final, eres mitad de uno y mitad de la otra. Eso nunca cambia.

Mamá nunca habla mal de papá.

Y nunca lo hará. Sabe que es tu padre y, aunque la sangre se enfríe, el lazo sigue ahí. ¿Lo sigue queriendo? Probablemente. Por eso no se abre a otra cosa

¿Y yo? ¿Crees que algún día me pasará igual?

Eso quién lo sabe, Mariola. Solo pido al cielo que quien llegue a tu vida merezca la pena.

A Olegario María lo conoció como ya auguraba Carmen: a lo bruto, estampándose contra él en los pasillos de la universidad camino de su primer examen. Ni le miró la cara, pero sí notó aquellas manos grandes que la convencieron para que dejara el móvil Dicen que los flechazos no existen, pero él la encontró después del examen con la excusa tonta de déjame tu teléfono.

Tres años después, ya casados, fueron a vivir con su madre. Carmen, ojo avizor, recelosa:

¿Y ahora ese a qué se dedica? ¿Informático? Todo el día pegado a la pantalla y comiendo de tu nevera. Te vas a quedar sin marido y con elefante.

Ni rastro de entusiasmo. Olegario tardó casi diez años en ganarse el es un buen yerno de su suegra.

Mientras, criaban a los niños con la ayuda de la abuela y la bisabuela, que por suerte estaban de cuerpo y mente razonablemente enteros. Pero justo cuando María esperaba el segundo, notó que algo iba cambiando con Carmen. Gritos por atrasos imaginarios, reproches basados en días salteados

¡Mariola! ¿Te crees que tengo tiempo para andar esperándote? gruñía, removiendo una olla de cocido suficiente para toda Castilla.

María, asustadísima, consultó con su padre y dieron con un geriatra amable que aceptó venir a domicilio.

Lo siento. Se avecinan tiempos difíciles. Ya no se puede hacer mucho más que intentar disfrutar el camino.

El vértigo que sintió María la dejó helada. Si antes pensaba que nada podía alterar su vida, desde entonces todo cambió. Tocaba proteger a Carmen, evitarle disgustos, y construirle una burbuja de calma en la nueva casa a las afueras de Madrid, una hipoteca de campeonato y cero garantías de paz.

Tranquilos, lo importante es estar todos juntos decía Olegario, y María pensaba: sí, pero la paz ni se compra ni se vende en euros.

Al poco, su madre solo quería regresar a su casa cada dos por tres e ignoraba puertas o pasillos.

Mamá, tu habitación es esa, por el pasillo.

¿Y para qué tanto cuarto? Yo tengo mi casa, ¿te enteras?

Ya pero mañana necesito que te quedes con los niños. De verdad, mamá, eres necesaria

¡Bah, no me acostumbro! Donde esté mi independencia

Sin la abuela Carmen, que les echaba un ojo, María habría desesperado antes de tiempo.

Abue, ¿de verdad no recuerda nada?

Recuerda cosas, Mariola. Sobre todo, lo de antes. Y ahora me doy cuenta de lo poco que la cuidé cuando crecía. Fui realmente madre contigo, pero con ella Ay, me gustaría volver atrás. Pero ahora, cuando me mira raro y sonríe, sé que, por fin, su dolor se ha ido. Aunque solo sea por un rato, es feliz

Y cuando abuela Carmen se fue, María tuvo que prometerle que cuidaría de su madre como a una hija. Que le diera ternura, que la comprendiera y que, si tenía que gritar de impotencia, gritara en la ducha, jamás delante de ella.

Prometido susurró con los ojos llenos de lágrimas.

¿Y cuántas veces más recordará María esa promesa? Demasiadas.

Un vistazo al reloj, suspiró y revisó la bolsa: cartera, llaves del coche, paraguas. Todo listo: recoger al mayor de fútbol, al pequeño del cole y, claro, a por los dichosos plátanos. De los pequeños. Como le gustaban a la abuela.

Porque, al llegar, su madre vería el racimo de plátanos, y quién sabe, quizás un instante pensara que la abuela Carmen aún está viva. Bastaría cruzar el pasillo un par de pasos, ignorar la mirada inquisitiva de la cuidadora y abrir la puerta del salón para ver el mismo sillón imposible de combinar con los muebles pero indispensable en la vida.

¡Mariola! ¿Quieres limpiar la tapicería de una vez? ¿Has traído los plátanos? La abuela estaba por llegar, los pide siempre.

Claro, mamá. Siéntate, que te preparo un té.

El sillón volverá a ocuparse. Y aún habrá tiempo para arrimarse y dejarse acariciar la cara. Para encontrarse con esa mirada estricta y dulce a la vez. Para reírse de que te toque el pelo y te diga:

Mariola, ¿qué llevas en la cabeza? ¿Dónde tienes el peine? ¡Trae, que te peino! Ay, Dios, qué tarde es ¡A la cama ya! Y mañana, ¿qué quieres para desayunar? ¿Sémola o tortitas?

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