—¡Me has engañado! Nicolás se plantó en medio del salón, rojo de rabia. —¿Cómo que te he engañado? —…

¡Me has engañado! Nicolás estaba en medio del salón, rojo de rabia.
¿En qué sentido te he engañado?
¡Lo sabías! Sabías que no podías tener hijos, ¡y aun así te casaste conmigo!

Vas a ser la novia más guapa le decía su madre, ajustándole el velo, mientras Antonia se sonreía al espejo.

Vestido blanco, mangas de encaje, Nicolás con su traje elegante… Todo tal y como había querido desde los quince: amor de verdad, boda, hijos. Muchos hijos. Nicolás soñaba con un niño, ella con una niña, y al final acordaron tres, para que ninguno se quedara con las ganas.

Dentro de un año ya estaré haciendo de abuela decía su madre, con lágrimas en los ojos.

Antonia le creía todo.

Los primeros meses del matrimonio pasaron entre nubes de felicidad. Nicolás volvía del trabajo, ella le recibía con la cena, dormían abrazados y Antonia, cada mañana, miraba el calendario con el corazón en un puño. ¿Retraso? No, ha sido mi imaginación. Otro mes. Otro y otro.

Ya para el invierno, Nicolás dejó de preguntar ¿alguna novedad? en ese tono ilusionado. Ahora solo la miraba en silencio cuando ella salía del baño.

¿Vamos al médico? le propuso Antonia en febrero, casi un año después.

Ya iba siendo hora masculló él, sin apartar la vista del móvil.

La clínica olía a desinfectante y a desesperanza. Antonia esperaba su turno entre otras mujeres de ojos tristes, hojeando una revista sobre maternidades felices, insistiéndose que todo era un malentendido. Seguro que estaba bien. Simplemente, aún no había habido suerte.

Análisis. Ecografías. Más pruebas. El nombre de cada procedimiento se le mezclaba en la cabeza con frialdad y la indiferencia de las enfermeras.

Las probabilidades de un embarazo natural no llegan al cinco por ciento dijo la doctora mirando la ficha.

Antonia asentía, apuntaba en su cuaderno, hacía preguntas… pero por dentro sentía todo congelado.

Empezaron el tratamiento en marzo. Y ahí empezaron los cambios.

¿Otra vez llorando? Nicolás apareció en la puerta, ya más molesto que compasivo.

Son las hormonas apenas pudo explicar.

¿Ya estamos en el tercer mes con esto? ¿No crees que ya está bien de poner excusas? ¡Estoy harto!

Quiso decirle que la terapia lleva tiempo, que así lo explicaron los médicos, y que en seis meses o un año podría haber resultado… Pero Nicolás ya había cerrado la puerta de golpe.

La primera fecundación in vitro llegó en otoño. Antonia no se movió casi de la cama dos semanas, temerosa de estropear el milagro.

Negativo informó la enfermera, seca, por teléfono.

Antonia se vino abajo en el pasillo y se quedó allí hasta que Nicolás volvió a casa.

¿Cuánto llevamos gastado en esto? preguntó él, en vez de un ¿cómo estás?.

No he llevado la cuenta.

Pues yo sí. Casi sesenta mil euros. Y para nada.

No respondió. No tenía respuesta…

Segunda ronda. Ahora Nicolás no volvía a casa antes de medianoche y olía a perfumes ajenos. Pero Antonia no preguntaba. No quería saber.

Otro resultado negativo.

¿No crees que ya basta? le planteó Nicolás mientras daba vueltas a un vaso vacío en la cocina. ¿Hasta cuándo?

Los médicos dicen que la tercera suele ser la vencida…

¡Los médicos dicen lo que se les paga por decir!

La tercera vez la pasó casi sola. Nicolás se quedaba a trabajar hasta tarde todos los días. Las amigas dejaron de llamar, cansadas de intentarlo animarla. Su madre lloraba por teléfono, compadeciéndose: tan joven, tan guapa, ¿qué habrá hecho para merecer esto?

Cuando la enfermera repitió el lo siento por tercera vez, Antonia ya no lloró. Se le habían acabado las lágrimas entre la segunda ronda de hormonas y la última pelea por el gasto.

¡Me has engañado!

Nicolás de pie, en mitad del salón, rojo de furia.

¿Cómo que te he engañado?

¡Lo sabías! Sabías que eras estéril y aun así te casaste conmigo.

¡No lo sabía! El diagnóstico vino un año después de la boda, tú mismo estabas con la doctora cuando…

¡No me mientas! Avanzó hacia ella; Antonia retrocedió, instintiva. ¡Lo tenías planeado! Encontraste a un idiota para casarte, y luego, ¡sorpresa! ¡Sin hijos!

Nico, por favor…

¡Se acabó! Agarró un jarrón y lo lanzó contra la pared. Yo merezco una familia normal. ¡Con hijos! ¡No esto!

La señaló como si fuera un bicho raro, un fallo de la naturaleza.

Las discusiones se volvieron rutina. Nicolás volvía a casa amargado, pasaba la tarde en silencio y, cualquier mínima cosa, le hacía estallar: que si el mando no está en su sitio, que si la sopa está salada, que si respiras demasiado fuerte.

Vamos a divorciarnos anunció una mañana.

¿Cómo? ¡No! Nico, podemos adoptar un niño, lo he estado mirando…

No quiero hijos de otros. ¡Quiero un hijo mío! Y una mujer capaz de dármelo.

¡Dame otra oportunidad, por favor! Te quiero…

Yo ya no te quiero.

Lo dijo tranquilo, mirándola a los ojos. Y dolió más que todos los gritos juntos.

El viernes hago la maleta y me voy le soltó esa tarde.

Antonia en el sillón, envuelta en una manta, le observaba meter camisas en la maleta. Pero ni eso podía hacerlo en paz.

Me voy porque eres un despojo.

Seguía hurgando en la herida.

Ya encontraré una mujer normal.

Antonia en silencio…

La puerta se cerró. Y la casa entera se quedó sumida en el silencio. Y solo entonces se permitió romperse. Lloró de verdad, a gritos, como si fuera a ahogarse, hasta quedarse ronca.

Las primeras semanas tras el divorcio se resumieron en una nube gris. Antonia se levantaba, tomaba un té, volvía a la cama. A veces se olvidaba de comer. O de qué día era.

Las amigas aparecían con comida, le recogían la casa, intentaban hacerla hablar… Ella asentía, les daba la razón en todo, y al rato volvía al sofá y a mirar al techo.

Pero el tiempo pasó. Día tras día, semana a semana. Y una mañana se levantó pensando: se acabó.

Se duchó, tiró todos los medicamentos de la nevera y se apuntó al gimnasio. En el trabajo pidió que la pusieran en un proyecto nuevo: complicado, de tres meses, de esos que te exigen toda la cabeza.

Empezó a hacer excursiones los fines de semana, después escapadas cortas. Madrid, León, Salamanca. La vida seguía.

A Javier lo conoció en una librería: ambos a por el último ejemplar de una novela de Carlos Ruiz Zafón.

Las damas primero dijo él, cediendo el libro con una sonrisa.

¿Y si te cedo yo el libro, y a cambio me invitas a un café? soltó ella, sin pensarlo.

Él se rió, y con esa risa algo le cambió por dentro.

En la cafetería le contó de Marta su hija de siete años, a quien criaba solo desde hacía cinco, tras perder a la madre.

De lo duro que fueron los primeros meses, lo mal que dormía Marta preguntando por mamá, cómo él tuvo que aprender a trenzar el pelo con vídeos de YouTube.

Eres un gran padre le dijo Antonia.

Se hace lo que se puede…

No quiso mentirle. En la tercera cita, cuando vio que eso iba en serio, se sinceró del todo.

No puedo tener hijos. Es un diagnóstico firme, tres intentos de in vitro fallidos, y mi ex marido me dejó por eso. Si para ti es importante, prefiero que lo sepas ya.

Javier quedó en silencio largo rato.

Ya tengo a Marta dijo al final. Y te quiero a ti, aunque nunca tengamos hijos juntos.

Pero…

Puedes le interrumpió.

¿El qué?

Ser madre. Si quieres, puedes. A mi madre le dijeron algo parecido. Y mira, aquí estoy yo. De vez en cuando la vida sorprende.

Marta la aceptó con naturalidad insospechada. La primera vez fue seca, respuestas cortas; pero en cuanto Antonia le preguntó por su libro favorito, se puso a hablar media hora de Harry Potter. En la segunda visita, fue Marta quien le cogió de la mano. En la tercera, le pidió que le hiciera trenzas como las de Elsa.

Le gustas le confirmó Javier. Nunca había confiado tanto en alguien tan rápido.

Dos años pasaron volando. Antonia se mudó a casa de Javier, aprendió a hacer torrijas los sábados, se sabía todos los episodios de La Patrulla Canina de memoria y recuperó fuerzas para volver a querer, de verdad, sin miedo ni dobleces.

La noche de fin de año, con las campanadas, Antonia pidió un deseo en voz baja: Quiero un hijo.

Se asustó al pensarlo ¿para qué abrir heridas viejas? pero ya era tarde, el deseo voló hacia las estrellas.

Un mes después el ciclo no llegó.

No puede ser pensaba, mirando el positivo en el test. Está defectuoso.

Segundo test. Positivo.

Tercero, cuarto y quinto: ¡todos positivos!

Javi… salió del baño tambaleándose. Creo que… no sé cómo ha pasado…

Él lo entendió antes de que terminara. La levantó, dio vueltas con ella en brazos, le besaba el pelo, la nariz, la boca.

¡Te lo dije! ¡Sabía que podías!

En la clínica, los médicos la miraban como si fuera un fenómeno inexplicable. Revisaron antiguos historiales, repitieron pruebas, solicitaron análisis.

Es imposible decía el ginecólogo. En veinte años no he visto un caso así.

¿Pero estoy embarazada?

Lo estás. Ocho semanas ya. Todo perfecto.

Antonia se echó a reír.

Cuatro meses después, se cruzó en el súper con un amigo de Nicolás.

¿Has oído de Nico? preguntó, echando un ojo a la barriga de Antonia, ya redondeada. Va por el tercer matrimonio. Y nada, tampoco.

¿Nada?

Nada. Hijos. Ni con la segunda ni con la tercera, y los médicos dicen que tiene problemas él. ¡Imagínate! Y siempre cargó la culpa sobre ti.

Antonia no supo qué contestar. Por dentro, ni rabia ni rencor. Un vacío donde hubo amor.

…El niño nació en agosto, en una mañana luminosa. Marta esperaba nerviosa junto a Javier en el pasillo.

¿Puedo cogerlo un ratito? preguntó Martita, asomándose a la habitación.

Despacito, cariño le entregó el pequeño bulto, apóyale la cabecita.

Marta miró al bebé con los ojos como platos, luego a Antonia.

¿Siempre será tan rojo, mamá? Mamá…

Antonia se puso a llorar. Javier las abrazó. Marta miraba a su hermano y a ellos sin comprender por qué lloraban todos.

Y ahí Antonia entendió algo importante: a veces solo hace falta la persona adecuada al lado para creer otra vez en lo imposible

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—¡Me has engañado! Nicolás se plantó en medio del salón, rojo de rabia. —¿Cómo que te he engañado? —…