De la llegada de Óscar ya lo sabía toda la aldea desde hacía tiempo. Las chicas se preparaban, se arreglaban el pelo. Pero Ana, la huérfana, ¿para qué iba a hacer todos esos trucos de muchacha? Así, tal y como era. Y fue justo de ella de quien él se enamoró al instante.

De que Alfonso iba a llegar, ya lo sabía todo el pueblo tiempo antes. Las muchachas se preparaban con esmero, peinados nuevos y vestidos elegantes. Pero Leonor, huérfana y sencilla, pensaba para sí: ¿Para qué perder tiempo con los trucos femeninos?. Así, como era, se presentó, y fue precisamente a ella a quien Alfonso eligió de inmediato, enamorándose sin reservas.

En el pueblo envidiaban a Leonor, por haber conquistado a semejante muchacho. Desde su primera aparición en la plaza, las jóvenes suspiraban por él. Era fornido, alto, apuesto, con ese aire de ciudad y unos modales cultivados tras años de estudio en el extranjero. Sus padres, acomodados y respetados, y el abuelo, Don Matías, antigua autoridad del pueblo, que había dado a todos sus hijos una vida próspera y ahora solo esperaba a los nietos, pavoneándose de los éxitos familiares.

Mientras las mozas gastaban horas en atraer la atención de Alfonso, todo fue en vano. Tras sus vacaciones, él se llevó a Leonor consigo y Don Matías le dio una advertencia paternal: Muchacho, la vida a esta niña no le ha sido dulce, no la hagas sufrir. Alfonso prometió cuidar de ella.

Pero en la capital la vida era otra cosa: bullicio, prisas y agitación. Leonor soñaba con que Alfonso conservara ese cariño atento y delicado. Durante los preparativos de la boda aún compartían ilusiones y ternura, pero todo cambió después de la luna de miel. Alfonso empezó a esquivar a su joven esposa, como si le avergonzara, y su suegra, Doña Rosario, apenas le dirigía la palabra, siempre altiva. Cada frase suya era una aguja que le recordaba que no era digna de aquel hijo tan deseado.

No sabes cocer bien el cocido, ni planchar la camisa, ni fregar el suelo, le repetía su suegra. Sufría Leonor, pero ¿adónde iba a marcharse, si no tenía padres y estaban todos bajo el mismo techo? Intentó buscar trabajo, pero Alfonso la desanimó: ¿Y para qué vas a trabajar, con lo poco que ganarías? Quédate aquí.

Y se quedó. Cuando quedó embarazada, Alfonso se sintió más feliz que nunca. Parecía que al fin todo volvía a su cauce: la suegra dejó de culparla y dirigía sus reproches al hijo, pidiéndole que fuera bueno con su mujer. Pero la desgracia llegó pronto: Leonor perdió al niño. Todo se volvió aún más gris.

No vales para nada resoplaba la suegra, ni cabeza ni salud. Solo tienes la cara bonita y ya ves tú de qué sirve eso. Alfonso sonreía, satisfecho, como si no hablaran de su propia mujer.

El siguiente embarazo ya no llenó de alegría a Alfonso. No quedaba ni cuidado ni expectación, solo fastidio porque la figura de Leonor no era la de antes. La suegra regañaba: No la martirices, la niña que viene merece nacer con amor. Pero de amor ya quedaba poco. Alfonso cada día estaba más frío y alejado. Cada noche dormían en habitaciones separadas, él llegaba tarde del trabajo y ya no encontraba a Leonor despierta.

La joven lloraba noche tras noche. Pero, ¿a dónde iría? No quería ese destino para su hija. Sufría en silencio, con una dignidad que heredó de sus padres ausentes.

Nadie la acompañó al hospital el día del parto, pues Alfonso llevaba ya una semana fuera de casa. Ella misma llamó a la ambulancia. Dio a luz sola y, al salir, no supo a dónde debía volver. Delante del portal esperaba un coche adornado con globos. Leonor sonrió creyendo que la hubiera preparado Alfonso, pero no: estaban la suegra, vestida de gala, y Don Matías, con flores.

Gracias, nietecita, no hay en el mundo otro regalo mejor que mi bisnieta, exclamaba el abuelo, radiante. La suegra apenas contenía las lágrimas al contemplar a la niña y no se despegó ni un instante de su lado.

En casa la esperaba una mesa cubierta de manjares. Doña Rosario había horneado la tarta favorita de Leonor.

No pensé, hija, que Alfonso fuera tan miserable confesó entre susurros la suegra. Se perdió en la juerga y abandonó a la madre de su hija. Pero no importa, saldremos adelante sin él. Ya veremos cuánto aguanta sin nosotras. Aquí nadie os hará daño. Lo echaré del piso. Que viva donde quiera, aquí ya no cabe. No vaya a traernos otra esposa.

¿Y cómo la llamaremos? preguntó Don Matías. ¿Quizá Isabel, como tu madre?.

Leonor rompió a llorar, algo que no se permitía desde hacía mucho. La suegra le acariciaba la cabeza: Tranquila, aún te queda mucho por vivir. Mira lo bien que te sienta la maternidad. Él fue un necio por no verlo.

Me iré al pueblo, allí viviremos mejor.

Muy bien, asintió el abuelo. Juntos criaremos a mi bisnieta.

***

Dos años después de la vuelta al pueblo, Leonor recibió una propuesta de matrimonio de Ramón, un chico sencillo y del propio lugar. Antes de cruzar el destino con Alfonso, Leonor ni se habría fijado en él, pero sus prioridades tras aquel desengaño cambiaron: ahora buscaba un hombre que supiera querer y respetar.

Cásate conmigo, ¿dónde hallarás a alguien mejor? Me conoces desde pequeña y soy buen hombre. ¿Y si vuelve Alfonso?

No volverá. Y además, ya no lo quiero, interrumpió Leonor con firmeza.

Mejor así, celebró el abuelo. Nos queda mucho que preparar para la boda.

***

Al enlace acudió Doña Rosario.

¿Pero cómo tratas a Leonor?, recriminaba a Ramón, con tono severo. Hoy ha vuelto a pie del trabajo y la casa está patas arriba, las medias de Isabel sin planchar

¿Quién es usted?, preguntó el novio, molesto.

La suegra.

Exsuegra, puntualizó Ramón.

Bueno, basta ya de discusiones, rió Leonor, una suegra nunca deja de serlo.

Es la preocupación se excusaba la suegra, solo temo que no me dejéis ver a mi nieta.

Venga usted cuando quiera, contestó Ramón, pero nuestra familia la construiremos nosotros solos.

Leonor miró a Ramón con orgullo. Este sí que no dejará que nadie me haga daño, pensó, y sonrió.

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MagistrUm
De la llegada de Óscar ya lo sabía toda la aldea desde hacía tiempo. Las chicas se preparaban, se arreglaban el pelo. Pero Ana, la huérfana, ¿para qué iba a hacer todos esos trucos de muchacha? Así, tal y como era. Y fue justo de ella de quien él se enamoró al instante.