Ocho años de naderías

Ocho años no son nada

El teléfono suena a las siete y media de la mañana, justo cuando Clara está de pie en la cocina mirando cómo el agua empieza a hervir en un cazo. La cocina es antigua, de gas, con unas rejillas de hierro fundido cubiertas por una grasa ajena que, por más que se empeñe, nunca logra limpiar del todo. Cada mañana esa grasa le recuerda que este piso no es suyo, que aquí vivieron otras personas, con sus costumbres, sus cocidos y sus propias vidas.

Mira la pantalla. Laura.

Clara descuelga.

No has contestado a su mensaje otra vez dice su hija, saltándose el saludo.

Buenos días, Laurita.

Mamá, en serio. Me escribió anoche. Dice que le ignoras.

El agua hierve. Clara apaga el fuego y echa una bolsita de té en el cazo. Es té barato, del Mercadona, en sobres de papel. Antes sólo tomaba té de hoja suelta, del bueno, el que Sergio le traía de una tienda exquisita en la calle Serrano.

Que diga lo que quiera responde Clara.

¿Mamá, eres consciente de lo que haces? Vives en una zulo en Vallecas, seguro que tienes hasta cucarachas. Estás sola. Vas a cumplir sesenta

Tengo cincuenta y ocho responde Clara.

¡Eso casi es sesenta! Y has dejado a un hombre decente, un piso céntrico, una vida normal. ¿Por qué?

Clara mira por la ventana. El cielo es gris de noviembre, un plátano sin hojas y fachada de ladrillo amarillo descascarillado del edificio de enfrente. Oye un tranvía pasar por debajo. Aquí las vías ya son viejas, y tanto retumban los tranvías que las dos primeras noches ni pudo dormir.

Luego se acostumbró.

Laura, voy a llegar tarde al trabajo.

Nunca quieres hablar de esto en serio.

Quiero, pero no ahora ni de esta forma. ¿Vienes el sábado? Hago sopa.

A ese zulo tuyo no voy.

Zulo. La palabra ha llegado también hasta Laura. Seguro viene de Carmen.

Vale dice Clara con calma. Hablamos luego.

Mamá

Laura, te quiero. Adiós.

Deja el móvil sobre la mesa. Vierte el té en un vaso de cristal con fondo grueso, lo encontró en el armario junto a las ollas viejas del anterior inquilino. Es un vaso de los antiguos, de los de toda la vida, pesado y con aristas. Hacía como treinta años que no veía uno igual. Da un sorbo. El té está caliente, algo áspero y con un toque a cartón del propio sobre.

Lo toma de pie, mirando el plátano desde la ventana.

Luego se viste y sale de casa.

***

La escalera huele a humedad y a gatos. En el tercer piso vive un gato que nunca ha visto pero que de noche escucha corretear. No hay ascensor. Cuatro tramos de escalera, pasando por los buzones abollados y por un trineo viejo que lleva ahí desde el invierno pasado.

Fuera no hará más de cinco grados. Clara cierra el abrigo y camina hacia el metro. Aún no conoce bien Vallecas: seis meses aquí y todavía se pierde a veces en los callejones. Puente de Vallecas, Numancia, Entrevías. Las calles no son como las del centro. Más tranquilas, más anchas, con árboles. La gente camina deprisa, sin mirarse, como en todo Madrid, aunque aquí no está esa prisa nerviosa del centro que tanto la irritaba.

Compra en el supermercado de abajo un litro de leche y media barra de pan. La cajera, una chica joven con sombra verde en los ojos, no alza la vista. Clara recoge el cambio, mete la compra en la bolsa y sale.

En el metro hay calor y bullicio. Viaja de pie, asida a la barra, pensando en el proyecto. Ayer terminaron con Guillermo los primeros planos de medición y hoy les toca gestionar la cubierta del sótano, que, a juzgar por el estado, sólo se mantiene por la gracia divina y algún milagro de arquitectura del XIX.

La casa está en Pacífico. Es pequeña, de finales del siglo XVIII, un caserón central, dos alas laterales y lo que fue una cochera transformada mil veces hasta perder casi el sentido original. Cambió de dueños mil veces; la República la convirtió en almacén y acabó abandonada. Estuvo vacía veinte años. Ahora hay presupuesto, una dirección interesada en rehabilitarla como centro cultural y un buen equipo. Clara es la arquitecta principal de restauración. Guillermo, su compañero, lleva toda la parte estructural.

Es trabajo de verdad. No como los encargos pequeños por los que le pagaban cuatro perras durante sus últimos años con Sergio, trabajos sólo para no aburrirse, sino algo grande, con historia.

***

Guillermo ya está allí cuando ella llega. De pie en medio del salón grande, con su chaqueta gris y el metro en la mano, mirando al techo.

Buenos días saluda Clara al entrar.

Mira responde él señalando el rincón donde el yeso se ha levantado, dejando ver el ladrillo antiguo. Creo que sé por qué cede el techo. Hay una viga arriba completamente rajada. Esto ya no es restaurar, es casi sustituir.

¿Rajada o separada por los anillos del tronco?

Ven, te enseño.

Suben al segundo piso por una escalera que ya reforzaron un poco, aunque sigue crujiendo. Ella se apoya en la barandilla y siente ese olor a madera antigua, seco y dulzón, con un matiz de polvo y algo sin nombre. El olor del tiempo. Olores de otras vidas disueltas en los muros.

A Clara siempre le ha gustado ese olor.

Guillermo le muestra la viga. Ella se agacha, saca la linterna, examina la grieta.

No es por los anillos dice. Mira cómo va. Es daño mecánico. Aquí debieron poner algo enorme.

Seguro. Alguna prensa o varias. Era un almacén.

Guillermo se agacha a su lado. Fuera, por la ventana rota, sopla el viento.

Así que cambiamos la viga afirma él.

Sí, pero usando la misma técnica. Estuve buscando las especificaciones en el archivo. Sería pino local, pero bien curado.

Hoy día es difícil de conseguir

Se puede. Tengo un proveedor de Ávila, ya trabajé con ellos en otra restauración. Les llamo.

Guillermo asiente. Se sacude las rodillas. Es alto, algo encorvado, con esa forma de escuchar que consiste en bajar la cabeza como pensando siempre en otra cosa. Es engañoso, escucha bien y nunca interrumpe. En cuatro meses de trabajo juntos, Clara se ha acostumbrado a ello y lo aprecia.

¿Te apetece un té? le pregunta. Traje termo.

Me apetece.

Van al pasillo, donde él tiene la bolsa. Saca el termo, dos vasos de plástico. Sirve.

Hoy estás empieza Guillermo, mirándola.

¿Cómo?

No sé, muy centrada.

Clara sonríe.

Eso es que me ha llamado mi hija, o mi hermana.

No pregunta más. Sólo le pasa el vaso.

Ella lo coge. El té sabe bien, no es de sobre.

***

El domingo vio a Carmen. Su hermana mayor llegó sin avisar: Ábreme, que traigo empanada. Clara bajó y abrió.

Carmen es tres años mayor, vive por Atocha con su marido Rafael, trabaja de contable, y su idea de la vida es inamovible. Entra en la casa, mira alrededor, y en su cara aparece esa mezcla de lástima y triunfo que Clara conoce desde niñas.

Virgen santa, ¿eso es un baño o un trastero?

Es el baño.

Pero si la baldosa está rajada.

Carmen, ¿y la empanada?

Sí, la traigo dice ella, pero antes repasa la cocina entera. Explica, anda. Tenías un piso en el centro, tres habitaciones, parquet, techos altos, un hombre serio ¿Qué pasa, te maltrataba?

No.

¿Te fue infiel?

No lo sé. Y al final, me daba igual.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lo dejaste? ¿Te ha dado por la tontería a estas alturas?

Clara saca platos.

Carmen, déjalo.

¿Dejarlo? ¡Soy tu hermana! ¿No tengo derecho a saber? Laura me llama, llora. Él me pregunta si sé algo de ti. Es un buen hombre, que lo sepas.

Claro que lo es. Para otra. Corta la empanada, anda.

Tú siempre igual, querer hablar nada.

Ya te lo he explicado todo, varias veces.

Pero no me dices nada. No me encontraba bien. Pues nadie está siempre bien. ¿Te crees que a mí con Rafa todo es de color de rosa? Y no me escapo a una chabola en Lavapiés.

No es una chabola, vivo sola.

¡Sola, a los cincuenta y ocho! Trabajando por cuatro duros, ¿y dices que todo va bien?

Clara mira a su hermana. Carmen, enfrente, con su típico jersey beige, su rostro mezcla de desconcierto e incredulidad. Es imposible enfadarse con ella.

Carmen dice Clara bajito.

Sin ti me las apañaría muy mal, boba le interrumpe Carmen.

Clara niega con la cabeza: Me las apañaré, pero a mi manera.

Carmen la mira perpleja.

¿Qué dices?

Nada. Cosas mías Clara corta la empanada. ¿De qué es?

De repollo. Aún la observa suspicaz. ¿Y cómo estás, de verdad? ¿Vas al psicólogo?

Voy.

¿Y qué dice?

Que estoy tomando las decisiones correctas.

Claro, para eso le pagas.

Beben té con empanada. Carmen cuenta sus anécdotas, la espalda de Rafa, los vecinos, su perro. Clara escucha. Empieza a oscurecer, el cielo sobre el plátano se tiñe de violeta.

Cuando Carmen va a irse, se detiene en la puerta.

Podrías escribirle dice. Le preocupa la situación.

Vale dice Clara.

Sabe que no lo hará.

***

Ocho años compartió con Sergio. No estaban casados, él siempre se negó, lo cual ya decía mucho, aunque Clara tardó en entenderlo.

Los dos primeros años fueron distintos, o eso recuerda. Él era atento, la llevaba a teatros, a cenar; viajaban a Italia, a París. Sergio decía que tenía buen gusto, que era lista. Luego todo fue cambiando, casi imperceptiblemente, como una fisura en una pared.

Empezó con detalles. Un día fue a su cena de empresa con un vestido verde que le encantaba. Sergio la miró en el recibidor y soltó: ¿Estás segura?. Nada más. Pero se cambió, se puso el negro.

Siguieron los comentarios sobre su comida. Sobre cómo hablaba con sus amigos. Sobre el tiempo que dedicaba al trabajo para tan poco fruto. Siempre con ese tono comprensivo, de favor.

Clara, sabes que la rehabilitación no es un campo de futuro. Es un callejón para gente sin ambición.

Sí que tengo ambición.

Anda ya se reía. Eres buena profesional, simplemente normal. No es malo.

Ella no respondía. Se encerraba en otra habitación, miraba la pared intentando entender por qué dolía tanto aquella amabilidad.

Nunca alzó la voz, nunca la tocó. Pero erosionaba todo: su autoestima, su trabajo, sus amistades. Hacía que Clara creyera que todo lo bueno le era debido por estar a su lado.

Cocinaba cocido, dudando si le saldría bien. Llamaba a sus amigas, preguntándose si era demasiado frecuente. Acudía a reuniones laborales preguntándose si parecía demasiado segura. Esa voz interna con dudas llevaba la voz de Sergio.

Hasta aquella noche.

Estaban en la casa de unos amigos de él, Javier y Marta, en un piso bueno de Chamberí. Surgió el tema de nuevas promociones de vivienda y Clara, sin más, dio una opinión técnica. Sergio la miró y, con esa media sonrisa, dijo:

Clara es experta, pero sabes, hay expertos prácticos y teóricos. Ella es de las segundas. Hace mucho que no hace algo grande.

En la mesa hubo un segundo de silencio. Clara sonrió.

Terminó su cena, bebió vino, aguantó el tipo. Cuando volvía a casa en taxi pensaba sólo: ya no puedo más.

No es mala persona, no soy infeliz. Sólo: ya no puedo más. Como quien topa con una pared sin salida.

Tres meses tardó en irse. Buscó este piso en Vallecas, mudanza en dos viajes de furgoneta. Sergio viajaba por negocios. Le dejó las llaves y una nota: Perdón.

Luego pensó por qué puso eso. No lo sabe.

***

Noviembre en Vallecas es diferente. Cerca del parque, por las tardes al volver del trabajo, Clara a veces da un rodeo entre álamos viejos. Las hojas ya han caído, el suelo está mojado, cruje a su paso, pero se respira un aire callado y húmedo que a ella le reconforta.

En casa siempre hace frío. La calefacción se nota poco y los radiadores son como reliquias: o abrasan o están helados. El grifo de la cocina gotea; el casero prometió fontanero, pero no aparece.

Clara compra una junta de caucho en el Bricor y la cambia ella misma. Le lleva cuarenta minutos, dos uñas rotas y un improperio cuando la llave inglesa se le escapa y se da en el codo. Luego abre el grifo. No cae ni una gota.

Siente algo parecido al orgullo. Ridículo, pero genuino.

Por las noches trabaja en la mesa de la cocina. Extiende planos, enciende la lámpara antigua de pantalla verde que trajo de su primer piso, de un mercadillo de El Rastro en los noventa. Sergio odiaba esa lámpara, decía que desentonaba. En el centro la tenía guardada. Aquí brilla sobre los planos.

La restauración de la casona va despacio, como ocurre con lo grande. Primero medir, luego archivo, luego análisis, después la propuesta. A Clara le gusta ese proceso honesto. O aguanta el edificio, o no; o hay historia, o es inventada.

En el archivo de Madrid, encuentra un par de documentos. Resulta que en el XIX la casa fue de la familia de un comerciante, Gómez, luego de su hija, que montó una pequeña escuela. Después la revolución; la casa, almacén. La hija se llamaba Virtudes. En una foto aparece una mujer de unos cincuenta, de espalda recta y una expresión como si supiera algo que el fotógrafo no capta.

Clara se queda un rato mirando esa foto.

Luego vuelve a los planos.

***

Un día Guillermo le pregunta cómo acabó en restauración.

Están en su coche, calentando el motor antes de ir al archivo. Fuera cae la primera nieve del año, finísima.

Antes diseñaba edificios dice Clara, bloques nuevos, oficinas de todo tipo. El dinero no faltaba. Pero una vez acompañé a una amiga para ver la restauración de una ermita. Y se me encendió algo.

¿Y?

Pues que descubrí que era eso lo que me llenaba.

Él calla.

Eso es raro dice. Saber lo que es importante.

¿Tú también tuviste ese momento?

No fue de golpe. Me llevó años parar y ver lo que quería.

Ella lo mira. Él contempla la nieve pegada al limpiaparabrisas.

¿Y ahora?

Ahora esto. Señala el archivo. Y me gusta.

Hay buen ambiente en el coche. Huele a tapicería y a café recién hecho.

Arrancan hacia el archivo.

***

Sergio aparece un miércoles.

No lo espera. Llama a la puerta a las ocho de la tarde, cuando ella cena yogur griego delante de sus planos. El timbre es antiguo, igual que todos aquí.

Clara abre esperando al casero o a algún vecino.

Sergio está en el rellano, con su abrigo de paño y un ramo pequeño. Crisantemos. No le gustan los crisantemos. Nunca lo aprendió en ocho años.

Hola dice él.

Ella tarda tres segundos en responder. Sólo lo mira.

¿Cómo tienes la dirección?

Laura me la dio.

Así que Laura. Clara toma nota mentalmente.

¿Qué quieres? le pregunta.

Hablar. Sonríe, esa sonrisa de siempre. ¿Me dejas pasar?

Duda un instante. Se aparta de la puerta.

Él entra. Observa la entrada, los desconchones del papel pintado, el perchero torcido, las botas junto a la puerta.

Así que aquí vives.

Aquí vivo.

Clara él le coge la mano. Ella la retira. Él no se ofende, cambia el ramo de mano. Mira. Entiendo que necesitabas tiempo, pero ya han pasado seis meses. Creo que ya basta.

¿Basta de qué?

De estar sola, desconectar, no sé. Va a la cocina, ve los planos. ¿Estás trabajando?

Sí, en la restauración de una casona en Pacífico.

Bien. Eso está bien para ti.

Está bien para la ciudad también. Es del siglo XVIII.

Él deja los crisantemos sobre los planos. Ella los aparta.

Clara dice él. ¿Eres consciente de dónde estás? ¿De verdad vives aquí?

Sé bien dónde vivo.

Quiero que vuelvas.

Ella lo mira. Sergio, objetivamente, es atractivo. Sesenta y cinco años, pero aparenta menos, arreglado, elegante.

¿Para qué? pregunta.

Parece desconcertado, no esperaba esa pregunta.

¿Cómo que para qué?

¿Por qué quieres que vuelva?

Porque porque me faltas.

¿En qué?

Clara, qué tipo de conversación es esta.

Normal. Dices que te hago falta. Pregunto: ¿en qué?

Él la mira. Aparece el gesto de irritación disfrazado de paciencia.

Me faltas tú. Ocho años juntos.

Lo sé.

¿Y así, sin más, te vas?

No fue de repente. Se cruza de brazos con el jersey y vaqueros viejos, nada elegante. No me fui de golpe. Me fui durante ocho años. Solo que tú no lo veías.

No lo entiendo.

Lo sé. No puedes.

Explícamelo.

Ya lo he hecho. Su voz es serena, incluso le extraña. Hace seis meses estaría llorando o perdida. ¿Recuerdas la noche en casa de Javier y Marta?

¿Qué noche?

Me llamaste teórica. Que hace mucho no hago nada grande. Allí, delante de todos.

Él lo piensa.

Era una broma. Ni me acuerdo bien.

Quizá broma. Pero había muchas. Yo las recuerdo.

Clara, eres muy sensible.

Puede.

Nunca quise herirte.

Quizá no. Pero me hacía daño.

Menuda tontería.

Ocho años de tonterías.

Él calla. Mira la vieja lámpara y el vaso de cristal junto al fuego.

¿Estás bien aquí? ¿En serio?

Depende del día. A veces cuesta. Estoy sola, paso frío. Pero prefiero esto.

Es un espejismo.

Tal vez, pero es mío.

Él recoge su abrigo. La mira y, por un momento, parece alguien distinto, menos seguro.

No soy un extraño para ti.

No dice Clara. Pero tampoco eres ya de los míos. Sergio, vete a casa.

Permanecen un segundo frente a frente. Luego él sale.

Te vas a arrepentir.

No suena a amenaza, casi es pena.

Puede ser dice ella.

Cierra la puerta. Mira el portero automático, de cuero sintético, con su mirilla minúscula. Vuelve a la cocina, pone los crisantemos en una vieja botella con agua. Después de todo, son flores.

Regresa a los planos.

El tranvía retumba fuera. Un par de veces. Después silencio.

Se da cuenta de que ya no lo percibe como una molestia.

***

La presentación de la propuesta es para la segunda semana de diciembre. Una primera toma de contacto; el cliente quiere ver la idea global: qué se conserva, qué se recupera, qué se reconstruye y por qué. Clara prepara el dosier a conciencia. Guillermo lo hace en paralelo; por las noches se llaman, discuten detalles.

Un día él menciona la cubierta del sótano, ella no está de acuerdo, y el debate dura cuarenta minutos hasta que los dos entienden que ambos tienen razón, cada uno desde lo suyo: ella piensa en la estética, él en la resistencia.

Eres dura dice él sin acritud.

En el trabajo.

Eso es bueno.

No añade nada sentimental.

Clara cuelga con una sonrisa.

***

Tres días antes de la defensa, llama Laura. De noche.

Mamá dice, y su tono es otro, muy distinto al de los últimos meses. ¿Puedo ir?

Claro.

Laura llega con una botella de vino y una expresión decidida, aunque no sepa cómo expresarlo. Se parece a Clara de joven: los mismos pómulos, las mismas manos. Tiene treinta y dos años, es diseñadora, vive con su pareja en Lavapiés.

Se sientan en la cocina. Clara sirve vino en vasos de cristal. Laura dice que da igual que no sean copas.

¿Te llamó después de venir? pregunta Laura.

No. Envía mensajes, a veces.

¿Y qué pone?

De todo. No siempre respondo.

Laura juega con el vaso.

Mam, fui yo quien le dio la dirección. ¿Te enfadas?

No.

Pensaba No sé qué pensaba. Que hablaríais y

Hablamos.

¿Y?

Nada. Se fue.

Silencio. Luego, Laura mira su vaso.

He estado todo este tiempo de su parte, lo sabes.

Lo sé.

Yo creía que quizás tenías que volver a la normalidad. Me daba pena, le veía tan solo, tan perdido.

Sabe fingir bien.

Sí Laura la mira a los ojos. Me di cuenta hace poco. Me llamó tras verte y dijo cosas Dijo que siempre fuiste rara. Que te aguantó. Que te hizo el favor de estar contigo ocho años.

Clara asiente.

Eso diría.

Mamá, ¿lo pasaste mal?

Mucho.

¿Y por qué no me lo contaste?

Clara piensa.

Quizá porque no sabía decirlo en palabras. Si no te pegan, no te echan, no te ponen los cuernos, cuesta explicar lo que te duele. Sobre todo a una hija que sólo le ve en su mejor versión.

Laura se levanta, la rodea y la abraza. Clara no sabe qué hacer un segundo, luego la corresponde. La cabeza de Laura es cálida, huele al champú de pera que usaba desde adolescente.

No eres tonta le dice Laura al oído. Tía Carmen se equivoca.

Clara se ríe.

Es bueno saberlo.

Terminan el vino. Laura mira los planos, pregunta por la casona. Clara le enseña la foto de Virtudes Gómez. Laura dice: Se parece a ti. Clara la mira de nuevo. Puede ser.

Laura se va a las once y media, promete venir el próximo sábado.

Clara lava los vasos, recoge los planos, se queda un rato en la ventana.

Ya no pasan tranvías, es tarde. El patio brilla azul bajo la farola. Sólo una ventana encendida en el edificio de enfrente, alguien cruza al fondo.

Piensa en llamar a Guillermo para consultar un detalle, pero es tarde; dejará pasar la noche.

***

La defensa es en la sala de la empresa de proyectos. El cliente es serio, con abogados y una asesora en patrimonio muy precisa en sus preguntas. Clara responde firme. Guillermo aclara lo técnico. En una ocasión le consultan sobre los plazos para la viga y ella dice la verdad: si consiguen la madera a tiempo, van bien; si no, retraso de tres semanas. La asesora frunce el ceño. Clara añade: Mejor decirlo ahora que luego justificarlo.

La asesora asiente. Eso parece gustarle.

Ya en el pasillo, Guillermo sostiene la carpeta de planos.

Creo que dan el visto bueno dice él.

Yo también.

Se miran. Hay mucha gente, movimiento de carpetas.

¿Te apetece cenar? Aquí cerca hay un sitio majo. Por celebrarlo.

Ella lo mira.

Me apetece.

Caminan por el diciembre madrileño, por Pacífico, bajo luces y tejados nevados. Guillermo va al lado, la cabeza un poco baja, su gesto habitual. No hablan de nada especial; madera para las vigas, clientes exigentes, lo pronto que oscurece.

El café es pequeño, con cortinas gruesas y mesas de madera. Piden platos calientes y una copa de tinto. La charla se alarga, no sólo de trabajo. De la ciudad, de los libros, de cómo Madrid cambia. Clara comprueba que ni mira el reloj.

Al salir, Guillermo le ayuda con el abrigo. Un gesto sencillo, cotidiano. Ella no le da más importancia. O sí, pero no se precipita.

Fuera, él dice:

Me alegro de que trabajemos juntos.

Ella responde:

Y yo.

Cada uno toma su camino hacia el metro.

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Ocho años de naderías