La Elección
Vaya, resulta que Fede está casadísimo suspiraba Estrella, sentada en un banco del parque, apretando en el bolsillo el papel de la cita para la clínica.
En el piso de estudiantes, sus compañeras la miraban con envidia cuando veían a ese moreno de ojos claros, siempre elegante y atento, al lado de Estrella. Decían que había tenido suerte con su galán. Pero al final, no había nada que envidiar.
Estrella se estremeció al recordar aquel primer y último encuentro con la esposa de Federico, quien la esperó a la salida de la fábrica para dejarle las cosas claras.
Buenos días. Eres Estrella, ¿verdad? comenzó la mujer.
¿Y usted quién es? preguntó, sobresaltada por la mirada penetrante de esa señora alta, esbelta, de melena rubia platino.
Olga, la esposa de Federico Gutiérrez.
¿Perdón?
Has oído bien.
Otra ingenua dijo con calma la mujer. ¿Cuántas como tú habrá en el mundo? Nunca se acabarán las que cazan afectos ajenos.
¿Pero qué se piensa usted?
Mira, la rubia le tomó el codo con cuidado, ¿la que se toma libertades eres tú o soy yo? Yo, que soy su esposa, te vi con mi marido, y aun así te me enfrentas en vez de disculparte y desaparecer de pura vergüenza aunque, claro, eso solo lo hacen las personas decentes, y tú, evidentemente, no eres una de ellas.
De esas como tú la miró de arriba abajo ha tenido tantas que no me alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas.
Saliste con un casado, ¡sinvergüenza! Para él no eres más que una aventura pasajera. Un capricho y se acabó. Aléjate cuanto antes.
Por cierto, tenemos dos hijas, ¿quieres ver nuestra foto familiar? Olga sacó una imagen y se la mostró a Estrella, que la miró boquiabierta. Mira, prueba de nuestro amor verdadero. Esto fue en Benidorm hace un par de meses…
¿Te ha dejado muda?
¿Qué es lo que quiere de mí? Arregle sus asuntos con su marido.
Ya lo haré, no te preocupes. Hace poco empezó a trabajar en esta fábrica, buen sueldo y ahora apareces tú en nuestro horizonte
Desiste, acepta las cosas como son. No le hagas caso, Fede no se va a divorciar. No pierdas el tiempo. ¿Cuántos tienes? ¿Treinta?
¡Veinticinco! repuso Estrella, ofendida.
Pues eso, todavía tienes tiempo de casarte y tener hijos. Déjanos en paz a Federico y a mí.
Estrella no escuchó más. Con las piernas temblorosas, se alejó despacio de la esposa que irrumpió en su mundo ideal, demolió de golpe sus ilusiones y esperanzas.
Traidor balbuceó Estrella, notando un nudo en la garganta. No podía permitirse llorar en público. No quería que en el trabajo se hablase de sus penas.
Esa tarde, como si nada, apareció Federico con flores. Estrella, con los ojos hinchados, lo echó de casa a pesar de sus promesas de amor y jurar que su matrimonio hacía tiempo que era solo de apariencia.
Dos semanas necesitó Estrella para sobreponerse. Federico no volvió a molestarla. Fingía no conocerla y apartaba la mirada si se cruzaban.
Las desgracias nunca vienen solas Al principio, Estrella achacó las náuseas y mareos matutinos al disgusto, hasta que comprendió que su ingenua e intensa relación con Fede había dado fruto.
«Seis semanas», le sonaba a condena.
Aterrada, no quería convertirse en madre soltera. Sentía que todos la miraban y la juzgaban por haber confiado en alguien a quien apenas conocía.
Federico le ocultó que era casado. ¿Qué podía haber hecho? ¿Pedirle el DNI cuando se conocieron? No llevaba anillo, aunque ni todos los casados lo usan.
¿Por qué no le extrañó que él pidiera mantener su relación en secreto en el trabajo?
Él la engañó, pero eso no le consolaba. Además, en la fábrica ya corrían rumores sobre la visita de Olga.
Estoy embarazada aprovechó la pausa de la comida para decírselo a Federico.
Te doy dinero, pero interrumpe murmuró él, como si nada.
Al día siguiente, Federico se fue del trabajo. Desapareció de su vida para siempre.
Estrella entendió que no debía dejar pasar el tiempo. A pesar de todo, recogió el volante para la intervención.
Y ahora estaba allí, sentada en el banco del parque, apretando el papel como si temiera perderlo.
¿Tiene prisa? oyó la voz de un chico en traje, que se sentó junto a ella con un enorme ramo de crisantemos granates.
¿Perdón? miró con ojos vacíos al desconocido.
Digo que lleva el reloj adelantado señaló él, apuntando su reloj dorado.
Siempre va diez minutos adelantado, siempre me pasa igual por más que lo ajuste dijo ella, girándose con desgana.
El día está precioso hoy, ¿verdad? Un verdadero veranillo de San Miguel. A mi madre le encanta. Dice que fue un día como este cuando eligió el camino correcto en su vida, y nunca se arrepintió.
¿Lo sabía? preguntó el charlatán, de repente volviéndose entrañable. Mi madre es así mostró el pulgar. Estoy muy agradecido por ella.
¿Y tu padre?
Nunca habla de él, y yo tampoco pregunto. Veo que le duele recordarlo…
Vengo de una entrevista, ¿puede creerlo? Me escogieron entre diez para un gran puesto. Soy el único sin experiencia, parece mentira…
Eso se lo debo a la confianza que me dio mi madre
Y ya sé en qué gastaré el primer sueldo: le compraré un viaje al mar. Nunca ha visto el mar.
¿Y tú?
No Estrella miró al joven que sonreía abiertamente, fijándose ahora en la corbata granate.
El chico parecía iluminarse de felicidad.
Es regalo de mamá aclaró, acariciando la corbata.
Te estaré aburriendo con tanto hablar, pero me hacía ilusión compartir mi alegría contigo te veo tan triste…
Pensé que quizás necesitabas a alguien con quien charlar. ¿Te estoy molestando?
Estrella negó con la cabeza. El desconocido no la incomodaba. Logró apartar las ideas negras que la rodeaban. Y su admiración por la madre le resultaba casi admirable.
«¡Qué amor tan leal! pensaba ella, observando al chico. Qué suerte tiene su madre Ojalá yo tuviera un hijo así»
Bueno, me voy. Mamá me espera y seguro está preocupada ¡No tengas prisa!
¿Perdón?
Se lo digo a tu reloj se echó a reír.
Ah sonrió ella también.
Un minuto después, el chico desapareció. Estrella rompió el volante en trocitos y los arrojó al viento.
Se quedó allí largo rato, respirando el aire de aquel día soleado de otoño.
Sintió el alma más ligera, más cálida después de aquel encuentro tan fugaz y, a la vez, tan cercano.
Ya no se sentía sola. Aquella madre sola crio y educó a un hijo maravilloso. Lástima que no le preguntó el nombre, pero ahora eso ya no importaba
La elección estaba hecha.
***
Veintitrés años después
Mamá, que llego tarde dijo Nacho, ajustándose ante el espejo mientras su madre le arreglaba la corbata granate, recién comprada, para una entrevista de trabajo importante.
¿Y si no la llevas?
La necesito para sentirme seguro. Todo irá bien, seguro que te cogen ¡Ahora sí, perfecto! concluyó Estrella, admirando el porte de su hijo.
Estoy nervioso, ¿y si?
Ese puesto es tuyo. Responde claro y sonríe. Eres irresistible.
Vale, mamá. Nacho le dio un beso y salió corriendo.
Estrella lo siguió con la mirada desde la ventana, viendo cómo la persona que más quería en el mundo caminaba con determinación hacia la parada del autobús.
De repente, un escalofrío le recorrió la espalda.
Eso ya lo había vivido
El chico del parque, hace más de veinte años
Ahora Nacho, en su traje, le recordaba tanto a aquel desconocido
Había olvidado aquel encuentro durante años. De repente, la memoria se lo devolvía.
¿Acaso fue el destino quien le mostró en aquel entonces la vida de la que quería privarse (¡qué palabra tan dura!)? ¿Una señal para tomar la decisión correcta y guiarla hacia el camino que realmente necesitaba?
¿Y por qué no le preguntó entonces, si eran casi de la misma edad, cómo se llamaba, ni el nombre de su madre?
Quizás ahora eso ya no importe
Todo salió a pedir de boca.
Al volver Nacho a casa, traía un enorme ramo de crisantemos, a juego con su corbata, y la noticia de que lo habían contratado.
Prometió, además, que pronto irían juntos al mar, pues Estrella nunca lo había visto.
Por fin había llegado el momento en que su hijo pudiera cuidar de su madre querida. Por ella movería montañas; por ella, haría retroceder el río. Así era el hijo de Estrella.
Por difíciles que fueran los años, abrazada a su aroma, siempre encontraba alivio.
Superaron todo, resistieron todo, nunca perdieron la esperanza.
Estrella jamás se arrepintió de haber dado a luz. Tomó la decisión correcta para sí misma.
Y así debía ser.
La vida da vueltas inimaginables, y una elección, por difícil que sea, puede ser la puerta a la mayor felicidad.







