¿Y ahora cómo sigo adelante sin ti? ¿Qué se supone que haga? ¿Para qué seguir viviendo? Las lágrimas corrían por mis mejillas y, dentro de mí, sentía una soledad tan profunda; en mi pecho ya no latía un corazón, solo quedaba un vacío oscuro.
A Elena la quise desde que éramos unos críos. Pequeñita, delicada, con sus pecas doradas en la nariz y ese pelo cobrizo tan especial. Jamás olvidaré la primera vez que la vi así, ya en sexto de Primaria, y desde aquel día me enamoré sin remedio.
Ella era tres años menor que yo. Siempre fue la mejor de su clase, callada, atenta, con una presencia discreta y serena que a mí me parecía de otro mundo.
Con cada año que pasaba, mi cariño por Elena solo crecía más. La observaba de lejos durante el recreo, jugando con la comba junto a sus amigas, ligera y feliz como una mariposa. Cuántas veces soñé en secreto que un día seríamos marido y mujer.
El día que regresé del servicio militar, ni lo dudé: fui directo a buscarla con un ramo de claveles, pidiéndole la mano a su padre.
El padre de Elena siempre fue un hombre serio, parco en palabras. Aquella tarde, tras una larga charla a solas, finalmente me estrechó la mano entre una sonrisa y asentó: Elena estaba prometida conmigo.
La boda fue enorme, alegre, ruidosa; hasta los parientes más distantes viajaron hasta nuestro pueblo, perdido entre los campos de Castilla. Tardamos tres días en celebrarlo todo. Los ojos de Elena brillaban como nunca, y yo estaba henchido de orgullo: para mí, ella era la novia más bella de todas.
En apenas dos años, y con la ayuda de mis padres, logramos levantar nuestra propia casa. Elena relucía de felicidad: apenas tres meses antes de nacer nuestra primera hija, ya estábamos viviendo bajo nuestro propio techo. Pequeños momentos de familia.
Nació nuestra primera niña y la llamamos Inés, el nombre de la abuela materna de Elena. La pequeña era fuerte y sana. Pero el parto le pasó factura a Elena, que estuvo casi un año pálida y débil, agotada. Los médicos del centro de salud en Valladolid la miraban con gesto inquieto y siempre repetían lo mismo: tiempo, necesitaba tiempo para recuperar fuerzas.
Cuando Inés tenía dieciocho meses, descubrimos que Elena estaba de nuevo embarazada. Los doctores recomendaron que no siguiera adelante. Decían que su cuerpo seguía demasiado débil y que podía ser peligroso, tanto para ella como para el bebé.
Yo también insistí, apoyando lo que decían los médicos, pero Elena siempre fue de ideas claras.
No pienso renunciar a mi hijo. No tiene culpa de nada, quiere venir al mundo, lo dejo en manos de Dios solía repetirme mirándome fijamente.
El último mes del embarazo fue complicadísimo y mantuvieron a Elena ingresada en el hospital. La pequeña Inés se moría de pena en casa, y yo apenas encontraba consuelo o descanso.
Sentía que algo malo se avecinaba y, desgraciadamente, así fue. Elena no superó el parto. Simplemente, su corazón se detuvo. Pero antes de irse trajo al mundo a dos hermosas gemelas.
Me sentí inconsolable. En el cementerio, de pie ante el montículo de tierra recién removido, la vida entera pasaba ante mis ojos. Veía los días felices, el brillo de su risa, su voz alegre resonando en mi mente. Me desmoroné allí mismo, llorando como nunca lo había hecho en mi vida.
¿Y ahora? repetía entre sollozos, las lágrimas empapando mis mejillas. ¿Qué sentido tiene seguir?
Tras el entierro, me refugié en la bebida. Intentaba olvidar, engañar al dolor, no escuchar aquella risa y esa voz que no se borraban de mi memoria.
Los padres de Elena decidieron llevarse a las niñas a su casa en Ávila, convencidos de que yo no me repondría y no podría cuidar de ellas. Estaban equivocados, pero entonces yo tampoco tenía fuerzas para discutir.
Cuarenta días después, borracho otra vez, tuve un sueño. Elena apareció en la casa, vestida de blanco, el pelo suelto resplandeciendo como cobre al sol. Se acercó y, con la dulzura de siempre, me acarició la cabeza:
Pablo, querido, ¿qué estás haciendo? ¿No te da vergüenza? se reía, fruncía los ojos verdes y me señalaba con el dedo. Tus hijas apenas ven a su padre. Te necesitan tanto como me necesitabas a mí. Si aún me quieres, cuídalas y dales todo tu amor.
Me desperté sin resaca, extraño, casi lúcido. Fuera, el sol asomaba y se colaba por la ventana calentándome la cara.
En cuanto amaneció, me aseé, me puse la ropa planchada y crucé el pueblo hasta la casa de mis suegros. Besé la mano de mi suegra, abracé a mi suegro y, serio y sereno como nunca, recogí a mis tres hijas y me las llevé de vuelta a casa.
Aprendí a ser padre y madre. Enseñé a las niñas a trenzarse el pelo las llevaban siempre de punta en blanco al colegio de Benavente y les cocinaba, bordaba y remendaba la ropa. Se portaban bien, sacaban buenas notas y jamás me dieron un disgusto.
Si alguien las hacía llorar, yo era el primero en saltar a defenderlas.
Mis vecinos a menudo me preguntaban por qué no me volvía a casar. Era joven, aún atractivo, trabajador. Muchas viudas y solteras intentaban acercarse, pero a todas les respondía:
Yo ya estoy casado desde hace mucho. Además me reía con tres novias en casa, ¿para qué traer una más? ¡No podría con cuatro mujeres!
Así, entre bromas y noches en vela, días eternos y mucho esfuerzo, las crié. Las niñas crecieron hermosas y listas y cuando llegaron al instituto en Salamanca, seguían viniendo a casa los fines de semana a ayudarme con el huerto y la casa.
Cuando llegó el momento, fui entregando a cada hija a su respectivo pretendiente, igual que el padre de Elena hizo conmigo tantos años atrás. Solo deseaba que todas fuesen felices.
Mis hijas, ya adultas, formaron sus propias familias, tuvieron hijos y aún así jamás se olvidaron de su padre. Cada fiesta señalada, cada domingo, todos venían en tropel a visitarme al pueblo. Me querían mis hijas, mis nietos, incluso mi primer bisnieto.
El día que cumplí ochenta y un años, soñé de nuevo. Caminaba por un campo de tierra dorada y verde, joven y fuerte como cuando era muchacho, con la camisa abierta al viento. A lo lejos, corría hacia mí mi querida Elena, descalza y vestida de blanco, con el cabello como una llamarada bajo el sol.
Nos abrazamos, me miró con esos ojos suyos y me dijo, con la misma dulzura de siempre:
Pablo, cariño, qué orgullo siento de ti. Has hecho feliz a nuestras niñas. Lo he visto todo, he rezado por ti cada día.
Tomándome la mano suavemente, me susurró:
Ven, ahora por fin estaremos juntos para siempre.
Y así, de la mano, atravesamos juntos aquel prado interminable.
Toda la familia vino a despedirse cuando falté. A mis hijas les costó decir adiós, pero sabían que al fin volvía con la única mujer que amé toda mi vida.
Esta es la historia real de un hombre bueno, un padre ejemplar, que prefirió sacrificarlo todo por sus hijas. Así lo recordaron siempre en nuestro pueblo.
¿Y vosotros, qué pensáis? ¿Qué es lo más importante en la vida? Os invito a dejar vuestro comentario y seguir leyendo mis historias.





