Diario personal, 18 de agosto
Aquél verano, cuando estaba disfrutando de unos días de descanso en la Costa Brava con mi mujer, recibí una llamada que se me clavó en el alma. Era mi madre. Su voz rota por el llanto, apenas podía articular palabra. Me llené de inquietud al escuchar tanta desesperación y, tras colgar, intenté contactar rápidamente con mi hermano, Daniel, para comprender lo sucedido.
Sin embargo, su reacción fue tajante, casi agresiva. Me insistió en que si quería entenderlo, debía preguntarle directamente a mamá, y añadió, con dureza, que ella se lo había buscado. Esas palabras me dejaron helado. El ambiente placentero de las vacaciones se tornó en angustia, y tras consultarlo con mi mujer, decidimos cortar nuestra escapada pese a los caros billetes de AVE de vuelta más de 300 euros que se esfumaron de golpe.
Al llegar a Madrid todo era tensión; mi madre seguía temblando de rabia y tristeza, incapaz de serenarse. Le preparamos una taza de tila, el remedio de toda la vida, y poco a poco nos contó lo ocurrido. Resulta que, tras llegar a casa desde su trabajo en la biblioteca, se topó con la nuera, Marta, llena de moratones. Sabiendo que estaba embarazada, a mi madre se le encogió el alma. Corrió hacia ella, intentó abrazarla y averiguar qué había pasado. Justo entonces apareció Daniel, y Marta, poniéndose en pie de un salto, comenzó a gritar, acusando a mi madre de haberle hecho daño. Daniel, cegado por los nervios y la confianza ciega en su esposa, expulsó sin miramientos a nuestra madre del piso. Después llevó a Marta al hospital, donde, por desgracia, perdió al bebé. Ni se dignó escucharnos ni permitió que mamá se explicase, y desde entonces le guardaba un rencor feroz. Yo, sin embargo, intuía que algo no cuadraba y aposté por la palabra de mamá.
Pasaron unos días de sufrimiento hasta que la verdad emergió de la forma más inesperada. Fue una amiga de Marta Lucía, una muchacha noble quien me confesó toda la verdad. Resulta que Marta, manipuladora y calculadora, había ideado ese montaje para que Daniel terminase echando a mamá de su propia casa. Fue la propia Marta quien provocó el aborto. Al descubrirlo, Daniel montó en cólera y no dudó ni un segundo en expulsar a su mujer de casa.
Tiempo después, entre lágrimas y vergüenza, mi hermano pidió perdón de corazón a nuestra madre. Increíblemente, mamá, con esa generosidad tan suya, le abrazó de nuevo, demostrándonos a todos que el corazón de una madre puede ser herido, pero nunca deja de comprender.
Hoy, al recordar aquellos días, he aprendido que nunca debemos dejar que la duda destruya los lazos de sangre y que confiar en quienes más nos quieren es siempre la mejor opción.





