Oye, amiga, tengo que contarte lo que me pasó esta mañana, y parece sacado de una película pero, de verdad, fue mi vida.
Desperté y descubrí que el reloj de la entrada se había quedado sin marcha. Las agujas estaban clavadas en las cinco menos cinco. Lo agité, lo acerqué al oído nada, puro silencio. Será la pila, pensé, o quizá sea una señal. ¿De qué? Ya todo lo que tenía que pasar ya pasó. Mis hijos se han hecho mayores y ya han dejado el nido. Mi marido, gracias a Dios, sigue vivo y con buena salud, aunque lleva ya cinco días en la casa de campo de un viejo colega. Esa soledad a la que me había acostumbrado se volvió más pesada y casi tangible en esos minutos de madrugada.
Me preparé un café y, al buscar una caja de postales viejas que había sacado del desván para ordenar, agarré al azar un sobre amarillento. No era una postal, sino una carta escrita con una letra fina, casi infantil. Querida Inés, feliz cumpleaños y…” siguieron los deseos típicos, pero mi corazón se detuvo al ver la firma: Tu siempre, Sergio.
Sergio Pérez. Mi gran amor de la universidad, aquel chico por el que estaba dispuesta a casarme, pero la vida tomó otro rumbo. Se fue a Sevilla para cuidar a su abuela y, poco a poco, nuestras cartas se fueron haciendo escasas y, al fin, dejaron de llegar. Yo conocí a otro, me casé, tuve a mis hijos. No pensé en Sergio durante treinta años, era como un fantasma de otro tiempo, sin relación alguna con mi presente.
Sin embargo, con esa carta en la mano, sentí una punzada de arrepentimiento. No por la vida que no llegué a vivir la mía la adoro sino porque una hebra importante se había roto aquel entonces y quedó suspendida en el aire, sin resolver. ¿ Qué será de él? ¿Estará vivo?
La idea me parecía tonta, fruto del silencio matutino y del reloj detenido. Guardé la carta, terminé el café y me lancé a la limpieza. Pero la imagen de Sergio no me soltaba. Recordé paseos por el Retiro en otoño, cómo me leía versos de Machado que yo no comprendía del todo, pero hacía como que sí para oír su voz.
Así pasó el día en una especie de estado meditativo. Ordené los cuartos, repasé fotos antiguas, cartas, baratijas. El reloj, inmóvil, nos miraba.
Al día siguiente compré una pila y la puse en el reloj. Las agujas temblaron y volvieron a moverse. Tic tac, ese sonido familiar llenó el hall. En ese mismo instante sonó el móvil.
Inés? dijo una voz que me resultó dolorosamente familiar. Era la voz que sólo escuchaba en mis sueños de juventud. Soy Sergio. Perdona que te moleste, pero ayer estuve todo el día pensando en ti. Como una idea que no te suelta. Encontré tu número por amigos comunes seguro que ya me habías borrado.
Me quedé mirando el reloj, ahora marcando el tiempo con seguridad. No lo había borrado; lo había guardado lejos, como se guardan los tesoros y lo que ya no sirve. Y ahora volvía, no para trastornar todo, sino para poner punto, o quizá puntos suspensivos.
Te recuerdo, Sergio murmuré. Ayer estaba releyendo tu carta.
Del otro lado se quedó un silencio sorprendido.
No puede ser susurró. Ayer encontré una foto nuestra junto al río. Allí estábamos
Charlamos más de una hora. Resultó que vivía a unas tres horas en coche, en una casita de la sierra de Guadarrama. Tiene una hija adulta y un nieto pequeño. Su mujer falleció hace cinco años.
Acordamos vernos, solo para tomar un café y hablar.
Colgué, me acerqué a la ventana. La lluvia golpeaba el alféizar, borrando el polvo del día. No sabía qué iba a pasar. No se rompía nada, no se arreglaba nada. Simplemente el reloj había vuelto a latir y, en mi vida tan ordenada y predecible, surgió un leve tic tac de un tiempo nuevo.
No planeé nada. Ni siquiera imaginé el encuentro temía romper el encanto, temía engañar mis propias expectativas. Me limité a vivir esos días como en un hielo primaveral, sintiendo cómo cruje bajo los pies, a punto de romperse.
Mi marido volvió de la casa de campo, bronceado, con el olor a barbacoa y a sol. Hablaba de la pesca, de cómo arreglaban la sauna con su amigo. Yo asentía, sonreía, servía un plato de lentejas, pero me descubría observándolo como desde fuera: su cara familiar, sus manos firmes con el martillo o la tenedor. Pensaba: ese es mi marido, el hombre con quien he construido mi vida. Y, al otro lado del umbral, una vida no vivida, en la figura de un hombre de cabello cano y voz del pasado.
El día del encuentro me puse un sencillo vestido beige, el mismo que mi marido siempre dice que me queda bien. No me pinté de colores vivos, solo un toque de rímel. ¿Para qué?, me pregunté. ¿Para demostrarle que el tiempo me ha favorecido? ¿O para convencerme a mí misma?
Eligió un café tranquilo, no en el centro, con mesas pequeñas y olor a bollería recién horneada. Entré y lo vi al instante. Estaba en una mesa junto a la ventana, jugueteando nervioso con una servilleta, mirando su taza. En ese momento lo reconocí, no al joven con guitarra, sino al hombre que ahora era. En los rincones de sus ojos brillaban pequeñas arrugas, sus manos descansaban sobre la mesa, ya no eran infantiles, sino marcadas por los años. Levantó la vista, se puso de pie y su rostro mostró lo mismo que el mío: no un gran reconocimiento, sino una ligera y temerosa sorpresa. ¿Eres tú? murmuró.
Inés dije, y mi voz tembló un poco.
Sergio respondió él, y su voz también se quebró.
Los primeros minutos fueron charla ligera: el clima, el camino, cómo había cambiado Madrid. Confesó que había viajado como para un examen y se había cambiado la camisa tres veces. Me reí y el hielo empezó a descongelarse.
Luego vinieron los recuerdos, primero con cautela, como probando agua, después más atrevidos. Nos reímos de anécdotas universitarias que antes parecían tragedias y ahora resultaban cómicas. Recordamos a aquel profesor de resistencia de materiales que todos temíamos. Recordamos la noche en que recorrimos la Gran Vía con toda la clase.
Cuando ya habíamos terminado el café y las tazas nuevas reposaban sobre la mesa, surgió el momento crucial.
La peor parte fue no haberte llevado conmigo, dijo él, sin mirarme, girando el platillo. Pensé que estaba haciendo lo correcto, dándonos tiempo. Pero el tiempo no estuvo de nuestro lado.
Yo guardé silencio. ¿Qué podía decir? ¿Que también lo lamentaba? Eso no sería verdad. Porque de esa bifurcación surgió mi vida: con mi marido, mis hijos, mis alegrías y mis penas. Lamentar eso sería traicionar todo.
No tienes que lamentarte, Sergio dije suavemente. Todo salió bien. Éramos jóvenes e inmaduros. Si hubieras insistido y yo me hubiera ido quizás nos hubiéramos peleado en un mes. Tú serías el hombre que robó mi vida en Madrid y yo, para ti, una carga junto a la abuela.
Él me miró, sorprendido, con una claridad triste.
¿Así lo ves?
Lo tengo claro. Idealizamos el pasado, Sergio. Nos enamoramos de nuestros recuerdos, no del otro. De esos dos jóvenes que ya no existen.
Se reclinó y exhaló, un suspiro extraño, mitad alivio, mitad decepción.
Siempre has sido más sabia. Vine aquí sin saber muy bien qué. Con la esperanza de un milagro, quizás de volver a vernos y que el tiempo retroceda.
El tiempo no retrocede, le sonreí. Simplemente está. Y lo tuvimos juntos, y eso es bonito. Ahora es otro.
Salimos del café juntos. Me acompañó hasta el coche.
Gracias dijo. Por venir y por la verdad.
Gracias a ti respondí. Por buscarla. Era importante saberlo.
Me estrechó la mano, cálida y firme, y la soltó.
Conduje de regreso, mirando las calles por las que corría cuando era una joven despistada. Nada había cambiado y todo había cambiado. No sentí tristeza ni vacío, sino una quietud luminosa, como la que queda en una habitación después de una larga conversación, cuando todo se ha dicho y el corazón está ligero.
En casa, mi marido veía el partido. Al verme, bajó el volumen.
¿Qué tal? preguntó, sin reproches, sin celos. Ya sabía lo que le había contado: que me encontraría con un viejo compañero de universidad.
Nada, le dije. Solo hablamos.
¿Es buena gente? preguntó, y en sus ojos no hubo sospecha, solo curiosidad.
Sí, asentí. Pero lejana.
Fui a la cocina a poner la tetera. Mi mirada cayó sobre un jarrón de lilas que mi marido había recogido esa mañana del patio. Ramas moradas, perfume suave. Tocqué los pétalos frescos y húmedos.
Él entró detrás de mí, me abrazó por detrás y apoyó su barbilla en mi cabeza.
Te quiero dijo, como si anunciara que mañana llovería.
Yo también respondí, cerrando los ojos. Y te amo.
Entonces comprendí que el reloj se había detenido no para devolver el pasado, sino para afianzarnos en el presente. Todo lo que fue, fue necesario. Y lo que ahora existe, es el único lugar correcto en el universo.
Ya no oigo el tictac, pero sé que ahora avanza con precisión.







