La Inquilina

LA INQUILINA

En una tarde clara de invierno, por la acera de un barrio residencial de Madrid camina una mujer alta. Aún hay luz en la calle y el atardecer acompaña con un clima fresco y agradable. Hace un poco de frío, pero durante el día el sol ha brillado intensamente. Ahora el sol se va acercando al horizonte y las últimas luces se reflejan en los copos de nieve blancos y relucientes.

A la mujer le encanta el tiempo, pasea sin prisas. Es alta, con porte distinguido, ya entrada en los sesenta, bien vestida con unas elegantes botas y un abrigo de visón magnífico. En el rostro quedan huellas de una antigua belleza y una pizca de altivez. Se nota que es una mujer cuidada y segura de sí misma.

Aunque sus años de juventud y amor quedaron atrás, Carmen del Valle sabe, a sus sesenta y pocos años, disfrutar de la vida. Perdió a su marido hace una década; lo lloró mucho, porque vivieron juntos toda una vida, y una buena, además. Criaron juntos a un hijo maravilloso.

Su hijo se marchó a estudiar a Valencia y allí se quedó. Se casó y le dio dos nietos a Carmen, a quienes ve de vez en cuando. El trabajo le ocupa mucho y no puede visitarla con frecuencia.

Sin embargo, Carmen no se queja. A cualquier edad hay cosas hermosas. Ella ya es pensionista, su hijo y nietos están lejos, pero siempre pueden hablar por videollamada. Y, en el fondo, Carmen vive muy bien. Tiene dos pisos. La pensión es modesta, pero suficiente. Su hijo le envía dinero de vez en cuando, aunque ella no lo pide y siempre se resiste a aceptarlo.

Estas pasadas Navidades, el hijo vino a verla con su familia y le hizo un regalo de reina: el abrigo de visón en el que ahora pasea Carmen. Por eso camina despacio, presumiendo. Sabe que luce estupenda para una señora jubilada.

No pasea solo por pasear; va a recoger el pago del alquiler de su piso. Vive en un piso de dos habitaciones y alquila el otro, de una habitación, a una joven pareja con hijo. En realidad, cuando empezó a alquilarlo todavía no tenían hijo, pero llevan ya cinco años y han tenido un niño precioso y regordete que ahora tiene dos años. Carmen siempre lleva una chocolatina para el pequeño en su delicado bolso.

Encontrar buenos inquilinos no es tarea fácil; Carmen lo sabe bien tras muchos años alquilando. Más de una vez ha salido escaldada: le han dejado deudas de comunidad o el piso hecho un desastre. Aprendida la lección, ahora prefiere pasar personalmente cada mes a cobrar la renta, ver cómo está la casa y asegurarse de que las facturas estén pagadas. De todos modos, ahora puede estar tranquila. Esta pareja es joven, pero limpia y formal. Al menos Rocío, la chica, con quien Carmen trata casi siempre.

Rocío parece casi una niña, aunque Carmen, que conoce sus datos, sabe que tiene veinticuatro años. Es delgadita, de piel clara y ojos azules radiantes, y a veces cuesta creer que ese bebé de mejillas sonrosadas es realmente hijo suyo.

Rocío cuida bien el piso, siempre con buena disposición, y paga puntualmente. Del marido conoce poco; cuando Carmen va por el alquiler, normalmente está tumbado en el sofá o fuera de casa. Gruñe un saludo, pero no habla mucho con la casera. A veces a Carmen le parece que va bebido, pero no es asunto suyo mientras cumpla con sus obligaciones.

Caminando con calma, Carmen llega al portal del edificio de nueve plantas y, subiendo en el ascensor al quinto, piensa en algún capricho que se permitirá con la renta de Rocío. Con ese dinero paga sus propios gastos y todavía le queda para delicatessen.

A Carmen le entusiasman el salmón, los mejillones, todo tipo de mariscos, y no ve razón para privarse a su edad. Total, nunca se sabe cuántos años le quedan y no tiene sentido economizar en exceso.

Pensando si le dará tiempo a pasar hoy por la pescadería antes de que cierre, Carmen llama al timbre. Tiene copia de las llaves, pero considera de mala educación entrar sin avisar, sobre todo con buenos inquilinos. Nunca busca sorprender a nadie, así que siempre espera a ser recibida.

Esta vez el tiempo de espera es más largo de lo habitual. Carmen se inquieta y piensa que quizá no haya nadie, pero finalmente se abre la puerta. La abre Rocío, como siempre, pero hoy su aspecto sobresalta a Carmen: tiene los ojos enrojecidos, la cara hinchada y las manos le tiemblan.

Rocío da unos pasos hacia atrás, cierra los brazos intentando calmar el temblor.

¿Te pasa algo, Rocío? No tienes buena cara, ¿todo bien? dice Carmen entrando al recibidor.

Al cerrar la puerta piensa si Rocío estará enferma o de resaca, quizás aún celebrando con su marido los restos de las fiestas de Reyes.

No, Carmen, no estoy nada bien responde Rocío, y va con paso trémulo al salón.

Carmen la sigue, nota enseguida que en el piso hay algo raro. El orden habitual ha desaparecido: ropa en el suelo, donde juega el pequeño Mateo. El armario de la ropa interior está abierto y algunas baldas vacías.

Rocío saca unos recibos y los entrega con las manos temblorosas:

Aquí está todo lo pagado. Pero no puedo pagarle este mes. No tengo dinero. ¿Puedo quedarme a deber este mes? Mañana nos marchamos Mateo y yo. Mañana mismo.

A Rocío se le tuerce la cara, como reconteniendo un llanto infinito, pero lágrimas ya no tiene. Carmen entiende al instante que los ojos hinchados no son por alcohol. Todo el piso está limpio; aquí lo único que hay son lágrimas. Rocío ha estado llorando mucho tiempo, ahora solo le queda el dolor.

Pero ¿qué ha pasado? exclama Carmen sin pensarlo. ¿Por qué os vais? ¿Dónde está tu marido, Rocío? ¿Qué ha ocurrido?

Rocío se sienta al borde del sofá, se cubre el rostro con ambas manos y comienza, como puede, a explicarse:

Me he puesto enferma, Carmen. Llevo medio año sintiéndome mal, sin fuerzas. Hubiera ido antes al médico, pero no podía dejar a Mateo. Al fin nos ha tocado plaza en la guardería, así que llevé al niño y fui al centro de salud. Analíticas, pruebas… Tengo cáncer, Carmen.

Rocío se aprieta aún más la cara y su cuerpo tiembla, pero sigue:

Mi marido, al enterarse, se fue. David gritaba como si tener cáncer fuera culpa mía. Dijo que no quería una esposa enferma, que no iba a sacrificarse por mí; su tía murió de lo mismo y él lo pasó muy mal. Recogió sus cosas y se marchó. Dice que pedirá el divorcio. Yo no tengo dinero, Carmen, nada. Estoy de baja por maternidad, apenas cobro nada. Lo que me quedaba se fue en la comunidad. No puedo pagarle el piso. Nos vamos mañana a casa de mi abuela en el pueblo, es muy mayor No hay más. No podré ingresar en el hospital para la biopsia, no puedo dejar solo a Mateo. En el pueblo hay una enfermera, pero nada más.

¿Qué dices, Rocío? ¿Te vas a encerrar allí, apartada de todo, sin tratamiento? ¿Vas a dejar a tu hijo solo, porque su padre se desentiende y tú renuncias?

¿Qué alternativa tengo, Carmen? Podría dejar a Mateo con la abuela, pero está muy mayor, no va a poder con él. Ni tengo dinero para quedarme; solo podría hospitalizarme dos días para la prueba. Pero ¿y después? Hay que regresar al hospital varias veces. No puedo.

Pero por favor, ¡no digas tonterías! Eres joven y tienes opciones. Hay más gente en este mundo que tu marido, y no todos son egoístas. Te voy a ayudar. Mañana te ingresas para la biopsia y yo me quedo con Mateo. Las noches y los días que hagan falta. Después, volveréis a vivir aquí. No quiero ni oír hablar del pago, me las arreglaré. Y ya dejaremos los caprichos para después, tengo para ir tirando. Nada de dramas. Levántate, arréglate la casa y coge ánimo. Yo me voy ahora, pero mañana vengo temprano, me explicas lo de la guardería y yo me encargo del niño. No te preocupes.

Rocío mira a Carmen con ojos hinchados, incapaz de creerse lo que está oyendo. Carmen siempre le había parecido distante, casi fría, siempre tan bien vestida. Pensaba que la echaría a gritos por el impago del alquiler, pero en vez de eso, Carmen le ofrece más ayuda de la que jamás le han dado.

¿Qué me miras así? gruñe Carmen cariñosa. Te digo que te lo debes tomar en serio. Tienes mucho por delante y tienes que salir adelante. Vamos, ánimo, que voy a acabar llorando yo también.

Rocío, sin palabra, apoya el hombro en Carmen, y esta siente el nudo en la garganta. No es momento para lágrimas.

Me voy entonces Carmen se levanta, y tú prepárate. ¿Te vienes bien a eso de las seis?

Aquel día Carmen pasó por el supermercado, pero no por el pescado; terminó comprando comida básica: pollo para caldo, legumbres, carne picada Lo necesario para alimentar al niño esos días. Esa mañana, a las seis en punto, Carmen apareció en el piso, bien provista de bolsas.

A Mateo, de hecho, siempre le había caído en gracia y cuidarlo no resultó tan complicado. Un crío alegre pero fácil, aunque extrañó mucho a su madre. Carmen, sin embargo, pensaba en Rocío sin parar. Se había tomado el problema de su inquilina como propio: tan joven, tan buena y enfrentándose ya a semejante diagnóstico.

Tras dos días, Rocío regresa de la biopsia y empieza la dura espera. Pero en cuanto tuvo el resultado, llama emocionadísima a Carmen:

¡Carmen, ya lo sé! Es la primera fase. Dicen que es posible que solo necesite una operación. ¡Tengo esperanza, esperanza de curarme!

¡Pero ves! suspira Carmen. Y tú ya te dabas por vencida. Tu marido te dejó demasiado pronto; mejor así, porque la vida contigo tiene futuro y no merece la pena llorar por quien no supo verlo. ¿Y cuándo te operan? Mientras estés ingresada, Mateo se queda conmigo, que en ese piso no me siento tan cómoda sola.

No es hasta dentro de un mes, hay lista de espera. Quizá me vaya al pueblo hasta entonces Me da corte vivir gratis aquí.

Que vuelvas a decir esa tontería y te echo de casa. Quédate tranquila y tranquila a recuperarte. ¿Tienes comida? Que te la llevo yo.

Carmen, ya es demasiado Nunca podré agradecerte todo lo que haces por nosotros.

Pasó año y medio.

En el salón más elegante de Madrid se celebra una boda alegre y bulliciosa. Carmen, vestida con un traje pantalón claro, está sentada junto a la novia en la mesa principal. Muchos de los asistentes creen que es la madre de Rocío, y ella misma se siente así: es como si casara a una hija.

Rocío está preciosa, con su vestido blanco y una pequeña diadema sobre el pelo rizado. Está sana y radiante. Se casa con el médico que le hizo la operación hace un año y medio.

Al principio, Rocío desconfiaba del joven doctor: lo veía muy joven, prefería a alguien con más experiencia, pero no hubo opción. El médico empezó a mostrar interés por ella, y aunque la relación tardó un poco en cuajartras la traición del marido, Rocío no creía en los hombres, Carmen siempre estuvo a su lado.

Primero vino la operación, luego los análisis, la rehabilitación. Medio año después, Rocío pudo volver a trabajar y empezó a pagarle a Carmen el alquiler, aunque ésta ya ni lo quería. Con los meses, Rocío se convirtió en alguien de la familia. ¿Cómo iba Carmen a cobrarle?

Ahora Rocío y Mateo viven con el joven médico. Carmen tendrá que buscar nuevos inquilinos. Y el doctor es bueno y feliz con los dos, todos lo ven. Vaya boda que ha organizado.

Carmen, sin que nadie la vea, se sirve una ración de salmón. Le encanta, para qué mentir. Se sonríe al recordar que hace año y medio se privó de ese capricho, y en todo este tiempo hubo que apretarse el cinturón por ayudar a Rocío. Pero, ¿qué importa el marisco, si ha ganado una casi hija? El hijo está lejos, pero ahora tiene también a Rocío y a Mateo, que nunca la dejarán ni olvidarán.

Carmen nunca fue muy sentimental, pero casi llora cuando Rocío se pone en pie, alza la copa y dice:

Quiero decir unas palabras para alguien muy especial, sin quien esta boda no sería posible dice Rocío con la voz tomada, y una lágrima brilla en sus ojos. Carmen, para mí eres como una madre que nunca tuve. Gracias a Dios por haberte cruzado en mi camino.

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