Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…la miré fijamente.
Lucía y Fernando habían vivido en la pobreza toda su vida. Lucía había perdido ya cualquier esperanza de felicidad o prosperidad. Alguna vez fue joven, estuvo enamorada y soñó con un futuro brillante para ambos. Pero la vida no fue como ella imaginaba. Fernando trabajó duro, pero apenas ganaba nada. Además, Lucía quedó embarazada. Tuvieron tres hijos, uno detrás de otro. Ella hacía mucho que no trabajaba. Solo con el sueldo de su marido no llegaban a fin de mes. Los niños crecían y necesitaban ropa y zapatos.
Todo el sueldo se iba en comida. Sumando los recibos de la luz, el agua y demás necesidades. Tras doce años viviendo de ese modo, la familia estaba desgastada. Fernando empezó a beber. Llevaba el sueldo a casa, sí, pero cada día volvía borracho. Lucía, poco a poco, perdió la esperanza en él y en sus vidas. Un día, Fernando llegó a casa ebrio, sujetando una botella de orujo a medio terminar. Lucía no aguantó más; se la quitó de las manos y se la bebió ella. Desde entonces, empezó también a beber.
Con el tiempo, empezó a sentirse mejor. Los problemas parecían desaparecer. Incluso se animaba algunos días. Desde aquel momento, esperaba casi a diario que Fernando le trajera algo para beber. Así, comenzaron a beber juntos.
Lucía se olvidó de sus hijos. En el pueblo, la gente se preguntaba cómo era posible que el orujo pudiera cambiar a una persona de esa manera. A la larga, los chicos tuvieron que pedir comida de puerta en puerta. Un día, un vecino, harto de la situación, le dijo:
Lucía, más te valía llevarlos al hospicio antes que dejar que se mueran de hambre. ¿Cuánto tiempo más vas a beber sin pensar en tus hijos?
Esas palabras no dejaron de resonar en su cabeza. A veces pensaba que la vida sería más fácil sin los niños rondando. Con el tiempo, Lucía y Fernando terminaron por abandonar a sus hijos. Los chicos fueron enviados a un orfanato. Lloraban y esperaban que su madre o su padre vinieran a buscarlos, pero nunca apareció nadie. Ni Lucía ni Fernando se acordaban siquiera de sus hijos.
Así pasaron los años. Uno a uno, los chicos salieron del orfanato. El gobierno les dio un pequeño piso de una habitación a cada uno. Al menos, tenían un techo. Todos encontraron trabajo. Siempre se apoyaron mutuamente. Nunca hablaban de sus padres, pero en el fondo deseaban verlos y preguntarles por qué les abandonaron.
Un día, coincidieron y decidieron ir juntos en el coche hasta la casa donde vivían antes. Por el camino, se toparon con su madre, que caminaba despacio, agotada, rumbo a casa. Pasó a su lado sin mirarlos siquiera.
Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…
Ella los miró con la mirada perdida. Y entonces los reconoció.
Se echó a llorar y a pedirles perdón. Pero, ¿cómo se puede perdonar algo así? Los hijos se quedaron callados, sin saber qué decir. Finalmente, entendieron que, pasara lo que pasara, seguía siendo su madre. Y la perdonaron.







