Reuniré a todos en mi casa

A todos reuniré en mi casa

Alicia Primavera dejó la tableta a un lado y tomó el móvil: Abuela, ¿cómo estás? ¿Te encuentras bien? ¿Y el abuelo? Bueno, si está friendo patatas, entonces todo va bien. Ya he terminado el trabajo por hoy, recogeré a Daniel de fútbol, pasaremos por el mercado y en un rato estamos en casa.

Después Alicia marcó otro número:
Javier, hola, ya estoy de camino, ¿vosotros con Isabel venís pronto? ¿Ya venís? Perfecto, el abuelo está preparando patatas, cenaremos todos juntos.

Alicia se levantó y metió lo necesario en su bolso. Gritó a sus compañeros:
¡Hasta mañana, que tengáis buena tarde!
Adiós, Alicia, pásalo bien esta noche.

Rápidamente se cambió los zapatos bajo la mesa, se puso la gabardina y echó un vistazo automático a la ventana, ahora sumida en penumbras. Era un cálido atardecer de otoño. Las luces de Madrid parpadeaban acogedoras, la gente apuraba el paso rumbo al hogar tras la jornada. Alicia vio su reflejo y sonrió quién le habría dicho que terminaría viviendo una vida tan sencilla, tan normal. Que tendría una familia. Que, como todos, correría al final del día a casa, allí donde siempre la esperaban. Hace nada le parecía imposible.

Sí, su familia es peculiar, pero todos son felices y se quieren de verdad.

Alicia fue dejada por su madre nada más nacer, solamente la vio en el hospital y nunca volvió. En la escueta nota de la casa de acogida se leía: madre desconocida, sin documentos, sin padre. El nombre se lo puso gente extraña. Primavera, porque nació en marzo; Alicia, nadie recuerda el porqué. Siempre jugó más con chicos. Su mejor amigo se llamaba Javier, un año mayor. También Primavera, por la misma razón. Alicia estudiaba mucho, era obediente, trabajadora y generosa tenía la ilusión de que la adoptaran. Lo que era un hogar lo conocía solo por el cine. Pero quizás por su delgadez, sus gestos angulares, o simplemente la mala suerte, nunca nadie la eligió. Cuando adoptaron a Javier, lloró toda la noche. No por envidia, sino porque se quedaba sola, sin su único amigo. Él la miró desde detrás de sus gafas, indefenso:
Alicia, ¿quieres que no me vaya?
¿Eres tonto, Javier? ¿Cómo vas a rechazar esa suerte? Cada uno tiene su destino.
¡Te buscaré, te lo juro! prometió él, pero Alicia solo se echó a reír. No hace falta.

Acabó el instituto, entró en la Escuela de Obras Públicas, vivió en una residencia. Cuando terminó, como huérfana, le dieron un pequeño piso social en el extrarradio, pero no importaba. Encontró trabajo en un despacho de arquitectura. Comenzó su verdadera vida adulta. Se hizo de muchas amigas, pero formar familia aún no tocaba. Alicia soñaba con una casa grande, un marido que la quisiera y varios hijos, dos o tres, que corrieran, llenaran el aire de risas, y gritos de ¡mamá, papá! Dos palabras que sentía cálidas y casi mágicas por desconocidas. Quería abrir la puerta y escuchar ¡mamá, papá han llegado!. Como en los cuentos.

Un día, al llegar a su portal, la puerta se abrió de golpe y un chico salió a la carrera, casi la tiró al suelo. Tenía una bolsa en la mano. Subiendo al portal, Alicia encontró a una anciana tirada en las escaleras:
La pensión… el bolso… me ha empujado. Mis gafas, sin ellas no veo nada…
Alicia salió corriendo tras el chico, pero ya había desaparecido. Ayudó a la abuela a levantarse, por fortuna no fue grave.
Hija, ¿cómo se puede vivir así…? lloraba la señora.
La acompañó hasta su piso, donde tenía una pareja mayor y enferma. Alicia empezó a visitarlos, llevando comida la pensión se la robaron. Lo denunciaron, pero el chico no apareció. Al menos, a los días, el bolso con los documentos fue hallado cerca, y ya era de agradecer.

A menudo Alicia pasaba a ver a la abuela Carmen. Llamaron a los médicos para el abuelo Fernando, y poco a poco mejoró. Los mayores animados la llamaban nieta, la invitaban a quedarse, pues no tenían familia.

Un día, en el autobús, Alicia conoció a un chico. Notaba una mirada y una sonrisa:
Señorita, tiene usted una cara muy familiar. ¿Nos conocemos?
Se rió Alicia,
No lo creo.
Era simpático, de la parada al portal le contó media vida. Que se llamaba Eugenio, vivía con su madre, trabajaba. Tan cercano que parecía de siempre. Tal vez lo hubiera visto en algún sitio.
Eugenio comenzó a acompañarla cada día. Un día ella le invitó a casa. Le preparó té y bocadillos. Repentinamente, Alicia le habló de su infancia en el orfanato. Eugenio la miraba como queriendo decir algo, pero callaba. Quizás la compadecía. A Alicia le gustaba, pero había algo que la sobresaltaba.
La siguiente vez sucedió lo inesperado. Eugenio entró, Alicia fue a calentar agua. Él se acercó y la rodeó con los brazos.
Eugenio, ¿por qué correr? susurró Alicia.
Pero él apretó fuerte, luego… Alicia gritó, Eugenio con rabia masculló:
Ya sé quién eres. Me delataste, lo supe. Tú, la del orfanato. He visto el retrato robot, casi me pillan entonces. Y ahora te callas, o te va a ir peor. Nadie va a creerte, ni a ayudarte.

Alicia no denunció. Temía el escándalo. Un mes después, la llevaron al hospital desde el trabajo. Embarazo extrauterino, operación, quizás jamás podría tener hijos.

La abuela Carmen la cuidaba con caldos, palabras suaves, tila. Alicia regresó de la clínica sin saber qué hacer, en silencio. Hasta que, casi sin darse cuenta, sus pasos la llevaron a un pequeño monasterio en las afueras. Avanzado el otoño, el cielo profundo, las cúpulas doradas irradiando luz, el repique de campanas subiendo al infinito. Hermanos limpiando los parterres, florecillas marchitas por la estación.

¿Primavera, Alicia? de pronto escuchó.
Un hortelano sonriente se acercaba: ¡Alicia, te estaba buscando!
¿Javier? por fin le reconoció.
Se abrazaron, ella rompió a llorar. Él le secaba las lágrimas:
Ven al refectorio, hoy hay buena crema, empanadillas y té. Luego hablamos.
Sin saber cómo, Alicia le contó todo. Y Javier también: su adopción, el padrastro violento, la huida, una pierna rota, deambular por la vida. Ahora, en el monasterio, sentía algo de paz.

Alicia volvía a casa pensando en la suerte de ese encuentro con Javier. Hasta unos días estuvo en el monasterio, sin querer regresar. Y allí decidieron muchas cosas. Los abuelos Carmen y Fernando llevaban tiempo queriendo dejarle a Alicia su piso. Pero ella y Javier dieron una vuelta de tuerca mejor:

Propusieron mudarse todos juntos. Los abuelos no podían creer ese milagro: vivir acompañados, no morir solos, que alguien compartiera con ellos los días.

Ahora Alicia y Javier Primavera hace cinco años que están casados. Se instalaron en una casa grande en un pueblo a las afueras de Madrid. Todos tienen espacio. Carmen y Fernando son felices; ahora son los mayores y los jefes, porque ya no están solos: tienen familia.

Hace dos años se realizó el sueño de Alicia: adoptaron a Daniel y a Isabel, también del mismo orfanato.

Javier, ¿te acuerdas cómo soñábamos que alguien nos adoptara, tener nuestro propio hogar? canturreaba Alicia alegre. Pues mira sus ojos, y prometamos ser los padres que siempre deseamos.

Ahora casi todo es posible.

¡Mamá, y papá dónde está? ¡Abuela, ven! ¡Mira lo que hemos construido con el abuelo!

De lo malo, Alicia ya no quiere ni recordar. Aunque Carmen le comentó una vez, en secreto, que encontraron a aquel chico, el que la hizo daño. Otra vez metido en historias feas, le detuvieron. Parece que por mucho tiempo.

A cada cual, la vida le pone en su sitio. En esta vida y en la que viene.

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Reuniré a todos en mi casa