**Felicidad Tardía**
Antonio se perdió durante horas en aquella ciudad desconocida hasta que, por fin, llegó a la estación. Las piernas le pesaban como plomo y el ánimo no podía estar peor. Había venido con tanta ilusión, sin imaginar que terminaría escapando así, como un gato asustado tras cometer alguna travesura.
Encontró un banco libre en la sala de espera y se sentó a descansar. «Reposo un poco y luego pregunto por el billete. Cinco minutos no cambiarán nada. Menos mal que no compré el de vuelta con antelación. Pensaba quedarme una semana… Bueno, da igual».
Cuando las piernas dejaron de dolerle, subió su pesada bolsa deportiva al hombro y se dirigió a las taquillas. Mientras esperaba en la cola, observaba el bullicio de la estación y se preguntaba qué haría si no hubiera plazas. Pero la taquillera le entregó el billete. Aunque tendría que esperar más de tres horas, no importaba. Lo importante era que volvía a casa.
Guardó el billete y el DNI en el bolsillo de la chaqueta. Al mirar atrás, su banco ya estaba ocupado. Salió al andén, donde junto a la pared del edificio había más asientos. Cerca de la vía, un tren de alta velocidad aguardaba a punto de partir. La pantalla electrónica sobre la plataforma mostraba la hora y el destino. Todos los pasajeros ya estaban a bordo, pues los bancos estaban vacíos.
El olor penetrante a creosota y polvo se mezclaba con el humo de cigarrillos, el aliento a alcohol y el sudor de cuerpos sin lavar. Ni el aire fresco lo disimulaba. Miles de personas pasaban diariamente por allí, incluidos vagabundos y borrachos.
Antonio se sentó en un banco desde donde veía bien todas las pantallas. Mientras esperaba, repasaba mentalmente la conversación con el nieto de Elena, buscando las palabras que no supo decir en su momento…
—¿Está libre? —preguntó una voz masculina.
Antonio alzó la vista. Un hombre joven, vestido con traje y llevando una maleta con ruedas, lo miraba.
—Claro, siéntese —respondió, aunque había espacio de sobra. Notó que los demás bancos también estaban ocupados.
El recién llegado se acomodó en el extremo opuesto, se aflojó la corbata y colocó la maleta a su lado.
—¿Va de viaje de negocios? —preguntó Antonio, deseoso de conversación.
—No, vuelvo a casa —contestó el hombre con poca gana.
—Yo también regreso —suspiró Antonio.
—¿También de negocios? —inquirió el otro, escéptico.
—No. Vine de visita. Pensaba quedarme una semana, pero no pude —bajó la mirada.
—¿Te echaron? —preguntó el hombre, con un deje de compasión.
—Algo así. Espero el tren a Valladolid. ¿Y usted?
—Mala suerte la nuestra, tendremos que esperar. Yo también me voy antes de lo planeado. Tuve que cambiar el billete.
—¿En qué vagón viaja? —preguntó Antonio, curioso.
—El once.
—Entonces iremos juntos. ¿No será el compartimiento cinco?
—El cinco —confirmó el hombre, desconfiado, y sacó su billete para comprobarlo. Tras asentir, lo guardó y dio una palmada en las rodillas—. Vaya casualidad. ¿Acabas de comprarlo?
—Sí.
—Yo debía irme en dos días, pero mi mujer llamó. Mi hija está enferma. Temía hasta decir el diagnóstico, lloraba. Tuve que cortar el viaje.
—Con el avión llegaría antes —comentó Antonio.
—Tengo miedo a volar, la verdad. El tren es más tranquilo.
En ese momento, sonó el teléfono del hombre. Lo sacó y contestó. Antonio giró la cabeza, fingiendo no escuchar.
—Hola. Sí, en la estación, ya tengo el billete… Yo también esperaba… Yo también te echo de menos. No llores, intentaré volver pronto… —Escuchó en silencio, con la mirada perdida—. Vale, te llamaré si algo cambia. Hasta luego, cariño.
Colgó y guardó el móvil. Su humor empeoró visiblemente. Antonio tampoco dijo nada.
—No finjas que no entiendes —rompió el silencio el hombre—. No me juzgues, viejo. No sabes nada.
—No te juzgo. No es asunto mío.
—Bien dicho. Por mi hija mato. Pero mi mujer… Me enamoré como un crío. ¿A ti no te ha pasado? —El hombre lo miró, esperando una respuesta.
—Claro que sí. Pero nunca engañé a mi mujer. Si te casas, asumes responsabilidades. ¿Y si ella te hubiera sido infiel? ¿Cómo seguir? —Antonio fue sincero—. Entonces, ¿el viaje era una excusa?
—No eres tonto. Vengo aquí dos veces al año, respiro… Y así puedo continuar.
—¿Cuántos años tiene tu hija?
—Doce. ¿Y tú? ¿A quién visitabas? ¿Tu hijo te echó? —preguntó el otro, con cierto rencor.
—Mi hijo vive en Barcelona con su familia. Siempre me invita. Pero no quiero molestarlos. Tienen su vida.
—Es lo correcto —asintió el viajero.
—Mi mujer murió hace tres años. Me casé por despecho, para olvidar a mi primer amor. Cuando ella falleció, quise seguirla. El vacío era insoportable. O quizá sí la quería, sin darme cuenta. El amor es complicado. Pero sigo aquí. Si no remueves el dolor, duele menos.
—¿Viniste a ver a familiares?
El ser humano es así: cuando sufre, el dolor ajeno lo distrae, y el propio parece más llevadero.
—No, pero vine a ver a la persona más importante para mí —contestó Antonio.
—Cuéntame. Tres horas por delante. Me llamo Javier —dijo, tendiéndole la mano.
—Antonio.
Se estrecharon las manos.
—Oye, mi mujer, Laura, me preparó pollo asado y empanadas. Cocina genial. ¿Quieres que traiga cervezas? —ofreció Javier, como a un viejo amigo.
—No bebo. Y no tengo hambre. Come tú, si quieres.
—Tienes razón. Habla. —Javier se acomodó, cruzó las piernas y rodeó sus rodillas con las manos.
—¿Qué quieres que cuente? —empezó Antonio—. En el colegio, me enamoré de una chica. Perdía la cabeza cuando la veía. Pero ella ni me miraba. Nunca me declaré. Me fui a la mili. Creerás que estoy loco, pero pensé en desertar. La celaba demasiado.
Mientras servía, ella se casó. Lo supe al volver. Ya tenía una hija. Con mi mejor amigo. La amaba, pero él se la llevó. Cuando lo vi, quise hablar. Y él me preguntó si era mía la niña. Me enfurecí. No pude contenerme y le di un puñetazo.
—¿Era tuya? —preguntó Javier, impaciente.
—Ya te dije que nunca estuvimos juntos. Ni un beso. La amé desde lejos —Antonio lo miró serio—. Sufrí años. Me mordía los labios al verlos juntos. Evitaba su calle. Pensé que al casarme, olvidaría. Qué va.
Isabel fue una buena esposa. Sabía que no la amaba, pero lo daba todo por mí. No merecí su cariño. Mi madre la adoraba. Pero el corazón no entiende de razones. No pude olvidar a Elena. Hasta pensé en mudarme para no verla.
Pero ellos se fueron a Madrid. Respiré aliviado. Isabel me dio un hijo.Pero ahora, aquí estábamos, Elena y yo, subiendo juntos al tren, con el corazón ligero y la certeza de que, aunque tarde, habíamos encontrado nuestro momento.



