Hace muchos años, en un piso modesto de Madrid, Lucía fregaba la bañera cuando entró Javier como un huracán, con el rostro desencajado por la furia y el terror.
—¿Qué has hecho? —gritó, cerrando la puerta de golpe.
Lucía se irguió al instante y salió al pasillo, desconcertada.
—¿Qué pasa? —preguntó, mirándolo sin comprender.
—¡¿Para qué fuiste a verla?! —rugió Javier, clavándole los ojos.
—¿A quién? —Lucía abrió los ojos como platos.
—¡A Carmen! ¡Te lo dije claramente! ¡Que no te metieras!
—Javi, ¿puedes explicarme qué ocurre?
—¡¿Se lo contaste?! ¡¿Lo nuestro?! —Jadeaba, limpiándose el sudor de la frente.
—Sí, se lo conté. Y lo entendió, ¿sabes? Dijo que no se interpondría en nuestra felicidad. Y ya estoy mirando vestidos de novia… ¡Mira qué maravilla!
—¿Vestido? ¿Boda? —Javier soltó una risa amarga—. Lucía, ¿has perdido el juicio?
—Pensé que me lo agradecerías —dijo ella con candidez—. Quería ahorrarte ese sufrimiento. Decías que era frágil, que se derrumbaría si la dejabas. Pero es más fuerte de lo que creías. Te ha soltado ella misma.
Javier se dejó caer en el sillón, luego se levantó y la miró como si no la reconociera.
—No lo entiendes… —No terminó la frase. Cogió su maletín y se fue, dejando la puerta abierta.
No podía dejar a Carmen. Ni ahora, ni nunca. Porque fue ella quien lo rescató del abismo, cuando apenas le quedaban quinientos euros en el bolsillo. Le dio todo: trabajo, techo, un coche, posición. Todo lo que soñaba mientras malvivía en una pensión con un amigo.
En otro tiempo, era un simple comercial, arrastrándose de sueldo en sueldo, privándose de caprichos para tomar un café de vez en cuando. Las mujeres le miraban, pero nunca cuajaba nada: o vivían apretadas en pisos compartidos o se pasaban horas en cercanías. Él anhelaba otra vida: elegancia, solvencia, el dulce sabor del éxito.
Un día, entró en un gimnasio con una prueba gratuita. Y allí la vio: Carmen. Delgada, refinada, dueña de sí misma. Diez años mayor, pero con un magnetismo irresistible. Y, sobre todo, con dinero. Tenía su propia empresa.
Se las ingenió para coincidir con ella más veces. Hasta que un día, Carmen le ofreció un puesto, con el doble de sueldo. Luego, un piso. Después, un coche. Pronto, despertaba cada mañana en su casa, conducía su vehículo, trabajaba en su negocio. Todo decidido por ella. A él solo le quedaba asentir.
Pero la comodidad lo corrompió. Empezó a creer que merecía más. Así llegó Lucía: joven, deslumbrante, sin ataduras. Se veían a escondidas. Ella sabía de Carmen y le exigía que la dejase. Él lo posponía.
Y cuando Lucía anunció que estaba embarazada, él desapareció. Ignoró sus llamadas. Hasta que ella fue a ver a Carmen.
Pero Carmen no lloró. No hubo dramas. Escuchó en silencio, asintió y dijo:
—Si va a nacer un niño, debe estar con sus padres. No me interpondré. Ni un minuto.
Al volver, las maletas esperaban en la entrada. Carmen le entregó las llaves y le deseó suerte. Balbuceó excusas, acusó a Lucía de mentir. Nadie le escuchó. Se fue: sin empleo, sin coche, sin hogar.
Encontró una habitación en una residencia al anochecer. Dos semanas después, empezó en una tienda de muebles como “asesor comercial”, aunque en realidad solo comparaba sofás. A Lucía la bloqueó, escribiéndole: “Arréglatelas sola”.
No se sintió culpable. Para él, la culpa era de ellas, del destino, de cualquiera menos de sí mismo.
Lucía descubrió pronto que el test era falso: no había embarazo. Pero el dolor permaneció.
—Confié en él —lloró ante su amiga—. Y me usó.
—Lucía, eres una mujer adulta —suspiró la amiga—. ¿Y aún crees en cuentos? ¿En ese “hombre imprescindible para la empresa”? No seas una Pinocha con tacones.
—Pero yo le creí…
—Ahí está el error. Y te ha costado caro.







