Ata los cordones con ánimo sombrío tras discutir con su pareja.

**Diario de un hombre deshecho**

Gregorio se ataba los cordones en el recibidor, el ánimo por los suelos después de la discusión con su mujer esa mañana. Lucía, apoyada en el quicio de la puerta, cruzaba los brazos sobre el pecho. Sus ojos, rojos y llorosos, revelaban una fatiga que acentuaba sus arrugas, aunque solo tenía 38 años.

Al sentir su mirada, Gregorio se dejó caer en el banco, apoyó los codos en las rodillas y colgó las manos, grandes y cansadas. No la miraba, solo clavaba la vista en la pared, vacía.
—Lucía, no puedo más, ¿me entiendes? —dijo con voz ronca—. Estoy harto de hospitales, tratamientos, pastillas en la nevera, en el baño, en la mesilla… No funciona. ¿Por qué nos torturamos?

—Gregorio, por favor, una última vez. ¿Crees que es fácil para mí? Cada vez que escucho un latido y luego… nada. “No ha prosperado”, “se ha detenido”…

—Basta ya. Miles de parejas viven sin hijos y no se mueren por ello.

—¡Gregorio, te lo suplico! —Lucía empezó a deslizarse por la puerta, como si fuera a arrodillarse.

Él saltó, la sujetó por los hombros y la abrazó con fuerza. Ambos rondaban los cuarenta, lejos de ser viejos. Él, a sus 46, seguía bien conservado: barba recortada, mandíbula ancha, cabello grueso con algunas canas.

—Vale, vale. Hoy mismo paso por la clínica. Pero… ¿no deberíamos esperar unos meses? —le acarició la espalda mientras ella temblaba.

—No, tiene que ser ahora. El médico dijo…

—¡Siempre dicen lo mismo! —La apartó bruscamente, cogió su maletín de piel y salió al rellano—. Siempre lo mismo y el resultado nunca cambia.

—¡Gregorio! —gritó ella mientras él pulsaba el botón del ascensor.

—Iré, te lo prometo.

Lucía se serenó, se secó las lágrimas y tomó su medicación: hormonas, vitaminas, lo que fuera. Se preparó para otra visita a la clínica. Era el décimo intento, pero conocía a mujeres que habían logrado ser madres tras veinte. Si ellas, con 46 o 48, lo conseguían, ¿por qué ella no?

Gregorio cumplió su palabra. Pasó por la clínica y esa misma noche voló a otra reunión de trabajo. Lucía solía bromear con sus amigas: “Mi marido solo viene a dejar material, el resto del tiempo viaja”. Llevaban así diez años. Él había triunfado, tenían un piso en pleno Madrid, una casa en la sierra, coches caros y vacaciones en la playa dos veces al año. Pero ella seguía sin ser madre.

Había trabajado años como recepcionista en un spa, sin grandes ambiciones más que su familia. Ahora solo deseaba un hijo.

La rutina se repitió: análisis, espera, medicamentos. Gregorio llamaba desde sus viajes, preocupado.

—Oye, ¿y si nos escapamos a Mallorca este fin de semana? —propuso una noche—. Hay hoteles con piscinas climatizadas.

—En noviembre, Gregorio, ¿qué vamos a hacer ahí?

—Relajarnos. Ha salido bien el contrato, necesito celebrarlo.

—Pero tengo trabajo.

—Déjalo ya, mil veces te he dicho que lo dejes.

—Me gusta, además Lidia está de baja…

—Solo un fin de semana. Mañana llego, hacemos las maletas y nos vamos.

Fueron, disfrutaron. Gregorio no paraba de hablar de cómo había ganado a la competencia.

—Los próximos tres meses sin viajes —dijo abrazándola en la suite—. Todo irá bien.

Regresaron renovados. Pero a la semana él volvió a empacar.

—Perdona, es imprevisto. Tengo que irme.

Ella le preparó la maleta, como siempre. Durante años lo había hecho a la perfección: camisas ordenadas por color, todo en su sitio.

Esta vez estuvo fuera tres semanas. Cuando Lucía le llamó para decirle que había fallado otra vez, casi sintió alivio. No quería verla llorar.

A su regreso, ella insistió:

—Tus negocios también fracasaron, pero no te rendiste.

—¡No compares una empresa con un hijo! —gritó él, desesperado—. Mira cómo estás. Pronto necesitarás un psiquiatra. Acepta que no vamos a ser padres.

—Cuando me hacía abortar porque “no era el momento”, no te quejabas.

—¡No fueron tantos!

—Cinco. Luego la abuela me hizo aquel amuleto… Pero mira ahora, cuando por fin podríamos…

—Yo no te obligué. Tú decidiste.

—Porque creía en ti. Y tú ya no crees en nosotros.

—¡No existe “nosotros”! Solo tú y yo. No soporto verte así…

Discutieron. Él se fue, durmió en el sofá. Días de silencio.

Hasta que un día llegó temprano, empezó a meter cosas en una maleta sin orden.

—El piso es tuyo —dijo—. El coche también. La casa… bueno, hay obras pendientes, no sé si podrás…

—Gregorio… —Lucía se sentó en la cama—. ¿Otro viaje?

Él miró por la ventana.

—Me voy.

—¿Cuánto tiempo?

—Para siempre.

Ella rio, nerviosa.

—No hay viajes tan largos.

—Lucía… Fue una cosa breve, con una compañera. Está embarazada.

—¿Joven?

—Sí.

—Qué rápido… —musitó ella.

—Yo también quería un hijo. Pero contigo no se pudo. Quizá por aquellos abortos… Es culpa mía. Te dejo todo.

—Soy una mujer vacía —susurró Lucía, secándose una lágrima—. Vete. Tu hijo te necesita.

Él cogió la maleta y se fue. La puerta, italiana y cara, no hizo ruido.

Lucía cayó en una depresión profunda. Medio año después, empezó el divorcio. Él intentó hablar, pero ella solo preguntaba:

—¿Ya eres padre? ¿Lo tienes todo?

Él nunca respondió.

Le dejó el piso, el coche. La casa no, la habían pensado para una familia que nunca llegó.

Ella se consumió en su dolor. Sola en aquel piso con vistas a otros edificios, donde veía a parejas, niños, perros… Arriba, unos vecinos discutían cada semana. “Qué idiotas”, pensaba.

Months later, ingresó en el hospital por una infección. Compartía habitación con Eugenia, una vendedora del mercadillo, habladora y sin filtro.

—¿Qué, niña? ¿Te han quitado el útero?

—No.

—¡Pues entonces cómo vas a estar vacía! A mí me faltan las trompas, dieciocho fertilizaciones… hasta que por fin… —chasqueó los dedos—. Esta vez usé material de donante. ¡Y va a ser gemelos!

—¿Cómo?

—Y mi marido… uf, ese otra historia. Lleva 23 años pegado a su madre. Esta vez se fue con ella otra vez. ¡Con 50 años!

Lucía se incorporó.

—Cuéntame más. Del donante.

Eugenia se rio.

—Primero come algo, que estás hecha un palillo.

Así nació una amistad inesperada. Eugenia, vulLucía, meses después, logró quedarse embarazada con un tratamiento de donante, y aunque su exmarido seguía en su nueva vida con hijos perfectos, ella descubrió que la felicidad no siempre llega como uno la imagina, sino como el destino la concede.

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MagistrUm
Ata los cordones con ánimo sombrío tras discutir con su pareja.