Estuve saliendo con una mujer casi un año, no escatimé en gastos para ella y su nieto. Pero bastó con que le pidiera que me preparase unas empanadillas para llevar, y al instante supe cuál era realmente mi lugar

Salí durante casi un año con una mujer, sin escatimar en detalles ni para ella ni para su nieto. Pero bastó con que le pidiera que me pusiera unas empanadillas para llevar, para que en un instante comprendiese el lugar que realmente ocupaba.

El camarero colocó cuidadosamente delante de nosotros un táper de plástico, donde ya habían guardado un trozo casi intacto de tarta de chocolate. Matilde, con visible satisfacción, acercó la tarta hacia sí. Estábamos en una cafetería bonita en pleno centro de Madrid; la música sonaba suave y, sin embargo, en mi interior empezaba a acumularse una sorda irritación.

Llevábamos juntos casi un año. Yo tengo cincuenta y ocho, ella, cincuenta y cuatro. Dos personas adultas, con el equipaje de matrimonios pasados, divorcios, hijos ya mayores y, por supuesto, nietos. Yo tengo dos, un niño y una niña. Ella solo uno, su adorado nieto Antoñito, el «sol de su vida» con seis años, al que apenas he visto de pasada, pero sobre el que sé, seguro, más que de mis propios análisis médicos.

Matilde guardó el táper en el bolso y me sonrió con esa dulzura que, tiempo atrás, consiguió desarmarme por completo.

A Antoñito le vuelve loco todo lo que lleve chocolate comentó. Y yo ya estoy llenísima, no me apetece nada más. Sería pecado desperdiciarlo, ¿no crees?

Asentí en silencio, llamé al camarero y pagué la cuenta, en la que, por supuesto, entraban la tarta, mi café y su ensalada. El dinero nunca fue un problema; no me iba a dejar pobre. Pero el tema no era la cantidad, sino el sistema que silenciosamente se había instaurado entre nosotros desde hacía meses. Yo me empeñaba en mirar para otro lado, atribuyéndolo a eso que se suele llamar «amor de abuela». A la mínima oportunidad generalmente a mi costa Matilde se llevaba a casa lo que podía, supuestamente para contentar a su nieto.

La primera vez que me resultó curioso fue hace tres meses, cuando fuimos al cine a ver un estreno. Compré las entradas y nos acercamos al puesto de palomitas. Ella pidió el cubo más grande de palomitas caramelizadas y una Coca-Cola.

Aquello me extrañó; normalmente cuida bastante su línea y no es de dulces. Pensé que quería darse un capricho. Entramos en la sala, se apagaron las luces. Cogí un puñado de palomitas, empecé a comer. Matilde sujetaba el cubo sobre sus rodillas, bien tapado con la tapa que pidió expresamente, y no probó ni una.

¿No comes? susurré. Están buenas.

Ay, no quiero. Me respondió bajito. Son para Antoñito, que duerme hoy en casa. Le encanta el maíz del cine, y sus padres no le compran nunca.

Por poco me atraganto con la Coca-Cola. Aquella compra, pensé, no había sido para nosotros, sino para su nieto. Y ni siquiera lo comentó previamente. Ella simplemente decidió que así sería. Me sentí incómodo durante toda la película: era imposible picar palomitas bajo su atenta mirada. Al final, la llevé de vuelta a su casa, bajó del coche con su cubo de palomitas, encantada, y yo tenía la extraña sensación de ser el repartidor que además había pagado el pedido.

Y no era cuestión de dinero; Matilde tiene un trabajo decente, viste bien, conduce buen coche. De necesidades económicas, nada.

El golpe de gracia llegó el pasado sábado. Matilde me invitó a comer a su casa, prometiéndome sus famosas empanadillas, de las que tanto había oído hablar. No fui con las manos vacías: llevé una botella de buen vino, fruta y un poco de salmón ahumado, queriendo agasajar la mesa. El aroma a horno llenaba el piso.

Sobre la mesa de la cocina, bajo un paño, aguardaba una enorme fuente colmada de empanadillas doradas, brillando de aceite. Nos sentamos, Matilde sirvió el té y puso cinco empanadillas en el plato.

Come mientras están calientes, Javierito dijo con cariño.

Y estaban increíbles. Me tomé tres de carne y dos de espinacas, quedé saciado y de buen humor. Charla amena, descorchamos el vino, la casa olía a hogar.

Matilde, tus empanadillas son un espectáculo dije, echándome hacia atrás. Esta tarde vienen mis nietos, que mi hija trae a los peques a pasar el fin de semana. ¿Me podrías poner un par para llevar? Les haría mucha ilusión. Siempre andan comiendo de supermercado, mi hija no cocina nada.

Y ahí fue donde la situación dio un giro inesperado.

Matilde cambió de pronto. Su sonrisa se esfumó, la mirada se volvió fría, distante. De repente era otra.

Ay, Javier… respondió, con un tono de disculpa que sonaba a reproche. Me encantaría, pero no puedo darte muchos. Esta noche viene Antoñito, y básicamente he horneado para él.

Se levantó, fue a la inmensa fuente que, lo juro, tenía al menos treinta empanadillas, rebuscó en el fondo y metió en una bolsita transparente tres. Dos de espinacas y una de carne.

Toma me la tendió. Así los pruebas con ellos. Si no, a Antoñito no le queda nada para la cena.

Me quedé mirando aquellas tres empanadillas en una bolsa mientras sentía cómo la rabia me subía al rostro. Había una fuente llena. Y yo acababa de traerle vino, fruta, salmón Jamás le escatimé nada. ¿Y mis nietos ni podían probar alguna empanadilla extra?

Matilde, ahí hay de sobra intenté razonar mientras por dentro me hervía la sangre. Dudo que Antoñito se coma todo. Déjame llevar, aunque sea, para los dos, son chiquillos.

Ella apretó los labios, cubrió bien la bandeja con el paño, casi defendiéndola, y sentenció:

Javier, hago las cuentas ajustadas. Le prometí empanadillas a Antoñito. Y no es cuestión de ir repartiendo lo que preparo. ¿Has comido? ¿Te han gustado? Pues ya está. El resto, para mi nieto.

Dijo «repartiendo», como si yo fuera un mero pedigüeño, no el hombre con el que tiene una relación y que acababa de enriquecerle la mesa con varios manjares.

¿Cómo podía estar yo, en su escala de prioridades, por debajo de un crío?

Un rato después me marché mencionando excusas laborales. Las tres empanadillas quedaron en el asiento del copiloto y el aroma, poco antes cálido y casero, ahora me resultaba incómodo, incómodo y ajeno, como si ya no oliera a hogar, sino a desaire. Daba vueltas en la cabeza. ¿Qué pasaba por su mente? Las conclusiones eran inevitables.

Siempre pensé que una relación sana coloca a los adultos en primer plano; el centro somos nosotros, después los hijos y nietos, por muy importantes que sean. Matilde no funciona así. Su universo gira en torno a Antoñito. Él es su prioridad absoluta. ¿Y yo? ¿Un simple patrocinador?, ¿el que paga cafés, entradas y palomitas para que ella siempre le lleve lo mejor a su nieto?

Cuando pago la tarta para su nieto, es «natural», somos «familia» (aunque un año de citas no haga una familia). Pero si pido empanadillas para los míos, aparece la limitación: «No puedo ir repartiendo». El privilegio es para el suyo, y los míos se apañan con tres empanadillas compartidas. Y ni le molestó entregármelo delante de una fuente entera.

Al llegar a casa, mis nietos ya estaban allí. Mi hija, agotada, recogía bolsas de la compra.

¡Uy, huele a empanadillas! dijo.

Saqué la bolsita, sintiendo vergüenza.

Son de Matilde expliqué, evitando mirarla a los ojos. Probad.

Desaparecieron en un minuto. Estaban deliciosas, claro.

¿No hay más? preguntó mi nieta, relamiéndose.

No, cariño, sólo esas contesté, saliendo a fumar al balcón.

Allí, entre el fresco y el bullicio de la tarde madrileña, pensé: ¿Para qué quiero yo esto? ¿Quiero una mujer que considera mi dinero compartido cuando es cuestión de su nieto, pero sus empanadillas, sagradas? No es la comida. Podría comprarles cualquier cosa. Es la actitud.

Ni siquiera percibió que me dolió. Por la noche llamó, charlando alegremente: «Antoñito ya ha cenado, está feliz viendo dibujos animados». Yo escuché en silencio. Quise decirle: «Los míos preguntaron si había más, pero no supe qué contestar». Pero no lo hice.

¿Os habéis visto alguna vez atrapados en este doble rasero? Cuando lo mejor siempre va para uno propio, y de ti sólo esperan que pongas sin recibir? ¿Creéis que debo hablarlo con ella? ¿O quizás realmente es así por naturaleza y estoy haciendo una montaña de un grano de arena?

Al final, entendí que las relaciones deben basarse en equidad y ternura. No puede estar uno guardando y el otro dando. Y aprendí que hay situaciones en las que el cariño no es cuestión de lo que compartimos en la mesa, sino de lo que compartimos en el corazón. Porque, al final, quienes de verdad suman son los que te hacen sentir parte de su vida, no un invitado ocasional.

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MagistrUm
Estuve saliendo con una mujer casi un año, no escatimé en gastos para ella y su nieto. Pero bastó con que le pidiera que me preparase unas empanadillas para llevar, y al instante supe cuál era realmente mi lugar