La vida sigue adelante

Diario personal

¿Dónde estás? ¿De verdad vas a dejarme atrás?

Hoy me he sorprendido a mí misma, de pie ante la ventana, mirando como la lluvia resbalaba por el cristal. El cielo de Madrid estaba encapotado, y las gotas se mezclaban unas con otras formando dibujos extraños en el vidrio. Sujetaba entre las manos una taza de té, aunque hacía tiempo que se había enfriado. Ni me enteraba. Las manecillas del reloj apenas se movían, el tiempo parecía espesarse como la salsa de una cocción lenta. Todo en silencio, menos mi cabeza, donde resonaban las palabras de esta mañana: Tenemos que hablar.

Las había dicho Octavio, al teléfono. Secas, frías, me congelaron por dentro. Intenté convencerme de que quizá quería hablar de trabajo o de las vacaciones, pero en el fondo sabía muy bien por qué esa frase dolía tanto: hoy se decidiría nuestro futuro.

Cuando por fin entró por la puerta, lo supe de inmediato: algo se había roto. Octavio no levantó la mirada; dejó la gabardina mal colocada sobre la banqueta del recibidor, se sentó, ni un saludo, ni una sonrisa de las de antes. Silencio. El silencio más angustioso que recuerdo.

Me dolía que no siempre fue así. Hace cuatro años, Octavio volvía a casa corriendo, me abrazaba fuerte y me besaba en la frente: una rutina dulce que me llenaba. Podíamos pasar horas en la cocina charlando, planeando viajes a Sevilla o a la costa vasca, decidir qué cortinas pegaban mejor con el salón, discutir si el Rioja o el Ribera era mejor para una cena. Él me preparaba el té cada mañana y yo, a cambio, horneaba los muffins de arándanos que adoraba. Incluso teníamos nombre para el perro que nunca llegó a casa: Bruno, un labrador dorado. Parecíamos eternos.

Pero esa tarde ya no quedaba nada de eso. Octavio se sentó encogido, la mirada lejana, como si estuviese en otra ciudad. El frío de la incertidumbre me helaba los dedos y, sin más fuerzas para aguantar, rompi el silencio:

¿Y bien? el golpe de la taza en la mesa sonó más fuerte de lo que quería. ¡No te quedes callado, me asustas con esa cara!

Octavio respiró hondo, casi dolorido. Miraba la calle como si allí estuviese la respuesta a algo importante. Al fin murmuró:

Ya no te quiero, Jimena.

¿Cómo? balbuceé sin apenas encontrarle los ojos. Pero él los había posado en un marco de fotos sobre la estantería. Era una foto nuestra, del verano pasado en Alicante, riéndonos, morenos y alborotados por el viento. ¿Por qué?

Lo siento. He intentado entenderme, ha sido largo, pero siento que ya no me importa verte cada día, escuchar tu voz, hablar contigo se pasó una mano por la cara como si pudiera borrar el cansancio de los últimos meses. Se acabó el querer.

Sentí como si algo en mi pecho se desgarrara. El aire apenas me llegaba, el dolor era tan punzante que me costó sentarme. No podía ser cierto. ¿Cómo iba a ser posible?

¿Desde cuándo? mi voz sonaba lejana, como la de una actriz en una película antigua.

No lo supe de golpe, pero ahora estoy seguro. No veo un futuro juntos.

Apreté el mantel como si pudiera sujetar la realidad con él. Por mi mente desfilaron años enteros. Noches de sofá bajo la manta, domingos en la filmoteca, su mano cuando cruzábamos la Gran Vía entre el bullicio de la gente. Tantas imágenes y ahora, de repente, parecían perder sus colores, quedar en blanco y negro.

¿Por qué no me lo dijiste antes?

No quería hacerte daño pero tampoco quiero mentirte.

¿Has conocido a otra?

¡No! Nada de eso, simplemente se acabó.

Asentí. Así que sí, tenía que ver conmigo. Me acerqué a la ventana, fingiendo que me interesaba lo que ocurría fuera, sólo para que no pudiera percibir la debilidad de mi rostro. Quería, al menos, salvar algo de orgullo.

Gracias por decirme la verdad dije, todavía dándole la espalda, aunque duela.

De verdad, lo siento.

No pasa nada sonreí con esfuerzo para que la voz no me temblara. Vete, por favor.

Cuando cerró la puerta, la casa se llenó de un silencio muy distinto. Un silencio grande, de esos que pesan. Me puse con sus cosas, a preparar la maleta. Las camisas que con tanto cuidado planchaba, libros escogidos juntos en la librería de la calle Mayor, las fotos Todo lo que de repente se quedaba sin lugar en mi pequeño piso de Chamberí.

Me senté en el sofá, con un té que, esta vez sí, estaba caliente. De repente me vi riendo. Primero bajito, después cada vez más fuerte, hasta que las lágrimas y el llanto acabaron mezclándose en esa carcajada triste, pero libre.

A la mañana siguiente me pedí el día en el trabajo. Necesitaba respirar, caminar sola por la ciudad, ordenar ideas. Fui al Retiro. Allí, entre el verde fresco tras la lluvia, los problemas parecían volverse menos importantes. Aromas a tierra mojada, a setos recién cortados, flores reavivadas por el aguacero: hasta el aire sabía distinto.

Me senté en un banco, saqué el móvil para fotografiar el arcoíris que salía tímido entre los árboles, y entonces la vi: una mujer se acercaba.

Jimena, ¿verdad? era doña Leonor, la madre de Octavio.

Sentí las manos húmedas de los nervios. Recordé cómo siempre traté de agradarle, los mensajes por Navidad, y sólo obtenía respuestas cortantes; nunca sentí que formara una parte real de la familia.

Buenos días saludé reservada, intentando disimular mis temblores.

¿Podemos sentarnos un momento? dijo, señalando el banco.

Apenas tardó en decirlo: sabía lo nuestro. Se lo había contado Octavio el día anterior.

Asentí en silencio, con un nudo en la garganta. ¿Acaso venía a decirme que tenía razón, que yo nunca fui suficiente?

He estado dudando si debía contártelo, pero quiero que sepas que nunca fui contra ti me dijo, y me miró, por primera vez, de verdad. Fue Octavio el que inventó esa historia de que yo me oponía, para no comprometerse del todo. Él quería alguien cerca hasta irse; y te tuvo a ti. Para que yo no me entrometiera, te puso en mi contra.

¿Irse…? ¿Dónde?

Quería ir al extranjero en cuanto la empresa le diera la oportunidad. Lo tuyo era una espera. Te utilizó, hija.

Mi mundo se dio la vuelta. Cuatro años viviendo con alguien que hacía planes a mis espaldas. Las piezas encajaban: viajes repentinos, llamadas interminables, el desdén de los últimos meses.

¿Por qué me lo cuenta ahora?

Porque mereces la verdad dijo, poniendo una mano suave sobre la mía. Pensé que si se enamoraba de ti, todo cambiaría. Me equivoqué.

Inspiré profundamente. Qué aire más limpio el de Madrid en junio. Sentí una ligera sensación de alivio, descubrir la historia completa me liberaba por fin.

Gracias, de verdad. Saberlo me ayudará a pasar página.

¿Qué vas a hacer ahora?

Levanté la mirada, viendo cómo la luz jugaba entre las ramas de los plátanos del Retiro. Sentí una certeza que hacía mucho no aparecía en mí.

Vivir. Eso haré, vivir y sonriente, aunque con voz serena, sentí que por fin la sonrisa era de verdad.

Charlamos largo rato. Resultó que teníamos más cosas en común de lo esperado: adorábamos a García Márquez, ella prefería el café con poca canela y yo con mucha. Incluso nos reímos de tonterías y, poco a poco, la tensión se esfumó.

Al separarnos, su mano apretando la mía fue gesto de respeto y, al regresar a casa, todo me pareció un poco distinto. El sol, la sombra en los árboles, los geranios en el balcón, incluso el rumor de los coches en la calle.

Al llegar quité la foto de nuestro último viaje juntos del marco, la guardé despacio en el cajón. Abrí el balcón y el aire fresco llenó la estancia, moviendo las cortinas como si el piso quisiera bailar conmigo.

Se me fue la vista al cuaderno de planes sin terminar: antes lo llenaba con ideas para él; rutas en coche por Asturias, recetas, restaurantes nuevos. Ahora estaba vacío, esperándome.

Cambié de rumbo, cogí bolígrafo y escribí:

1. Apuntarme a clases de acuarela, lo quise hacer desde la universidad.
2. Escapada de finde a Barcelona: museos, calles, arquitectura.
3. Aprender a preparar el café perfecto, con crema densa.
4. Quedar con Laura, la amiga que siempre estuvo hay mucho que recuperar.
5. Comprar zapatos cómodos, y no sólo bonitos.

Un punto tras otro, la lista siguió creciendo. Por primera vez en años, los planes eran sólo míos.

Aquella noche cociné una sencilla ensalada y pollo al horno. Puse mi playlist favorito, el que hacía meses no escuchaba por miedo a los recuerdos, y subí el volumen. De pronto, sin proponérmelo, empecé a bailar por toda la casa, entre carcajadas y estribillos. Mi cuerpo se sentía ligero, la música volvía a ser miya.

Antes, bailaba con Octavio bajo la luz tenue de la cocina, despacio, casi a escondidas. Ahora saltaba sola, y no era triste. Me pertenecía, era libre.

Al mirar por la ventana, las luces de la ciudad parpadeaban, tibias y alegres. Y me di cuenta de que, sí, la vida sigue. Sencilla, dura a veces, pero sigue.

***

A la mañana siguiente, me sorprendí despierta antes de tiempo. No pensaba pasar el día en la cama, lamentándome. No, la vida no se detenía porque hubiera terminado una relación.

Al mediodía llamé a Laura, mi mejor amiga de toda la vida. Hacía mucho que no quedábamos, siempre había una excusa, a menudo impuesta por el horario o los planes de Octavio, que, poco a poco, me iba alejando de lo que quería hacer.

Marqué su número, sentí nervios, pero también ilusión.

¡Laura! Soy Jimena. ¿Te apetece un café? Tengo mucho que contarte.

¡Eso ni se pregunta! respondió ella, entusiasmada. ¿Dónde quedamos?

¿En el café de la Plaza de Olavide? El de siempre.

Perfecto, en una hora.

Mientras me arreglaba, pensaba en lo mucho que había cambiado. Durante años viví adaptada al ritmo de otra persona. Ahora me permitía ser yo, improvisar, decidir según mis propios deseos.

El café olía a bollos frescos, a café recién hecho; la misma decoración de siempre, nuestro rinconcito de ventana. Laura ya estaba, y al verme, sonrió como si el tiempo no hubiese pasado.

Te veo distinta dijo, con esa mirada cómplice de siempre.

Me siento distinta. Octavio terminó conmigo. Descubrí que planeaba marcharse al extranjero y que me mintió todo este tiempo.

Laura puso cara de asombro y rabia, pero enseguida la suavizó.

Vaya bueno, me alegro por ti.

¿Por qué?

Porque ahora eres libre contestó, sin dudar. Siempre has vivido para los demás. Es hora de vivir para ti. Puedes volver a beber tu chocolate caliente, elegir tus propias exposiciones sin preguntar ni esperar su aprobación.

Me reí con ganas, de esas veces que se notan en la barriga. Hablamos horas, como si el tiempo fuese de goma. Me contó de su trabajo nuevo, sus planes de hacer el Camino de Santiago, y, animada, comencé a hablar yo también. De los pequeños placeres redescubiertos: pasear sin rumbo, leer por placer, apuntarme a pintura; de lo que soñaba hacer, de los viajes pendientes, de las fiestas que pospuse.

Al despedirnos, me abrazó con fuerza.

Me alegro de verte tan tú, tan de verdad susurró.

Y yo de tenerte cerca. Va a ir todo bien. Ahora lo sé.

Volví a casa caminando tranquila, la tarde madrileña acariciándome la piel. Olor a futuro, a hojas secas pero también a promesas. Pensaba en lo que me esperaba, y no sentía miedo, sino curiosidad.

Al entrar, me dió por organizar el salón: saqué la vajilla bonita, coloqué fruta en la fuente de cerámica, puse una de esas mantelerías alegres que antes no usaba porque era demasiado colorida. Me senté un rato a mirarlo, saboreando mi casa, mi rincón de mundo recuperado.

Miré por la ventana las luces que parpadeaban al fondo y me dije: este es mi comienzo, y ahora elijo yo los próximos pasos.

La vida, aunque a veces duela, sigue. Y yo voy a vivirla.

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