¡Y mira tú por dónde, a Anabel le dio por ponerse de parto en plena ventisca! Si según las cuentas aún le quedaban tres semanas; quién sabe, igual para entonces la nevada habría parado, vendrían unas buenas heladas y podríamos ir tranquilos al hospital. ¡Pero no, tuvo que ser justo ahora!

Y a Lucía, ¿quién le mandaría ponerse de parto en medio de una ventisca? Según las cuentas del médico, aún le quedan tres semanas por delante. Para entonces, mira, quizá ya hubiera amainado el temporal, haría un frío seco, y se podría ir a la maternidad de Salamanca tranquilamente. Pero no, ¡ahora tiene que ser! Bueno, siendo sinceros, no es que sea culpa suya, sino del pequeño que lleva dentro. El muchacho tiene prisa, ya no cabe en ese vientre, y poco le importa que afuera la nieve lleve acumulándose seis días.

Con este temporal no entra ningún coche en el pueblo. Los caminos a las afueras de Zamora están tapados por la nieve, que supera las rodillas. Y no para de nevar, cae y cae como si por el cielo hubieran roto un costal de harina. Miras por la ventana y todo es blanco; nieve que baila y gira en el aire. Y si necesitas salir al corral, es imposible ni abrir los ojos: el viento te azota a la cara y la nieve raspa los párpados.

En esa ventisca tan castiza al niño le da ahora por nacer.

Desde por la mañana, Lucía se nota rara: le tira la espalda, no se encuentra, por mucho que se tumbe no se acomoda, se levanta, se pasea. Su suegra, Ángeles, se da cuenta de su trajín:

Lucía, ¿no estarás de parto? ¿Por qué no paras quieta?

No sé, madre, pero me noto muy inquieta.

Déjame que te mire la barriga.

Ángeles nunca fue muy entendida en temas de partos, al final todo lo hacen los médicos ahora, las matronas, en el hospital. Ya nadie aprende de partos en casa como antes. En el pueblo queda sólo una partera, Pilar, cuando en su juventud había tres mujeres que asistían partos.

El vientre está bajo, Lucía. El crío se te ha colocado ya.

¿Cómo que se ha colocado? ¡Si es pronto todavía!

Eso ya no depende de nosotras, hija, es como Dios manda.

A Lucía se le llenan los ojos de lágrimas; tiene miedo, es su primer hijo, no tiene ni idea de qué pasa, nadie se lo explica. Ángeles solo tuvo su hijo hace más de veinte años; no se acuerda de nada.

Lucía, voy a por Pilar, la partera. Te dejo un cubo en la vitrocerámica, cuando hierva el agua apaga el fuego. Si puedes, saca toallas limpias, sábanas. Ya sabes dónde está todo, déjalo preparado. Pero no te agobies, si no puedes, no lo hagas. Cuando yo estaba para dar a luz a Miguel, Pilar me mandó andar mucho por casa. Decía: ve de aquí para allá y respira hondo, así todo avanza más rápido se coloca la mantilla sobre los hombros y añade. Paso por casa de Carmen, tu madre, y la aviso. Aguanta, niña, Pilar sabe mucho. De otros pueblos venían a buscarla en mis tiempos, y aquí todas queríamos ponernos en sus manos. Es buena mujer.

Se abriga la suegra, coge el palo del escobón para apoyarse entre la nieve, y se marcha al temporal.

Lucía se queda sola. Ahora está aún más asustada: ¿y si empieza a dar a luz justo ahora y no hay nadie? ¿Y si Ángeles se cae entre la nieve? ¿Y si su madre no viene? Aunque seguro que viene, ¿por qué no iba a venir

No sabe muy bien qué hacer. Solo ha entendido que tiene que andar y respirar. Pero ¿cómo respirar si a veces le falta el aire del dolor? Ojalá estuviera Miguel, su marido, para animarla, decirle que puede con esto, que estaría a su lado si hace falta. Pero la ventisca le ha dejado atrapado en la ciudad, en Valladolid, ni bus ni tren, ni carreteras. Ni sabe siquiera que pronto va a ser padre de un hijo, o quizá una hija. ¡Y cómo tira de la espalda!

Entra su madre, Carmen, cubierta de nieve, como si le persiguiera una nube.

¡Hija! ¡Lucía! Ángeles me ha dicho que estás de parto.

Sí, mamá.

Ya estoy aquí, cariño, tranquila. He traído unas pasas secas, ahora te hago una infusión. Hay que hervir agua…

Una hora después regresan Ángeles y Pilar. La partera Pilar, una abuela vivaz y arrugada, revisa a Lucía y sentencia:

Para mañana temprano nacerá.

¿Cómo que para mañana? se horroriza Lucía. Si ni siquiera ha llegado la hora de comer y el dolor empezó ayer por la noche.

Eso eran solo avisos, hija. Hay veces que empiezan días antes. Ahora sí ha empezado de verdad, pero la dilatación solo va por medio dedo. No corras, cariño, mañana nacerá. Me voy a casa.

¡Quédese, Pilar! suplicó Lucía Usted es la única que entiende, me siento mejor si está aquí.

La partera, que ha asistido a cientos de partos, se apiada:

Me quedo, no te preocupes. Cuando la madre está tranquila el niño sale antes.

Lucía no sabía aún que los avisos son como los almendros en flor: alegran pero duran poco. Lo que viene son las flores, el verdadero dolor para el que no estaba preparada.

Le acomete un dolor que le parte por dentro, no puede respirar, ni moverse. No aguanta ni estar de pie ni tumbada; no siente más que dolor.

Ángeles y Carmen, impotentes, van y vienen, sin saber cómo ayudar. Pilar, cansada de verlas nerviosas, las manda a planchar la ropa, que no molesten.

Al llegar la noche, todo se calma. Pilar revisa: ha dilatado ya cuatro dedos. Va despacio, porque Lucía es primeriza y el camino está cerrado. Difícil para el niño y para la madre, que se queda sin fuerzas. Cuando por fin las contracciones aflojan, puede comer un poquito. Pilar la acuesta para que descanse.

Pero el temporal sigue, si cabe aún más fuerte.

A las cuatro de la madrugada salta Lucía, desorientada, Pilar duerme cerca.

Virgen del Pilar, ayúdanos susurra Lucía, mirando a la estantería donde están los santos. Que el niño venga pronto.

Y de nuevo arrancan las contracciones, un dolor tan grande que Lucía no ve nada. Pilar se levanta y la examina: cinco dedos solo. Lento, pero es normal siendo el primero.

Cuando afuera empieza a amanecer, Lucía no tiene ya fuerzas, el camisón se le pega, los ojos perdidos, el pelo hecho un nudo.

Ya está, solo falta un poco anima Pilar, ya viene el niño.

Abuela, ayúdame llora Lucía, abuela, ayúdame

Carmen se asusta:

Lucía, hija, no está aquí la abuela, ¿estás delirando? explica a Pilar. Abuela le llama a su bisabuela, Aurora, la adoraba de niña, le decía abuela porque no sabía decir Aurora. Y la sigue llamando así de adulta. Aurora quiere más a Lucía que a los demás bisnietos, fue la primera, solo había tenido hijos varones.

Lucía, ya se ve la cabecita. Aguanta, cariño, empuja un poco más. Así así Pu-pu-pu respira junto a ella la partera.

Lucía grita, empuja, respira y vuelve a gritar.

Abuela, ayúdame… susurra ya no puedo más

Y de repente siente que el bebé nace, directamente en las manos arrugadas de Pilar.

Quizá sea el último que recibo piensa Pilar, sonriendo ante la vida que llega. Con cuidado, pone el niño sobre el vientre de Lucía:

Es un niño, Lucía, un niño hermoso. Mira qué guapo es tu hijo, y grita como un presidente, seguro que a todos va a hacer bailar a su alrededor.

Lucía llora de alegría, besa los deditos. ¿Cómo cabía tanta maravilla dentro de ella? Ay, si Miguel estuviera aquí para ver al hijo más bonito del mundo.

Miguelito, mi Miguel susurra.

¿Cómo Miguel? se sorprende Ángeles No habías dicho que si era niño le ibas a llamar Álvaro.

¿Pero cómo va a ser Álvaro, si es Miguel? sonríe Lucía Miguel Fernández.

Pilar acaba su labor y se prepara para marchar. Es bonito recibir nueva vida, pero cansa. Ahora solo queda volver a casa, abriéndose paso entre el temporal.

Lucía y su hijo se duermen, Carmen también se dispone a irse: lleva un día entero sin pisar su casa. Se enrolla bien la mantilla, se despide de Ángeles y se marcha al campo.

Mira tú, la ventisca ya amaina, la nieve cae menuda, casi no se nota. Igual mañana o pasado regresa su yerno. Ya casi llega a casa.

Aunque piensa voy a pasar por casa de Aurora, la bisabuela, y darle la noticia. Igual necesita algo, quizá pan, aunque la otra tarde le llevé, come tan poco

La bisabuela Aurora, la abuelita de Miguel, vive sola a dos casas de ellos, a punto de cumplir noventa y tres años. No se deja llevar a casa de nadie, vive tranquila, se apaña con todo, y ellos la cuidan y le llevan comida.

Carmen consigue abrir la puerta, ve la pala apoyada en la verja, seguramente su hijo pasó ayer. Limpia el camino hasta la puerta, barre el porche y entra.

¡Aurora! ¡Aurora! grita, pisoteando la nieve, sacudiéndose las botas. Soy Carmen, venía a verte.

Nadie responde; dormirá, lástima molestar. Quieta, se quita el abrigo, entra y en la habitación

Allí está Aurora sobre la cama, las manos cruzadas sobre el pecho, toda vestida de limpio. Carmen se da cuenta de inmediato, nunca ha visto ese vestido nuevo, blanco el pañuelo todos limpios.

Se acerca, limpia las lágrimas, cierra con cariño los párpados.

Mira la mesilla: la foto de Lucía, una estampa del Apóstol Santiago, un trozo de vela consumida.

Gracias, abuela Aurora, has ayudado a Lucía. Ha nacido su hijo. Le ha puesto Miguel. Pero seguro que ya lo sabes. Gracias de corazónCarmen se sienta unos minutos junto a Aurora, en aquel silencio tan hondo que parece llenar toda la casa. Afuera, la nieve ha dejado de caer. Hay una claridad rara, como si el campo brillara bajo una luz nueva. Por la ventana, se ve el humo de las chimeneas, un hilo cálido que sube derecho al cielo; la vida, piensa Carmen, nunca se detiene, siempre avanza aunque parezca quedarse quieta.

Antes de irse, le besa la frente y, entre lágrimas, le da las gracias de nuevo, por Lucía, por Miguel, por tantas cosas que nunca se agradecen en voz alta. Sale al portal y, al mirar atrás, le parece oír una voz quedita: Cuida de ellos.

Carmen baja la calle, dejando huellas frescas en la nieve. Siente un calor en el pecho, un hilo invisible que recorre la casa de la abuela, la de su hija y la suya propia, como si todas las mujeres estuvieran cogidas de la mano, de una puerta a otra, de un tiempo a otro, de la vida a la muerte y de la muerte a la vida.

En casa, Lucía duerme con su hijo en brazos. En sueños, ve a la abuela Aurora sentada a su lado, cantándole una nana antigua que nadie más recuerda. Afuera, la ventisca ha rendido sus armas y, por primera vez en días, el cielo se abre. Una golondrina cruza, sola, entre la nieve. El pueblo respira.

Y así, mientras el primer sol del deshielo baila en los aleros y en la ventana se marcan flores de escarcha, el pequeño Miguel llora, anunciando al mundo que la vida pese a todo, y como siempre continúa.

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MagistrUm
¡Y mira tú por dónde, a Anabel le dio por ponerse de parto en plena ventisca! Si según las cuentas aún le quedaban tres semanas; quién sabe, igual para entonces la nevada habría parado, vendrían unas buenas heladas y podríamos ir tranquilos al hospital. ¡Pero no, tuvo que ser justo ahora!