Visitante enigmático en el jardín

**El Misterioso Visitante del Jardín**

Alba se despertó con el estridente canto del gallo de los vecinos. «¡Otra vez este animal!», pensó con fastidio. El ave calló, pero el sueño ya se había esfumado, dejando solo una vaga sensación de inquietud. Se revolvió en la vieja cama chirriante, notando la humedad de las sábanas y un ligero vacío en el estómago. La luz matutina que se colaba por las cortinas descoloridas le daba de lleno en los ojos, agravando su mal humor.

Con pereza, se levantó y se encogió de frío. Ya estaba acostumbrada a lavarse con el agua helada del pozo, pero frotar los platos con esa agua seguía siendo un suplicio. La casa de su tía Adela, donde estaba de visita, no tenía agua caliente. Antigua, desgastada por el tiempo pero llena de recuerdos, esa vivienda guardaba historias de la infancia de su padre y su tía. La había construido su abuelo, y cada tablón crujiente respiraba nostalgia.

Tras la muerte de los abuelos, Adela se quedó sola. Su hija se había marchado al extranjero, y su hijo estudiaba en la universidad de Madrid. Alba, decidida a hacerle compañía y revivir viejos tiempos, había viajado al pueblo en su segunda semana de vacaciones. «Le hago un favor a la tía, y de paso me escapo del ruido de la ciudad», pensó mientras hacía la maleta.

La casa no daba mucho trabajo. Cinco años atrás, su padre, Antonio, había cambiado la vieja estufa por una caldera de gas, mejorando la vida cotidiana. Pero Alba seguía añorando aquellos días en que el calor de la lumbre llenaba la casa y el aroma de la leña flotaba en el aire. Los quehaceres del huerto eran sencillos: regar, quitar malas hierbas… Lo hacía con un entusiasmo inesperado, como si redescubriera un ritmo olvidado.

La tarde anterior, su tía se había ido a un pueblo cercano por tres días —no supo si era un velatorio o una fiesta—. Adela le pidió que «cuidara la casa», pero Alba no tenía muy claro qué implicaba eso. No quedaban animales, y la leche y la nata las compraba a los vecinos. ¿El huerto? Eso ya formaba parte de su rutina. Así que podía dedicar el día a ella misma: a pasear, leer o disfrutar del silencio.

Alba salió al jardín, arrancó una manzana madura y sonrió al respirar el aire fresco de la mañana. Estas vacaciones eran distintas. El año pasado había descansado en la costa, y hacía dos viajó al extranjero, pero esta vieja casa en un pueblecito perdido de Castilla tenía algo especial, familiar. Una brisa ligera trajo un sonido extraño, como un susurro o un quejido, que se coló entre el canto de los pájaros.

Se sobresaltó y siguió el ruido. Miró detrás del invernadero —nada—. Dio la vuelta al huerto —silencio—. Solo el gato pelirrojo de los vecinos saltó la valla y desapareció entre la hierba. Al acercarse al seto, el sonido se volvió más claro. Dudó: ¿salir a la calle en pijama? Al final, se abrió paso por la entrada trasera, esquivando las ortigas. El jardín estaba repleto de manzanos y perales, con arbustos de cerezas y espinos al fondo, mientras junto a la casa florecían frambuesas y grosellas.

Entre las madreselvas y los lirios, Alba se detuvo en seco. Un hombre joven yacía en la hierba alta. Su corazón dio un vuelco.

—Eh… —Se arrodilló y le tocó el hombro con cuidado—. ¿Estás vivo?

Lo giró boca arriba. El hombre respiraba con dificultad, el rostro pálido. Corrió a la casa, llenó un cubo de agua helada y regresó. Le salpicó la cara, empapó una toalla y se la puso en la frente. El desconocido entreabrió los ojos.

—Agua… —rogó con voz ronca.

Alba lo ayudó a sentarse, apoyándolo contra la valla, y le dio de beber.

—Necesitas un médico —dijo con firmeza—. ¿Qué ha pasado?

—Nada, una pelea con un amigo —masculló el hombre, haciendo una mueca—. No hace falta médico, solo ayúdame a levantarme.

Sosteniéndolo del brazo, lo guio hasta la casa. Allí se desplomó sobre su cama y se quedó dormido al instante.

—Vaya historia —murmuró Alba—. Bueno, cosas más raras han pasado.

Se puso a cocinar mientras echaba miradas al huésped dormido. Cuando despertó, su camisa blanca ya secaba en la cuerda de la cocina, y a su lado había una camiseta amarilla ridícula —claramente para él—. Se la puso y se sentó, frotándose las sienes.

—Gracias —refunfuñó.

—No es nada —respondió ella, adoptando el tuteo—. ¿Tienes hambre?

—Sí —suspiró, levantándose lentamente y sentándose a la mesa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alba, sirviéndole un plato.

—Marcos —contestó él, clavando la vista en la comida.

—Alba —se presentó ella, acercándole el tenedor.

—Alba —repitió él, pensativo—. Gracias.

Tras el café con leche, sus mejillas recobraron el color y devoró con apetito las tortitas que ella había preparado. Alba lo observó con calidez, contenta de verlo recuperarse.

—¿Más? —Puso el plato en el fregadero y suspiró mentalmente: otra vez a calentar agua para lavar—. Ahora cuéntame qué demonios ha pasado.

—¿Por qué? —frunció el ceño Marcos.

Ella lo miró de arriba abajo:

—Porque quiero saber quién y por qué se desploma entre mis lirios —dijo con media sonrisa, pero luego se serenó—. Vamos, dime la verdad.

—No es nada —se encogió de hombros—. Una discusión con un amigo, eso es todo.

Alba arqueó una ceja.

—Bebimos, discutimos —añadió él, mirándola de reojo—. Rencores viejos, envidia, ya sabes.

—¿Por qué exactamente? —preguntó ella con interés.

—Por todo y por nada —evadió él—. Envidia, como te digo.

Alba puso los ojos en blanco:

—Qué esclarecedor, gracias. Bueno, si no quieres hablar, no hables. Pero en tu lugar iría al médico. Puedo acompañarte.

Lo miró con preocupación maternal. Marcos parecía cinco años más joven que ella, quizá un universitario. Aunque no un adolescente… El caso era extraño.

Con esas ideas, Alba decidió acogerlo bajo su protección. Se negó a ir al médico y quiso marcharse, pero ella lo convenció de quedarse hasta la noche. «La tía Adela vuelve el lunes, hasta entonces puede quedarse aquí», pensó. No es que quisiera ocultárselo a su tía, pero prefería evitar preguntas incómodas.

Las siguientes horas, Marcos descansó mientras Alba le leía un libro antiguo de la biblioteca de su tía. Luego charlaron, y ella notó con sorpresa lo fluida que era la conversación. Más tarde lo sacó al jardín a tomar el aire.

Marcos caminaba con más seguridad, admirando los manzanos y arbustos como si nunca hubiera estado en el campo. Se sentaron en la hierba, mordisquearon manzanas y hablaron de todo. Al anochecer, Alba ya entendía su forma de pensar, pero seguía sin saber—Parece que el destino nos ha jugado una buena broma —dijo Marcos, tomándole la mano entre las flores silvestres mientras el sol se escondía tras los campos de trigo.

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Visitante enigmático en el jardín