No remuevas el pasado
A veces me descubro pensativa, reflexionando sobre mi vida ahora que he superado los cincuenta. Nunca he podido llamar feliz a mi matrimonio, y todo por culpa de mi marido, Fernando. Al principio fue por amor, claro, nos casamos jóvenes, ilusionados. Pero lo cierto es que no supe ver el momento exacto en que él empezó a cambiar.
Vivíamos en un pueblo pequeño, en la casa de mi suegra Carmen. Siempre procuré mantener el hogar en calma, tuve mucho respeto por Carmen, que siempre me trató con cariño. Mi madre, Rosalía, vivía en la aldea de al lado, con mi hermano menor. Estaba enferma muy a menudo.
Carmen, ¿y qué tal te llevas con tu nuera María? le preguntaban las vecinas cuando coincidían en la fuente, en la tienda o de camino.
Con María nada malo puedo decir, es educada, sabe llevar la casa y el campo, me ayuda en todo respondía siempre mi suegra.
¡Hay que ver, nunca hemos oído a una suegra hablar así de bien de su nuera! No nos lo creemos replicaban entre risas.
Carmen se encogía de hombros y seguía su camino.
Cuando nació mi primera hija, Lucía, todos estaban felices. La suegra buscaba en su nieta parecidos con ella, pero yo me reía, me daba igual a quién se pareciera mi niña.
A los tres años nació mi hijo Jorge; se repitió la alegría, la casa llena de vida. Fernando trabajaba, yo cuidaba de los niños y Carmen me ayudaba muchísimo. Mi vida no era muy distinta a la de otras mujeres del pueblo, aunque en casa todo era tranquilo: mi marido no bebía, cosa rara allí. Era habitual que las vecinas tuvieran que ir a buscar a sus maridos allá donde se juntaban, ya fuera en el bar o la peña, algunos llegaban a casa tambaleándose, y las mujeres protestaban y despotricaban.
En mi tercer embarazo, me enteré de que Fernando me era infiel. En los pueblos nada se esconde, y pronto llegó a mis oídos el rumor de que se veía con Paqui, la viuda. Fue mi vecina Cristina quien se presentó en casa:
María, tú con el tercer hijo en camino y ese ingrato de Fernando de fiesta con las otras. Menuda poca vergüenza.
¿Estás segura, Cristina? Yo no he notado nada raro contesté sorprendida.
¿Cómo ibas a enterarte, con todo lo que tienes encima? Los niños, la casa, la suegra Él va por libre, en el pueblo todos lo saben y Paqui ni lo oculta.
Me dolió mucho, y mi suegra también estaba al tanto. Carmen intentó hablar con su hijo, lo regañó, pero él se zafaba siempre.
Madre, déjate de cuentos, sabes cómo son las mujeres, les gusta hablar.
Un día, Cristina irrumpió en casa:
María, acabo de ver a Fernando entrando en el patio de Paqui, lo vi con mis propios ojos, venía del supermercado. ¿No quieres quedarte sola con tres niños? Ve y échale valor, encara a esa fresca.
Yo sabía que jamás tendría arrojo suficiente para pelearme con Paqui; era una mujer dura, con mala fama. Su marido murió ahogado, y siempre anduvo metida en líos.
Aun así, me armé de valor y fui.
Voy a mirar a Fernando a la cara, a ver si lo reconoce. Siempre dice que todo son rumores le comenté a mi suegra, mientras ella trataba de impedirlo.
Era un otoño frío y oscurecía temprano. Toqué la ventana de Paqui y esperé, pero me habló por la puerta cerrada.
¿Qué quieres, por qué te empeñas en molestar?
Sé que Fernando está aquí, me lo ha contado la gente, respondí en voz alta.
Anda, no hagas el ridículo, vuelve a tu casa me contestó ella riéndose.
Me volví resignada, sabiendo que no me abriría. Mi marido regresó tarde esa noche, borracho, algo que le ocurría muy poco. Yo lo esperaba despierta.
¿Dónde estabas? Sé lo de Paqui, fui y ni se molestó en abrirme.
¡Qué dices! protestó Fernando , Qué va, estaba con Álvaro en el bar, ni me di cuenta de la hora.
No creí nada, pero no quise montar un escándalo a esas horas; nunca fui de broncas. ¿Qué podía hacer? Como reza el dicho: Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero no pude dormir, pensando: ¿Dónde iría yo con dos niños, el tercero por venir? Mi madre enferma, mi hermano tiene ya bastante con su familia. Ni sé cómo cabríamos todos.
Además, mi madre siempre me decía cuando me quejaba de Fernando:
Aguanta, hija, ya tienes hijos, agarra el matrimonio y resiste, ¿crees que yo lo tuve fácil con tu padre? Bebía y nos hacía la vida imposible, ¿no recuerdas cuando nos escondíamos en casa de los vecinos? Dios decidió llevárselo, pero hasta ese día aguanté. Tu Fernando al menos no te pega ni se emborracha muy seguido. Las mujeres están hechas para la paciencia.
Nunca estuve del todo de acuerdo, pero entendía que no podía irme. Mi suegra también me calmaba.
María, piensa en tus hijos, el tercero está por nacer, juntas podremos con Fernando.
Así nació mi hija pequeña, Alba. Llegó débil, enfermiza, todo lo que sufrí durante el embarazo le pasó factura. Pero fue mejorando, y mi suegra la cuidaba con mucho cariño.
María, ¿has oído la noticia? otra vez Cristina, la vecina, propagando rumores Paqui ha dejado entrar a vivir a Alfonso, que su mujer lo echó de casa.
Pues que viva quien quiera, le contesté, y lo cierto es que me alegré, así mi Fernando no tendría motivo de ir allí.
Pero al poco volvió Cristina:
Alfonso se fue y volvió con su mujer, y Paqui otra vez sola. María, mantén a Fernando bajo control no vaya a buscarla otra vez.
Los años pasaron, la rutina volvió. La suegra respiraba tranquila. Pero si a un hombre le dan alas, no se está quieto mucho tiempo
Un día, Carmen se cruzó con su amiga Manuela en el supermercado.
Carmen, ¿cómo ha salido tu Fernando? María es buena mujer y madre, tú lo sabes, ¿qué más quiere tu hijo?
Ay Manuela, ¿otra vez se le ve por ahí?
Y tanto. Va a casa de Verónica, la divorciada que trabaja en la cafetería.
Carmen no me lo contó, pero regañaba en silencio a Fernando, que ya ni la escuchaba. Era inútil esconderlo todo. Me lo dijo Cristina; lágrimas, súplicas nada. Fernando seguía con sus visitas, aunque nunca pensó en marcharse de casa. Le resultaba muy cómodo: mujer, hijos, madre, todo resuelto. Y fuera, divertimento asegurado.
Carmen llegó a regañarlo delante de todos, pero Fernando se defendía:
Trabajo por mi familia, traigo dinero a casa y aun así me atacáis, creéis los chismes de la gente respondía enfadado.
Antes no bebía apenas, ahora ni eso, lo dejó por completo.
Los años pasaron, los hijos crecieron. Lucía se casó en Valladolid, donde estudió. Jorge también se graduó en Salamanca y se casó allí con una chica del lugar.
Alba termina este año el bachiller y quiere irse a la ciudad. Fernando ya está tranquilo, no sale, solo trabajo y hogar. Siempre en el sofá, con la salud resentida. Ha dejado el alcohol; nunca fue bebedor, ahora nada de nada.
María, el corazón me da pinchazos y el dolor sube por la espalda me dice . También me duelen las rodillas, serán los huesos. ¿Debería ir al médico en la capital?
No siento ya compasión por Fernando. Mi corazón se fue endureciendo con los años, con cada lágrima y desengaño.
Ahora, sin salud, se queda en casa, que se queje a las que tuvo antes pienso , que sean ellas quienes lo cuiden.
Carmen falleció, la enterramos junto a su marido. Ahora la casa es silenciosa. De vez en cuando, los hijos y nietos vienen a visitarnos. Nos alegramos ambos. Fernando se lamenta delante de los niños y hasta me acusa de no cuidarlo. Lucía trae medicinas, preocupada, atenta en todo momento, y me dice:
Mamá, no te enfades con papá, está enfermo.
Me hiere, porque siente más por él que por mí.
Hija, que se lo ha buscado con la vida que llevó, le explico yo también he perdido salud de tanto sufrir. Pero nunca te quejaste, ni entendiste el porqué.
Jorge también anima al padre siempre que viene, y claro, es hombre, es fácil entenderse entre ellos
A mis hijos les he hablado muchas veces, les expliqué las infidelidades de su padre, cómo aguanté por ellos, cómo sufrí. Nunca fue fácil, ni justo. ¿Y qué me responden?
Mamá, ya no remuevas el pasado, no castigues a papá le dice Lucía; su hermano le apoya.
Mamá, ya pasó todo, me consuela Jorge, acariciando mi hombro.
Me duele que estén más del lado de su padre, pero lo comprendo, no me siento resentida, la vida es así.
Gracias por leerme y por vuestro cariño. Os deseo lo mejor en la vida.





