Verónica no conseguía encontrar su felicidad. Pronto cumplirá cuarenta años y sigue sola, sola. Y eso que Dios le ha dado de todo: inteligencia, belleza, un buen trabajo, un sueldo alto… pero la dicha de mujer, esa no la encuentra.

Nunca pensé que, acercándome ya a los cuarenta, seguiría buscando la felicidad sin encontrarla. Me llamo Carmen Ortega y, aunque la vida me ha dado muchas cosas inteligencia, buena presencia, un trabajo estable en una empresa de seguros en Madrid, sueldo decente en euros, sigo sola. Y lo peor es ver cómo mis padres, Adela y Salvador, lo sufren casi más que yo.

Ellos siempre han querido lo mejor para mí, su hija única. Más que ayudarme económicamente que, de hecho, puedo ser yo quien lo haga con ellos, me apoyan moralmente:

¡Quédate a vivir con nosotros, Carmen! La casa de Tres Cantos es grande y algún día necesitarás ese dinero cuando llegue tu verdadera felicidad me repiten una y otra vez, intentando reconfortarme cada día cuando vuelvo agotada del trabajo.

Pobrecita mía, si no fuera por nosotros, ¿quién te daría siquiera un abrazo? suspira mi madre, mientras mi padre añade:

Hija, cuando ya no estemos, ¿a quién le contarás tus penas? Tienes que encontrar tu propio camino a la felicidad.

Y así, noche tras noche, nos sentamos los tres frente a la televisión. Todo sigue igual, año tras año, casi por inercia. A veces me aburro tanto que me entran ganas de bostezar solo de pensarlo. Más me sorprende aún oírles hablar ya de su ausencia, siendo tan jóvenes; se casaron enamorados con diecinueve años, cuando les parecía que el mundo era inmenso.

En la universidad, conocí a un chico peculiar, Julián. Era grande y algo torpe, siempre tropezando, tirándolo todo a su paso. Mamá le llamaba en broma el plato roto, mientras papá imitaba su caminar desgarbado y sus movimientos torpes, arrancándonos carcajadas.

Hija, ese muchacho es un desastre. Todo lo que toca lo estropea, no es para ti me decían.

Como agua que poco a poco perfora la piedra, sus palabras fueron calando en mí, y terminé por ver a Julián también como un fracasado. Pero el tiempo reveló mi error. Julián acabó la carrera, puso su propio bufete de abogados y se casó con una chica que supo ver encanto en su torpeza. Era cuestión de espacio, decían, y por eso se mudaron a una casa en la sierra.

Tu felicidad anda por ahí, Carmen, ¡ya la encontrarás! me decían mis padres, autoconvenciéndose.

Por lo demás, no me puedo quejar, somos una familia unida. Hace unos meses viajamos juntos a Tenerife y ahora por las noches nos gusta repasar las fotos del viaje: los paseos, el sol, las risas ¡excelentes recuerdos!

Allí, en plena playa, conocí a un hombre: Rubén, de Valencia. Pronto mis padres lo convirtieron en el blanco de sus bromas.

¡Mira, Carmen, a ver si este Rubén te trae por fin un rubén de suerte! bromeaba mamá, mientras papá imitaba a Rubén y sus maneras tan particulares.

No era como lo pintaban. Rubén era atento, sabía mucho sobre constelaciones y me enseñaba a buscar estrellas cada noche. Contra viento y marea, le di mi teléfono. Pero, de vuelta a casa, mis padres se enteraron de que seguíamos hablando y mamá fue tajante:

Los amores de vacaciones no llevan a nada bueno, hija. Eso es cuento viejo.

Les importaba poco que ni Rubén ni yo tuviéramos pareja. Bastaba con que se conoció en la playa para que ya no valiese. Volvieron a repetir:

Busca tu felicidad, Carmen, aquí estamos para ayudarte aseguraba mi padre, seguro de que hacían bien.

Ese verano fuimos juntos a la casa del pueblo, a orillas del Duero. Jardín, meriendas bajo los manzanos, parrilladas entre amigos y vecinos, y hasta frutas y hortalizas de nuestro huerto. Recuerdo que al vecino le visitó su hijo Sergio con un niño de cinco años, Hugo. Se parecían tanto: rubios, ojos claros y las mismas orejas despegadas.

Los vecinos contaron luego que la madre de Hugo se había marchado con un empresario y dejó el hijo con Sergio, alegando que el niño se parecía demasiado al padre. A mí me tocaron el alma los dos. Entre Sergio y yo hubo una chispa desde el principio, y el pequeño Hugo me buscaba cada tarde cuando jugábamos en el jardín.

Pero mis padres, fieles a su estilo, no tardaron en ridiculizar la situación:

¡Sergio, ese se come hasta las zanahorias y deja una! Anda, Carmen, seguro que sus padres te quieren enchufar a su hijo. ¿Qué necesidad tienes de cargar con hombre y niño ajenos?

Papa insistió:

Si la mujer le ha abandonado, algo haría mal. Un buen hombre no se queda solo con un hijo tan pequeño.

Por primera vez, contesté:

Papá, una mujer a veces deja a un buen hombre por confiar en que él, al menos, criará bien a su hijo.

No, Carmen, busca tu verdadera felicidad. Queremos nietos propios a quienes dar la mano y oír sus pasitos por casa replicó mi padre, y desde entonces se distanciaron de los vecinos.

El verano terminó entre silencios y tristeza.

Pero yo empecé a querer mucho a Sergio y a Hugo. No quería hacer daño a mis padres, así que, cuando llegó el otoño, volvimos a la casa de Madrid los tres, dejando atrás ese capítulo sin mencionarlo.

Mis padres, aunque me adoraban, eludían el tema y no volvían a hablar de Sergio ni de Hugo.

Fue entonces cuando, una tarde lluviosa, me crucé en el portal con una minúscula gatita pelirroja, temblorosa, acurrucada bajo un coche. Estaba empapada, hambrienta y sola. No sé por qué, pero me recordó a Hugo, y sentí una compasión inmensa. Sin pensarlo, la recogí, la abrigué bajo mi abrigo y la llevé a casa.

Mis padres, lejos de enternecerse, mostraron una mezcla de fastidio e incredulidad.

¡Carmen, saca ahora mismo a esa cosa de aquí! Nos va a destrozar la casa y apestará el piso, ¿has pensado en los vecinos? exclamó mamá.

¡Y acabaremos todos oliendo a gato! reforzó papá.

Pero si es pequeñísima. Le enseñaré a usar el arenero y le compraré un rascador, ¿qué daño puede hacer? intenté defenderla, sin comprender su rechazo.

¡No queremos gatos! ¡Llévala a una protectora, ya verás lo que hacen! vociferó papá, blandiendo el periódico.

Sin decir palabra, recogí a la gatita y salí de casa. Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo podía ser que, con casi cuarenta años, no tuviera nada que fuera solo mío? Ni marido, ni hijos, ni siquiera un simple animal de compañía. Ni un espacio propio. ¿Por qué no podía yo tener ni siquiera la libertad de acoger a un cachorro?

En vez de ir a una protectora, entré sin pensarlo en la primera inmobiliaria del barrio. En apenas una hora tenía piso propio, pequeño pero suficiente, donde aceptaban animales. Por primera vez sentí que una etapa nueva empezaba.

Compré todo lo necesario para mi nueva amiga. La veterinaria me dijo que era una hembra de apenas dos meses. La llamé Pizca.

Y, aunque parezca una tontería, enseguida sentí una felicidad nueva, diferente, más tranquila. Cada vez que veía su carita me venía a la memoria la dulzura de Hugo y los ojos honestos de Sergio.

Un día, después de todo este tiempo, recibí una llamada inesperada. Era Sergio. Me sorprendió, porque mis padres se habían peleado a conciencia con los vecinos. Pero Sergio, sin darle importancia, me saludó:

¡Hola, Carmen! ¿Cómo andas? Hugo quiere hablar contigo.

¡Carmen, te extrañamos! ¿Vienes de visita? Papá y yo estamos deseando verte oí al pequeño al teléfono.

Sonreí de oreja a oreja.

Iré, pero traigo compañía, ¿puedo llevarme mi gatita?

Sergio, con su risa fácil, contestó:

¡Trae lo que quieras! Hasta un circo di la dirección y quedamos.

Así, de la forma más inesperada, encontré mi felicidad. Contra todo pronóstico, fui feliz junto a Sergio, Hugo y Pizca. Y pronto, Hugo tendrá un hermanito o hermanita; da igual, la familia crece.

No he olvidado a mis padres. Los quiero igual, siguen siendo mi familia. Les llamo a menudo, simplemente para decirles que estoy bien y que encontré mi felicidad.

Tal vez no es la felicidad que ellos soñaron para mí, pero es la mía. Espero que algún día lo comprendan y puedan aceptar que esta es mi vida, la que he elegido. Y así, quizá, algún día disfruten también ellos de esas pequeñas manos infantiles y del sonido de pasitos corriendo por casa.

Hoy, mientras escribo esto, entiendo que la felicidad propia no siempre coincide con la imagen que otros tienen para uno. Aprendí a buscar y a defender aquello que me hace verdaderamente bien, aunque sea a contracorriente. Y eso, seguramente, es crecer de verdad.

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MagistrUm
Verónica no conseguía encontrar su felicidad. Pronto cumplirá cuarenta años y sigue sola, sola. Y eso que Dios le ha dado de todo: inteligencia, belleza, un buen trabajo, un sueldo alto… pero la dicha de mujer, esa no la encuentra.