¡Vaya despiste!

¡No me lo puedo creer! ¡Esto no está pasando!

Isabel, sin querer, giró el volante bruscamente y estuvo a punto de chocar con el coche aparcado junto a su querido Seat León. Aquel gran todoterreno oscuro que pasaba por su lado le resultaba demasiado familiar. ¿Cómo no iba a reconocer el coche de su vecino Alejandro, si precisamente era ese en el que llevaba a sus hijos al colegio cada mañana?

Pero, en ese momento, sentada junto a Alejandro, no estaba su mujer, sino una desconocida de labios perfectamente perfilados y gorro a la última moda. Solo con eso, Isabel entendió suficiente.

¡Vaya con él! ¡Será cínico! gruñó Isabel, saliendo del aparcamiento tras el coche de Alejandro. Un par de vueltas mentales le bastaron para decidir que semejante espectáculo no podía quedar así.

Recordando relatos de novela negra, Isa dejó pasar a un Ford Focus delante de ella y se colocó justo detrás, con el coche de Alejandro perfectamente a la vista. ¿Cómo no distinguir semejante “tanque”?

“A ese trasto le llama ‘el granero'”, recordaba. Ese coche fue herencia del padre de Alejandro, y cambiarlo le parecía un sacrilegio. Eran palabras mayores.

Alejandro perdió a su padre hacía más de dos años, pero aún no se había repuesto. Su infancia la recordaba con él: su padre, solo, sacando adelante a un niño tras la muerte repentina de la madre, cuando Alejandro apenas tenía dos años. Aquél día, su madre soltó un gemido extraño mientras preparaba la papilla favorita de Alejandro, y cayó desvanecida sin responder al llanto desesperado del niño.

Lloró el pequeño hasta gastar las lágrimas. Fue el padre, que había olvidado algo y no lograba localizarla por teléfono, quien corrió a casa. Tomó a Alejandro en brazos, llamó a una ambulancia, pero ya no había nada que hacer.

Un mazazo brutal. El padre, acostumbrado a recibir golpes en el ring era boxeador, reconoció el dolor absoluto del KO. Su propia luz desapareció con la mujer más querida, aquel corazón joven que de improviso dejó de latir. Jamás se había quejado de salud.

Contra toda opinión, el padre de Alejandro no mandó a su hijo a vivir con ninguna de las abuelas, que vivían lejos. Ninguna quiso mudarse para criar al niño, y la tía insistente tampoco convenció al padre.

Eres hombre, tienes que trabajar y organizar tu vida. ¿Cómo vas a criar a un niño solo? ¡Hace falta tener vigilancia continua!

No lo sé todavía él, realista, no vendía humo.

Dámelo. Trabajo en una guardería. Estará atendido, y tú podrás respirar…

¿Respirar porque apenas le vea? Vives a ochocientos kilómetros. No, Natalia. Eso no es justo. Se quedó sin madre, pero su padre sigue aquí. Nadie se lo va a quitar. ¿Cómo lo haré? No lo sé aún, no preguntes. Lo pensaré.

Pues piénsalo apretó los labios Natalia. Un niño necesita madre. Busca una mujer, anda…

El padre de Alejandro solo la abrazó y acarició al niño dormido, evitando el conflicto.

No tardó en encontrar una solución. María Dolores, la vecina recién jubilada sin hijos ni marido, se ofreció a cuidar de Alejandro mientras él trabajaba. Más tarde, el niño entró en la escuela infantil y la rutina mejoró. No hubo más mujeres en la vida del padre, ni madrastra, solo abuelos de sangre y María Dolores.

María Dolores, que siempre se había sentido sola, amó al niño como propio; y Alejandro, a ella, con la misma devoción.

¿Tú eres mi abuela?

No, cielo. Ya sabes cómo se llaman tus abuelas de verdad. Soy tu tata.

¿Tata? ¿Eso es como una abuela?

Casi, chiquitín.

¡Tata, me quieres!

Muchísimo. Eres mi niño favorito.

¡Pues entonces sé mi abuela también, vale?

¿Cómo negarse a esa petición? Tras hablarlo con el padre y negarse a aceptar pago, María Dolores permitió que la llamase “abuela”. Así, Alejandro dibujaba tres tarjetas cada 8 de marzo. Pasó de ser objeto de extrañeza en la guardería a algo natural entre los educadores.

Algunas maestras, solteras y con carácter, suspiraban en secreto por el padre de Alejandro, pero él solo se debía a su hijo y al trabajo. Criar a su hijo era su misión. Y no podía permitirse distracciones.

Alejandro terminó el instituto, consultó con su padre sobre la universidad y se lamentó a María Dolores.

No sé qué pasa conmigo, pero las chicas pasan de mí.

¿Ah, sí? ¿Y quién se besaba con Marta bajo mi ventana? soltó ella entre risas.

Me dejó. Dice que le faltaba algo en nuestra relación. ¡¿El qué?! No lo entiendo, abuela.

Tú eres perfecto. Listo, guapo y muy sensible. Simplemente no has encontrado a la tuya. Espera, y fíjate bien. De verdad, la vida la tienes delante.

La vida le dio la razón. Una tímida compañera de estudios, Lucía, que ayudaba a Alejandro con los ejercicios porque él ya trabajaba en la empresa familiar, suspiraba por él. No se atrevía a dar el primer paso, y a él, con su poca experiencia con chicas decididas, no le era evidente nada.

María Dolores mediaba una tarde cuando Lucía pasó a dejar unos apuntes.

No tiene novia, Lucía. Está libre.

Vio cómo brillaban los ojos de la chica, y cuando Alejandro pasó después a recoger sus cosas, usó su autoridad de abuela para darle una colleja cariñosa.

¡Pero bueno, abuela!

¡No juegues con los sentimientos de la pobre Lucía! La felicidad la tienes delante, chaval, y ni te enteras.

La boda fue sencilla, como Lucía quería y, aunque al padre le habría gustado una gran celebración, aceptó.

Papá, Lucía no quiere fiestas. Y yo no quiero poner a su madre en aprietos, que apenas llegan a fin de mes.

Al principio, el padre de Alejandro desconfiaba de su futura consuegra: la experiencia con su propia suegra no fue la mejor, pues esta nunca le perdonó haber perdido a su hija. Sin embargo, arregló las cosas y Alejandro pudo visitar ya de mayor a su abuela materna cada verano. Aun así, siempre estaba contando los días para volver a casa, entendiendo que la memoria puede ser cruel.

No llegué a decirle a tu madre cuánto la amaba… Siempre corriendo, exigiendo, criticando, y lo más importante quedó pendiente… Ahora ya no sirve de nada. Ayuda cuando piden ayuda, quédate cerca cuando hace falta. Pensé demasiado en mí. Así acabé… Sin mi única hija, esto no es vida, Alejandro, es solo existencia…

A Alejandro esos reproches le pesaban. Solo conocía a su madre por las fotos y los relatos de su padre. Apenas tenía un recuerdo vago y el aroma a sus perfumes le atraía sin saber por qué. Una vez, el padre le resolvió la duda:

Eran los perfumes que usaba tu madre… ¿de dónde los sacaste?

Desde entonces, un frasquito con ese aroma estuvo siempre en la estantería de su cuarto.

Las dudas del padre respecto a la madre de Lucía se disiparon y, con los años, celebraron una convivencia dulcísima, pendientes de que Lucía y Alejandro pudieran traer nietos. Pero tras varios años sin lograrlo, la frustración crecía. María Dolores, al ver a Alejandro muy preocupado, lo citó una tarde para tomar café:

Alejandro, ¿qué ocurre?

Nada va bien, abuela. Ambos sanos, según los médicos, y nada ocurre. Lucía se está desanimando, discutimos… ¿Qué hago?

¡Calma! ¿Por qué esa prisa? Puede que aún no sea el momento. ¿Seguro que querías hijos solo por tener uno?

¡Abuela!

Nada, nada, cariño. El amor se acepta tal cual, incluso si la causa del problema fuera tú. Tened paciencia, id juntos a algún sitio y esperad. Vuestro tiempo llegará. Un hombre debe tener la paciencia para sí mismo, para su mujer y para toda su familia, porque es sostén, guía, esperanza. Y tú andas quejándote, transmitiendo esa ansiedad a Lucía, que sufre tanto como tú o más… Cree que te arruina la vida por no poder ser madre.

¿Cómo lo sabes?

Por experiencia. Yo también quise mucho, pero nunca pude tener hijos. No se sabía el motivo, pero nos dijeron que no había posibilidad y lo acepté. Ahora creo que fue lo mejor. No habría sido feliz ese niño… Pero vosotros sois distintos. Solo esperad.

Alejandro escuchó el consejo de su abuela y logró serenarse, animando a Lucía y compartiendo el peso con ella. Pudieron así soportar la espera, sostenidos por los suyos.

Y sucedió cuando menos lo esperaban. Tras casi diez años juntos y rendidos, Lucía empezó a encontrarse mal durante unas vacaciones, y el médico le dio la noticia:

¿Embarazada? ¿Cómo?

Tardó en comprenderlo, pero la emoción los invadió cuando vieron en el ecógrafo la silueta del milagro.

¡Mira, Alejandro! Tan pequeño, pero ya nuestro…

Su primer hijo, Álvaro, nació fuerte, casi cinco kilos de pura felicidad tras un embarazo duro para Lucía. Al nacer, ella anunció con humor:

¡Por aquí volveré! ¡Id preparando todo!

Lucía tuvo también una niña y luego otro varón en el mismo hospital, con los mismos médicos. La naturaleza, parece, decidió compensarles con creces. Todo fluyó según lo planeado, y la familia creció.

Necesitaban más espacio y la casa paterna se quedaba pequeña. El padre de Alejandro resolvió:

Os hace falta una casa, Alejandro, ¡vamos a construir!

Compraron terreno pero la crisis golpeó la empresa familiar y hubo que posponerlo. Entonces, apareció la abuela María Dolores:

Os cedo mi piso, una de tres habitaciones, más grande y además yo ya no puedo con tanto espacio. El arreglo que hiciste me durará años. Así, tu padre y yo nos apañamos en el tuyo. Yo le cuidaré y le haré compañía, y tú cuidas de tu familia.

El traslado fue una bendición. Lucía atendía la casa, los niños y la familia, Alejandro luchaba día y noche por salvar la empresa. Lo logró, a costa de la salud de su padre, que calló sus molestias por no darle más preocupaciones. Cuando supo que su final se acercaba, habló claro con Alejandro:

He decidido dejar mi piso a María Dolores, así tendrá a dónde ir si yo falto, y luego todo será para vosotros, como merece. Ella es ya parte de nuestra familia. Tenéis que cuidaros mucho.

Su padre murió antes de conocer al cuarto nieto, el pequeño Luis, así llamado en su honor. Alejandro se encargó de que el niño conociera su historia y llevara con orgullo su nombre.

La vida, caprichosa y cambiante, les trajo alegrías y penas a partes iguales. Los niños crecían rodeados de tanto amor que hasta parecía que el sol brillaba más y derretía hasta el hielo.

Lucía, sociable por naturaleza, eligió sabiamente sus amigas. Entre las madres del parque, Isabel destacó por su afinidad: de la misma edad que Lucía, lectora incansable y amante del teatro, igualmente con poco tiempo para ambas aficiones. Isabel tenía gemelos, y a veces sentía que valían por diez. Las abuelas ayudaban, pero siempre le parecía poco. Con Lucía, Isabel encontró una amistad profunda, de confidencias seguras y consejos sin juicio, justo lo que necesitaba.

Con su marido tenía una relación complicada. Era guapo y encantador, pero dado al tonteo y aventuras. Isabel lo sabía y sobrevivía pensando que “todos los hombres son así”, agarrándose a esa excusa para mantener la imagen de familia. Los niños necesitaban un padre…

Por eso, al ver a Alejandro acompañado por aquella mujer, le pareció que tenía claro el asunto. ¡Lucía debía saberlo!

Siguió el coche de Alejandro hasta un restaurante céntrico y conocido, famoso por sus conciertos de jazz y buena cocina. Vio cómo él ayudó a bajar a su misteriosa acompañante y entraron juntos.

Isabel dudó: ¿esperar hasta que saliesen para confirmar sus sospechas o ir directamente a avisar a Lucía? Pero mientras lo meditaba, la determinación inicial se desvanecía…

¿Y si se lo contaba? Cuatro hijos, la abuela María Dolores ya delicada, la madre de Lucía con problemas de salud que Alejandro trataba de resolver en clínicas de Madrid… Demasiado en juego por una sospecha. ¿Quién era esa mujer? ¿Si era solo un desliz pasajero? ¿Y si todo se desmoronaba por una tontería? Su propia relación sobrevivía porque nunca tuvo la confirmación directa de ninguna aventura. Una cosa es un rumor, otra, un hecho.

Frustrada, Isabel golpeó el volante. Sonó la bocina a todo volumen, haciendo saltar a las palomas del restaurante.

Ese estruendo la espabiló. Sí, Alejandro tendría sus cosas, pero ¿todos los hombres no son iguales? ¿Por qué Lucía debería perder lo que tiene?

Salió disparada, en dirección a casa, jurando por todo lo alto en medio del tráfico y limpiando las lágrimas que, sin querer, se le escapaban.

¡No, no iba a decir nada a Lucía! Que cada uno resuelva en su casa. Quizá no sea buena amiga, pero si a ella se lo confirmasen… no podría perdonarlo. No es lo mismo sospechar que saber, no es igual escuchar “ya no te quieren” después de tantos años, perder los gestos compartidos, el lenguaje secreto.

Isabel dejó el coche en su plaza, respiró hondo largo rato antes de ir a casa donde le esperaban sus hijos y la niñera que tendría que haber despedido hacía una hora.

Entonces, sonó el móvil. Era Alejandro.

¿Sí? ¿Cuándo? De acuerdo, Alejandro, allí estaremos. Gracias por la invitación.

Isabel se dio un par de palmadas en las mejillas, atónita. ¿Qué era esto? ¿Lo había soñado? Acababa de ver a Alejandro con una chica, y ahora la llamaba. Claro, era el aniversario de Alejandro y Lucía, uno muy especial. Isabel lo sabía, incluso tenía preparado el regalo, pero nunca antes les habían invitado a celebrar la fecha con amigos. Siempre se marchaban solos.

Por supuesto, Isabel aceptó acudir. Una amiga no podía fallar en una ocasión así.

Compró el vestido, los zapatos; se arregló y se maquilló cuidadosamente. Su marido, admirándola, le guiñó un ojo:

No pongas esa cara, mujer. Ya te haré yo un buen aniversario. ¡Verás, verás!

Isabel suspiró, sacando el pintalabios. Sí, claro… un aniversario.

El lugar de la fiesta, exquisito: flores frescas, velas por doquier, vajilla fina, manteles blancos, detalles elegantes. Lucía no tenía palabras, emocionada con cada detalle.

¡Alejandro, todo en azul y plata, mis colores favoritos! ¡Qué bonito! Gracias Lucía recibió el ramo y el regalo de Isabel y le hizo señas para acompañarla al baño de señoras.

Fue entonces cuando Isabel vio la sortija nueva en la mano de Lucía y pensó: “Arrepentido está Alejandro… menudo anillo”.

En el baño amplio, en el sótano, Isabel se entretuvo arreglándose el vestido cuando escuchó pasos.

¿Necesita ayuda?

Isabel miró, sorprendida. ¡Era la misma chica que había visto con Alejandro!

¿Usted? preguntó, incrédula.

¿Perdón? ¿Nos conocemos? la joven frunció el ceño, con el pelo recogido, traje sobrio y tacones bajos.

¿Qué hace aquí? susurró Isabel, olvidando el bajo del vestido.

Solo faltaba que Lucía lo oyera…

¿Yo? Trabajo contestó la chica, sonriendo de par en par. Soy la organizadora del evento de hoy. Alejandro nos confió a mi pequeña empresa la decoración. Es nuestro primer gran encargo… ¿Le ha gustado la sala?

A Isabel se le helaron los dedos.

Sí, claro, precioso todo…

Me alegro muchísimo. Alejandro estaba muy ilusionado y quería que todo saliera perfecto. Hasta mi marido nos ayudó ayer con las flores, porque yo ya, como estoy esperando un bebé, no me dejo subir escaleras.

¿Está embarazada? preguntó Isabel, por decir algo.

Sí, hace poco lo supe. ¡Qué susto llevo encima! ¿Usted tiene hijos?

Sí, dos.

¿Cuesta mucho?

Bastante… por primera vez en días, Isabel sintió calor en las yemas de los dedos y se relajó. No tema, con lo decidida que se la ve, va a poder con todo. Si quiere el contacto de un buen ginecólogo, yo le mando el de Lucía, que tuvo todos sus partos con él.

¿Lucía, cuántos tiene?

Cuatro.

¡Vaya! ¡Qué fortuna!

Sí, mucha.

Los sonidos del salón se aceleraron. La joven se despidió apresurada.

Perdone, empieza lo principal, ¿viene?

Voy ahora…

Isabel subió los peldaños, empujó la puerta, y al ver a Lucía no pudo evitar sonreír abiertamente.

¡Vamos, Lu! ¡Que en tu ausencia ya te han casado otra vez! Corre, que esperan todos…

El resto de la noche, brindando con champán y rodeada de amigos, Isabel pensaba en lo fácil que es destruir lo que se tiene con una palabra, una suposición, una tontería. Un error podía haber arruinado esa dicha, aquellos ojos risueños de María Dolores gritando “¡Que se besen!”, la ovación de los niños de Lucía y Alejandro…

Menuda metedura de pata… Isabel apuró su copa, se giró hacia su marido y preguntó: ¿Y nosotros, amor, estamos en lo dulce o en lo amargo?

¡Seguimos en lo amargo, Isa! ¡Todavía en lo amargo!

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MagistrUm
¡Vaya despiste!