Diario de Manuel, un día que cambió nuestras vidas
Hoy, mientras volvía del trabajo y entraba al portal del edificio en madrileño barrio de Chamberí, noté una caja justo delante de la puerta de nuestro piso. Me quedé perplejo. Dentro, acurrucados y muertos de miedo, había un perro y un gato, mirándome con ojos llenos de incertidumbre.
¿Y ahora esto qué es? ¿De dónde habéis salido vosotros? me escuché decir, aunque bien sabía que no me iban a responder.
En ese momento, se abrió la puerta de al lado y salió doña Gregoria, la vecina de toda la vida.
Ay, Manolo, buenas tardes. No veas qué historia Resulta que Ángela, la del segundo, por fin descansó en paz, y nadie ha querido hacerse cargo de sus animales. Su sobrina lo intentó con todos los vecinos, pero nada. Yo tengo ya a mi gato y no tolera a nadie más, y a la mayoría les dan alergia. Y tú y Eugenia, que no tenéis hijos, vivís holgadamente No os animáis a quedaros con ellos?
Nunca hemos pensado en tener mascotas, y mucho menos dos a la vez le contesté, algo incómodo.
Hijo, que no conviene separarlos, llevan juntos toda la vida. Hasta dormían acurrucados Ángela sacaba a pasear al perro y el gato se buscaba la vida por el patio. No dan mucho trabajo, de verdad.
¿Y si no nos los quedamos nosotros? pregunté, aún dudoso, ¿qué será de ellos?
Al parecer los quieren llevar a sacrificar esta misma semana. La caja ya estaba preparada; la casa está vendida y los nuevos dueños no quieren animales… respondió doña Gregoria, bajando la voz.
En ese momento, apareció don Ramón, otro vecino, que también asintió mirando la caja.
Oye, de verdad, ¿no te animas? Son tranquilos, comen poco y ya tienen sus años. La tía los adoraba, pero mira
Ya no pude negarme. Me dolía el pensar que acabarían de esa forma. Pregunté sus nombres mientras ayudaba a meter la caja en nuestro recibidor.
El perro se llama Rufián y el gato Apolo. De verdad, mil gracias me dijo don Ramón, dejando cuidadosamente un billete de veinte euros sobre la mesa del pasillo junto al collar y la correa. Para lo que necesités los primeros días. Gracias, de corazón.
Cerré la puerta del piso y, tras colgar el abrigo, me arrodillé frente a mis inesperados invitados.
Bueno chicos, veréis la que le espera a Eugenia cuando llegue a casa. Espero que acepte este lío Aunque seguro que sí, es buena gente.
Tranquilos, no voy a permitir que os hagan daño, ya veréis que estaréis bien les susurré, mientras Apolo saltaba curioso de la caja olisqueando todo, y Rufián se quedaba expectante, aún sin atreverse a moverse.
Me fui directo a la cocina a ver qué teníamos. Ni pienso ni latas; improvisé una cazuela con arroz y un poco de pollo picado y la puse en dos cuencos. Apolo tardó poco en acercarse y, tras probar la comida, empezó a devorar con ganas. Rufián lo miraba desde lejos, pero al ver que el gato comía, se animó y, con esa mirada de tristeza tan suya, se fue acercando poco a poco.
Cuando llegó Eugenia a casa y vio la escena, se quedó con la boca abierta, como era de esperar. Pero tras contarle toda la historia, aceptó darles una oportunidad y puso como condición intentar buscarles otra familia, preferiblemente alguien con casa grande o jardín.
Llevábamos cuatro años casados, y hacía solo dos que habíamos comprado este piso, empezando una vida tranquila y feliz, salvo por el hecho de que no logramos ser padres, algo que nos pesaba mucho.
Pero si tú siempre has sido de tenerlo todo impecable me dijo sorprendida Eugenia.
Pensé que vendría un niño, y ahora estos pobres Me da pánico pensar que acaben sacrificados me respondió casi llorando.
A mí ya sabes que me gustan los animales. Hagámosles hueco, y si surge adoptante, mejor. Mañana lo comento en la oficina le propuse, abrazándola.
Desde entonces, la rutina en casa cambió por completo. Rufián y Apolo se adaptaron enseguida; la antigua vivienda en la que estuvieron era justo la de encima, con el mismo patio y distribución. Todo les era familiar.
Sois unos campeones, chicos les decía Eugenia, y los dos se ponían felices con cada muestra de cariño.
Empezamos a salir a pasear tres veces al día con Rufián; Apolo había aprendido a subir y bajar por la ventana para recorrer el patio de vecinos y volver cuando le apetecía.
Doña Gregoria estaba encantada y nos traía restos de caldo o lenguas de ternera para Rufián y algo de pescado para Apolo.
Por las noches, nos reíamos viendo cómo Apolo jugaba con cualquier cosa y cómo Rufián dormía feliz en su nueva mantita, siempre pegados el uno al otro. Era evidente que no podían separarse.
Pasaron los meses y ni pensamos ya en buscarles otro hogar. Nos habíamos encariñado tanto de ellos que hubieran dejado un vacío enorme si se hubieran ido.
Al cabo de un tiempo, la madre de Eugenia, que vivía cerca, venía los fines de semana a vernos y también les cogió cariño, aunque al principio le sorprendió que su hija aceptara animales en casa.
Me los hubiera quedado, pero vivo en un cuarto sin ascensor y este gato es muy callejero le decía a Eugenia.
Pero hija fue rotunda: No, mamá, mejor nos echas una mano cuando nos vayamos de vacaciones. Así podrás cuidarlos y regarme las plantas.
Cuando llegó el verano y nos fuimos a la playa unos días, Eugenia llamaba a su madre cada tarde para preguntar por los animales.
Tranquila hija, están de maravilla, comen bien, duermen juntos, pasean y el gato se sube hasta el jazmín. le tranquilizaba su madre.
Al regresar, la emoción fue tal que Rufián no paraba de mover el rabo y saltar, mientras Apolo se restregaba ronroneando contra mis zapatos. Ni un reproche; solo alegría y cariño. Eso no lo olvida uno nunca.
Poco a poco cambiamos nuestro día a día: Eugenia se levantaba antes para poder sacar a pasear a Rufián y preparaba la comida de los dos antes de marcharse.
Y, un buen día, Eugenia me dio la noticia más esperada: estaba embarazada. No podíamos estar más felices. Su madre comentó entonces:
¿Ves? Te mandaron a Rufián y Apolo para ponerte a prueba, hija. Como una bendición del cielo. Ahora prepárate para cuidar de tu propio niño.
Eugenia sonrió y respondió: No sé si creo en signos o milagros, pero lo cierto es que, gracias a ellos, he aprendido a cuidar y a dar cariño sin reservas.
Déjame que me los lleve una temporada cuando nazca el bebé, para que te resulte más fácil insistió su madre.
¡Ni hablar! saltó Eugenia. Podemos con esto y mucho más. Además, vendrás tú a dar paseos con el carro por el patio, o a cuidarnos al bebé si hace falta.
Nos fundimos en un abrazo, agradeciendo la suerte que habíamos tenido. Los meses avanzaron con normalidad y, por fin, llegó nuestro pequeño Diego. Rufián, por su edad y su carácter tranquilo, nunca ladraba ni causó líos. Apolo, en verano, desaparecía por las mañanas y volvía al caer la tarde, tumbándose al fresco en la terraza. Todo en calma, y la familia finalmente completa.
Hoy, cuando bajo a por el pan y me cruzo con los vecinos, las abuelas de la escalera cuentan la historia de cómo Eugenia fue madre gracias a su buen corazón. Y doña Gregoria insiste siempre en que la vida te trae lo que mereces.
Ahora, mirando atrás, creo que la bondad sí recibe respuesta. La compasión, la empatía y el amor multiplican la dicha. A veces la familia te encuentra donde menos lo esperas. Y esa ha sido mi lección más valiosa.





