—¡Pues claro! —exclamó Alejandro—. ¡Así tiene que ser! La última palabra siempre debe ser del hombre…

¡Ay, mira tú! saltó Alejandro. ¡Eso es! El último palabra siempre debe ser del hombre, claro que sí, ya sabes.

Por la mañana, el nieto mayor de los Jiménez vino desde Madrid. Habían estado hace poco en su boda, así que todavía tenían frescas las fotos y los cotilleos. Alejandro venía a por patatas, porque de pequeño siempre ayudaba a sus abuelos a plantarlas y recogerlas en el huerto familiar de las afueras de Segovia.

Oye, Alejandro, cuéntame, ¿cómo te va la vida con tu Carmen? le pregunta la abuela, Pilar, mientras trajina con la olla en la cocina.

Pues ya ves, abuela a veces bien, a veces regular respondió el nieto, medio encogiéndose de hombros.

A ver, a ver se mete el abuelo Manuel en la conversación, poniendo cara seria. ¿Qué pasa, que ya discutís o qué?

No, de momento no discutimos Alejandro esbozó una sonrisa. Estamos en ese punto en el que cada uno quiere decidir quién manda en la casa.

Anda, hombre dijo la abuela, con una risilla, removiendo las lentejas, ¡qué cosas os preocupan! Eso siempre se sabe, ¿no?

Eso es rió el abuelo, siempre ha sido evidente: la mujer es la que manda en la casa.

Ya, ya murmuros de la abuela desde la cocina.

¿Pero abuelo, en serio? Alejandro puso cara de no creérselo. ¿Eso lo dices en broma, verdad?

Que va, hijo respondió Manuel muy serio. Pregúntale si quieres a tu abuela. Venga, Pilar, di tú, ¿quién toma las decisiones importantes en esta casa, tú o yo?

Ay, ya, anda, Manuel, no digas tonterías respondió la abuela, medio riéndose.

No, mujer, dilo, dilo insistía el abuelo. ¿Quién decide de verdad, tú o yo?

Pues yo, para qué te voy a mentir dijo Pilar, sonriendo de medio lado.

Eso no me lo creo Alejandro se rascó la cabeza. Yo siempre he pensado que en casa debe mandar el hombre.

Quita, muchacho se rió el abuelo. En las familias de verdad no funciona así, ya lo verás. Te voy a contar un par de historias y verás tú mismo.

Ya lo sabía refunfuñó Pilar. Seguro que va a contar otra vez lo de la moto.

¿Moto? ¿Qué moto? saltó Alejandro.

La que llevas oxidándose treinta años en el cobertizo respondió el abuelo, tan contento. ¿Sabes cómo acabamos comprando eso?

Que sí, que fue idea mía suspiró la abuela, con resignación. La vida.

Mira, un día, después de currar todo el mes, tu abuelo juntó pesetas suficientes para comprarse una moto con sidecar. Me viene tan contento y me dice: “Pilar, que me voy a comprar la moto, así llevamos las patatas del huerto al pueblo mucho más fácil”. En aquella época nos tocaba un trozo de tierra donde cada uno podía plantar lo que quisiera, y las patatas nos salvaban.

Pero yo le dije que ni hablar, que lo suyo era un televisor en color, que eso sí que se notaba en casa. Que las patatas, como toda la vida, se las puede apañar con la bici y punto. “Hala le dije, tu última palabra, pero elijo yo”. Y así fue: nos compramos la tele.

¿Y la moto entonces? pregunta Alejandro, intrigadísimo.

Pues al final, también la compramos suspiró otra vez la abuela. Pero porque tu abuelo se fastidió la espalda ese invierno y yo sola tuve que cargar con todos los sacos de patatas. Así que cuando pasamos a mejor vida a los cerdos del corral y nos pagaron una buena pasta por su carne, cogí las pesetas y le dije: “Vete y cómprate la moto de una vez”.

Y al siguiente otoño caímos en la misma retomó el abuelo. Nos entró algo de dinero de una herencia, y le dije a tu abuela que con eso había que rehacer la caseta del baño, que se nos estaba cayendo a trozos. Pero ella, que no, que mejor compramos muebles nuevos, que ya era hora. Así que lo mismo: le dije que su palabra era la última, y me quedé tan ancho. Y acabamos comprando los muebles, claro.

Y la caseta se cayó ese mismo invierno, después de una nevada de las que ya no se ven remató Pilar. Desde entonces, lo tengo claro; como diga Manuel, así será.

¡Eso, ves! saltó Alejandro. El último palabra, siempre el hombre.

Que no te enteras, Alejo soltó Manuel, riéndose. Si antes de hacer cualquier cosa, yo voy y le digo: “Mira, Pilar, que quiero arreglar la chimenea. ¿Te parece bien?” Y depende de lo que ella diga, así lo hacemos.

Total, que yo siempre le digo: Haz lo que tú consideres, Manuel.

Así que no lo olvides, Alejandro acabó el abuelo, casi solemnemente: el último palabra, sí, pero la tiene tu mujer. ¿Lo has entendido bien?

Alejandro se quedó pensativo unos segundos, pero luego se echó a reír. Y tras la risa, le entró esa carilla de quien ve la luz por fin.

Ahora sí lo pillo, abuelo. Pues mira, cuando regrese a casa hoy, le digo a Carmen: “Vale, cari, vámonos de vacaciones a Canarias, como tú quieres. El coche que siga en el taller, aunque la caja de cambios siga dando guerra. Si se estropea del todo pues nos vamos en bus. Nos levantamos antes y ya está, anda que me quita el sueño.

¿Lo estoy haciendo bien, abuelo?

Hijo mío, así de bien lo harás asintió el abuelo, medio riendo. Ya verás cómo en un par de años lo tendréis claro, y todo irá como la seda.

Y es que la mujer siempre debe ser la jefa en la familia, así descansa uno más tranquilo. Te lo digo yo, que lo llevo comprobando toda la vidaAlejandro levantó la vista y le guiñó un ojo a su abuela, que le puso un platillo de lentejas humeantes delante sin decir palabra, pero dedicándole esa sonrisa que solo tienen las mujeres que han ganado mil batallas sin pelear ninguna.

Fuera, el sonido del viejo gallo les anunció la llegada del mediodía. Pilar se limpió las manos en el delantal y se acercó a la ventana para ver cómo el sol caía sobre los surcos del huerto. Alejandro, entre cucharada y cucharada, pensaba en todas las discusiones sin sentido que se ahorraría si aprendía la lección antes de tiempo.

¿Sabes qué, abuela? se atrevió después de un rato. A lo mejor, si no fuera porque tú mandas, este guiso no sabría igual.

Pilar rió, dulce y orgullosa.

Hijo, lo que realmente importa es que la vida sepa bien compartida. Y lo demás, que digan los hombres lo que quieran.

Y desde el salón, Manuel se sumó:

Eso, mujer, tú mandas, y yo soy feliz haciéndote caso.

Entre cucharadas, recuerdos y bromas, la casa se llenó de ese calor de familia que no dan ni motos ni televisores, solo la certeza de que el mando, si se lleva con cariño, convierte cualquier bando en un hogar.

Esa tarde, mientras el abuelo limpiaba la moto que nunca usaba y la abuela preparaba la merienda, Alejandro supo que en casa, el secreto no estaba en quién tenía la última palabra, sino en quién sabía decirla a tiempo de seguir queriéndose. Y eso, para siempre jamás, lo harían juntos.

Rate article
MagistrUm
—¡Pues claro! —exclamó Alejandro—. ¡Así tiene que ser! La última palabra siempre debe ser del hombre…